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Cae la lluvia

Álvaro Darío Lara

Escritor y docente

 

Paseando con don Marlon Chicas, por las húmedas calles de su infancia, nuestro cronista tecleño nos dibuja esta estampa: “En una tarde de invierno, sobre rojizos techos de teja, cae la lluvia en humildes casas de mi barrio ´El Calvario´. Cae en el ayer, y en el hoy. Como lágrima interminable se escurre entre las viejas paredes,  mudos testigos de pobreza y sufrimiento, como bálsamo sanando heridas y malos recuerdos, evocando días mejores.

Destellos de luz e imponentes truenos, anuncian que el autor de la vida, ha salido a regar sus jardines, haciendo florecer los campos de su resequedad, saciando su sed. De las entrañas terráqueas emanan riachuelos que desembocan en el mar, convirtiendo cada gota en un pez, en una gaviota.

Lluvia juguetona empapando a su paso a la pareja de enamorados, que raudos, corren a guarecerse de la tempestad; el ama de casa que arrebata del tendedero los pocos ropajes de la familia; el grupo de niños, que con cubeta en mano, intentan descubrir las torrenciales fugas en el techo de su humilde casa

Ríos caudalosos recorren empedradas calles de mi barrio querido, llevando consigo las pertenencias del indigente octogenario, que bajo algún alero, espera que el cielo calme su furia;  los vecinos que improvisan puentes de piedra, cuyas bases marcadas por cientos de pasos, ayudan a trasladar calzados y desnudos pies de una cuadra a otra.

El recuerdo a tierra mojada, a papalotas negras presagiando el temporal; el vuelo de los  azacuanes, indicando un copioso invierno; la finca San Rafael, con sus nidos de chiltotas, cuyos colonos aseguraban, que, entre más alto se encontrar el nido, más seco sería el invierno; caso contrario, ¡prepararse para las tormentas!

A falta de agua, para algunos (sobre todo, los indigentes o aquellos preferidos por la luna) excusa perfecta para  tomar un baño,  en paños menores o en traje de Adán, jabón en mano y paste en la otra, si acaso; incluso, algunas humildes familias, haciendo uso del bendito líquido para los quehaceres del hogar, llenando barriles y guacalones.

Chiquillos chapoteando en charcos, librando grandes batallas en improvisados barcos de papel, navegando velozmente en pequeños riachuelos hacia reinos inimaginables, llevando consigo sueños e ilusiones. Frías tardes acompañadas con una taza de café y semita mieluda, conversando con los vivos y con los muertos.

Barrio “El Calvario” de antaño, cubierto de espesa niebla. Gélidas corrientes provenientes del Boquerón y de la Cordillera del Bálsamo. Fuertes ventiscas quebrando la más aguerrida sombrilla o paraguas, dejando indefensa a la bella damisela o al apuesto caballero, evidenciando la fuerte lluvia. Fango ancestral  en sus empedradas calles y avenidas.

Pasa el temporal, dejando escuchar el canto del Jilguero, Cristo Rey o Clarinero, agradeciendo al Divino Hacedor el despuntar del tímido sol, coronado de un esperanzador arco iris, recordando, así, la promesa del Altísimo, de nunca más destruir su creación por medio de un diluvio ¡Cae la lluvia en la Ciudad de las Colinas!”.

 

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