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El cantar de los cantares

Carlos Burgos

Fundador

Televisión educativa

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Hace algún tiempo, en el taller literario de Mauricio Vallejo Márquez se me encomendó leer «El cantar de los cantares», libro protocanónico del Antiguo Testamento. Consulté «Dios habla hoy». Versión popular. Corea 2003. La obra presenta aspectos que trataré de comentar con relación a figuras del lenguaje sin profundizar en la esencia religiosa.

«El Cantar de los cantares» es el mejor de los cantos o poemas dedicados al amor nupcial. Su autoría se atribuye al rey Salomón. La obra está dividida en seis poemas o cantos y se desarrolla en forma de diálogo entre el amado y la amada con un grupo de acompañantes o coro.

Se podría pensar en teatro con los protagonistas que expresan su parlamento y el coro que atempera, describe y pregunta según el contexto de las escenas. Pero dentro de la lírica es un tierno romance en que  se expresa el amor profundo, ardiente como la llama divina de la pareja, simboliza el amor del matrimonio.

El tema que presenta es el amor sencillo, puro, transparente. Es un amor sin complicaciones entre dos seres, no intervienen terceros que podrían desestabilizar la comprensión de dos; la pureza radica en la limpieza de toda mancha moral, purificación del alma, seres íntegros, perfectos, rectos; la transparencia permite percibir sin obstáculos esa relación amorosa, ninguna interferencia empaña esa relación.

Algunos símiles o metáforas podrían considerarse atrevidos o eróticos, pero no deben sorprender a nadie puesto que estos cantos corresponden a una época en que predominaba la sencillez y naturalidad, sin la malicia de personas libidinosos.

Su lenguaje es sencillo, claro y conciso, sin palabras rebuscadas o enrevesadas, no presenta situaciones alambicadas. Usa con frecuencia vocativos como amor mío, cariño, amor de mi vida. Emplea el orden natural de la oración pero también usa el hipérbaton que contribuye a la elegancia del lenguaje. La expresión: tus caricias son más dulces que el vino, tiene una construcción natural, pero en el primer canto se usa el hipérbaton así: «son más dulces que el vino tus caricias».

De acuerdo con la preceptiva literaria, en estos cantares se encuentran figuras de dicción o de palabra. En el tercer canto el amado dice:

«Ya he entrado en mi jardín, hermanita mía, novia mía.

Ya he tomado mi mirra y mis perfumes,

Ya he probado la miel de mi panal,

Ya he bebido mi vino y mi leche».

En los cuatro versos anteriores, al principio, se repiten las palabras «Ya he», esta figura es la repetición o anáfora. También hay anáfora en estos dos versos del sexto canto cuando ella dice:

«LLévame grabada en tu corazón.

¡Llévame grabada en tu brazo!».

Se repiten cuatro palabras en cada verso. Además, hoy podría pensarse que el segundo verso  sería un antecedente bíblico del actual tatuaje en los brazos.

Si un verso termina con la misma palabra que comienza el siguiente, se emplea la figura conduplicación como sucede en estos dos versos:

«Novia mía, de tus labios brota miel.

¡Miel y leche hay debajo de tu lengua!”

Cuando se repite una misma palabra se tiene la reduplicación como en este caso del quinto canto donde el coro dice:

«Regresa, Salamita, regresa.

Regresa, queremos verte».

Si se repiten conjunciones para darle fuerza y elegancia a la frase se tiene polisíndote. En el tercer canto se usa acertadamente la conjunción y:

«nardos y azafrán,

caña aromática y canela,

y toda clase de árboles de incienso,

de mirra y de áloe… ».

Al inicio del segundo canto cuando habla la amada  no se usa ninguna de las conjunciones y, e, ni, que, para relacionar elementos, esto se llama asíndeton o disyunción. En estos ocho versos no se necesitó usar conjunciones.

«¡Ya viene mi amado!

¡ya escucho su voz!

Viene saltando por colinas.

¡Mi amado es como un venado!

Como un venado pequeño.

¡Aquí está ya, tras la puerta,

asomándose a la ventana,

espiando a través de la reja!».

En «El cantar de los cantares» existen otras interesantes figuras del lenguaje que analizaremos el próximo sábado. Hasta pronto.

Ver también

Mirada de Gavilán

por Wilfredo Díaz