Ramiro Navas
Analista Político, @RamiroNavas_
34 años han pasado desde aquella icónica imagen que marcó el verdadero inicio de la década de los 90 en El Salvador: banderas, pancartas y consignas ondeando en el Centro Histórico de la capital, en aquel enero que miles pensaron que nunca llegaría. La anhelada paz fue firmada por el gobierno y la insurgencia revolucionaria en un acto cuyos efectos incluso entonces eran difíciles de dimensionar. En aquel momento importaban, importaban mucho, pero al menos por un par de horas, aquella mañana, cada mujer y hombre presente en la Plaza Cívica podía permitirse el derecho de vivir el momento y celebrar aquella paz recién conquistada.
Luego de todos esos años, hoy es difícil hasta recurrir a ese recuerdo sin ceder ante la impotencia o la decepción. Independientemente de todas las deudas que quedaron pendientes después de 1992 (de las que ya se ha escrito y ojalá se siga escribiendo) ahora el simple hecho de conmemorar aquella fecha despierta la incomodidad del grupo que actualmente gobierna El Salvador. No es casual la operación sistemática que han emprendido desde los primeros días para afirmar que los Acuerdos, y por tanto todo el conflicto civil armado, fueron “una farsa” y “una negociación entre élites”.
Entre varias otras cosas, son dos las que incomodan al actual gobierno con respecto a los Acuerdos de Chapultepec: primero, lo que aquel proceso político desmontó en nuestro país. La desmilitarización de la administración pública, el desmontaje de los cuerpos represivos, la reconfiguración doctrinaria de las Fuerzas Armadas, la nueva institucionalidad para blindar un enfoque de gobierno civil, pluralista y garante de derechos fundamentales. Todo aquello sentó las bases para la reconstrucción de un país asediado por doce años de guerra y por varias décadas de dictadura militar previa.
Pero hay una segunda sobre el 16 de enero de 1992 que hoy incomoda considerablemente a la cúpula del gobierno de Nuevas Ideas: es precisamente la imagen de la gente celebrando en aquella Plaza. De aquellas banderas, de aquellas consignas. El espíritu colectivo que hacía presencia en aquel momento era un ánimo de esperanza que venía del dolor por todas las pérdidas y las injusticias acumuladas, pero también de una voluntad determinante de aquella fuerza social dispuesta a defender la democracia conquistada con la misma firmeza con la que habían luchado por alcanzarla.
Este 25 de enero de 2026, en la Plaza Cívica, ondearon consignas y banderas otra vez. Una movilización ciudadana y popular, convocada por las organizaciones precisamente para conmemorar el acuerdo de 1992, pero sobre todo para reivindicar aquellas justas causas que hoy siguen igual o más pendientes que hace tres décadas. La marcha, que se desplazó desde el Parque Cuscatlán, se convirtió una vez más en un espacio de encuentro y acción colectiva de los agrupamientos que han venido resistiendo a la agenda autocrática del bukelismo desde el principio, y también de los actores que se han ido incorporando.
Salvando todas las obvias diferencias del momento histórico, hay poderosos hilos comunes que conectan las consignas que se escucharon este fin de semana con las que se entonaron ahí mismo en 1992. Y uno de esos hilos, quizás de los más invisibles pero a la vez de los más fuertes, es el de la justa y necesaria pregunta sobre qué podría llegar a pasar después.
Pese a que nadie pueda tener una respuesta exacta, la acción colectiva de este 25 de enero arroja luces importantes sobre una ruta de lo que seguirá para las fuerzas cívicas y los movimientos populares de aquí en adelante. Una vez más se evidencia que cuando las organizaciones sociales convocan y se movilizan, pero sobre todo cuando incentivan el espíritu de concertación y de unidad, logran transmitir a sus propias bases un ánimo que se traduce en más fuerza y más lucha. Asimismo, que la acción coordinada de los esfuerzos ciudadanos que diariamente procuran contrarrestar la narrativa oficialista desde sus espacios como generadores de contenido, periodistas y analistas, permitió que miles de personas desde todo el mundo pudieran acompañar la acción en tiempo real.
Queda claro que la movilización popular y ciudadana de este pasado domingo debe transmitir un mensaje bastante claro: en enero de 1992 la Plaza Cívica se llenó de banderas de unidad y lucha. 34 años después, la Plaza nos sigue convocando a la misma consigna: unidad y más unidad. Lucha y más lucha.
Diario Co Latino 134 años comprometido con usted