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El gerente

Julio César Orellana Rivera

Escritor

HABÍA rescatado a muchas mujeres de vil olvido de la sociedad. Cuando quedaron cesantes, este les proveyó un empleo que garantizaba miserablemente su pan y su refugio.

Los martes contrataba personal y el miércoles hacía de las suyas. El gerente municipal tenía excesiva carga laboral, que compensaba con su nada desdeñable salario de cinco mil dólares.

—Bueno Montserrat, aquí quién manda soy yo. El alcalde es pura presencia cosmética y quién toma las decisiones en la nave, es esta lindura que tienes enfrente.

«Lindura» decía él, con mucho narcisismo; pero toda aquella mujer que lo miraba, estaba consciente de que la verdad era diferente: tenía estatura de batracio y cara del bull dog. ¿Pero cómo decírselo sin que por eso su imagen de dios del Olimpo se derrumbara? Sería una catástrofe de grandes magnitudes para su persona, porque sabía que las mujeres a sus pies de arrodillaban… y lo adoraban y lo idolatraban.

Ya tenía vástagos con varias de las empleadas. Con Berta, con Cristina, con Carmen, con Mercedes, con Florentina López… y la lista era interminable.

Se pusieron de acuerdo un día e hicieron un intento por demandarlo en la Procuraduría, pero este las frenó en seco, aumentándoles el salario a un rango de profesionales aunque ellas, en realidad, no hubieran pisado los recintos universitarios.

—Como te repito, Montse, aquí mando yo, y en esta alcaldía no hay rana que pegue tres brincos. Aquí no se mueve un dedo si yo no muevo el mío; es más, hasta el Diablo me consulta y pide permiso para tomar cualquier decisión. Esta babosada camina por mí. Si el alcalde no sabe ni cómo funciona este barco, ¡pobrecito! Luego dicen que él manda; pero Segismundo  solo es un fantoche de mis hilos.

Sus mujeres lo habían presionado de manera inusual. El hecho de no apoyarlas económicamente era motivo suficiente para demandarlo ante la Procuraduría.

—Salomón, si este mes no nos das nada, cuenta con que la Procuraduría te hablará — había expresado Florentina López, vocera oficial de las desamparadas.

—No, no lo hagan.

—Danos a cada una, una de tus fincas, pues, ganado o hacienda, Salomón, de esas que dices tener con el sacrificio de tu trabajo y así  enmudecemos del todo nuestra voz.

Como todo buen jugador de ajedrez que sabe dónde poner las piezas, dijo:

—Mejor lleguemos a un acuerdo: Yo les aumento el sueldo, no me demandan y tampoco les doy nada de manutención.

—De acuerdo, Salomón, pero si no cumples, el día siguiente nos vamos las cinco a poner la demanda.

—Descuídense de eso.

Entonces, el mes de abril les aumentó seiscientos dólares, a tal punto que, cada una llegaba o sobrepasaba los novecientos.

—Bueno, Montse, vamos al punto. Mensualmente me tendrás que dar el cuarenta por ciento de tu salario, y cada miércoles, tu vulva, que a mí me gusta relacionarme mucho con las empleadas.

Eso de «relacionarme» lo dijo con una sonrisa pícara que le abarcó ambos carrillos. Ella entendió el cinismo destilado de sus palabras: era, en definitiva, el requisito indispensable para obtener el empleo. Montserrat, también comprendió, que ese afán donjuanesco de Salomón lo volvía un ser  abyecto, rastrero, la mierda vomitada por los albañales. Viendo su fea cara se figuraba ver el rostro de una gárgola, de esas vistas en los libros  de Historia del Arte, cuando cursaba arquitectura.

—El empleo lo necesito, Salomón, pero no a un hombre ni un hurto descarado de mi salario. Gracias y adiós.

Dichas estas palabras se incorporó, dio la espalda a Salomón y traspasó el umbral de salida. Rumió pensamientos en contra de Salomón, y como por inercia, alcanzó a decir de manera inaudible:

—¡Coles de mierda este gerentito, no!

Se sintió liberada y por primera vez, el aire que respiraba, sentía que era suyo.

Antiguo Cuzcatlán, jueves 12/03/2009

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