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El camino de Romero

José M. Tojeira

Ahora que estamos a punto de celebrar la canonización de Mons. Romero es importante recordar su concepto de cristianismo. Recientemente el arzobispo de San Salvador decía con mucho acierto que si queda algo por hacer de cara a la santidad de Mons. Romero es declararlo Doctor de la Iglesia. Es un título que la Iglesia otorga a personas que no solamente tienen el don de la santidad, sino que además han escrito sobre la responsabilidad de los bautizados de un modo profundamente enraizado en la fe cristiana. Y ciertamente es un título que Mons. Romero merece. Porque sus escritos reflejan las actitudes que debe tener un cristiano en situaciones de crisis sociales incluso devastadoras, como fueron los años de su arzobispado y la subsiguiente guerra civil.

Siguiendo la más pura tradición evangélica, especialmente en un país con altos márgenes de pobreza como el nuestro, Mons. Romero estaba convencido de que “la misión de la Iglesia es identificarse con los pobres… así la Iglesia encuentra su salvación”. Y eso le llevaba inmediatamente a comprometerse con la justicia social. Un término este que asusta con frecuencia en nuestro país a algunos sectores a pesar de estar incluido en el artículo primero de nuestra Constitución como una responsabilidad y obligación del Estado. Las explicaciones de nuestro santo obispo son ejemplares al respecto: “La justicia social no es tanto una ley que ordene distribuir; vista cristianamente es una actitud interna como la de Cristo, que siendo rico, se hace pobre para poder compartir con los pobres su amor. Espero que este llamado de la Iglesia no endurezca aún más el corazón de los oligarcas sino que los mueva a la conversión”. Al final el concepto cristiano de justicia social no puede separarse de algo tan evangélico como lo es la generosidad. En ese sentido Mons. Romero no duda en insistir en que “toda persona que lucha por la justicia, que busca reivindicaciones justas en un ambiente injusto, está trabajando por el Reino de Dios”.

El concepto de justicia de Mons. Romero va además íntimamente unido a su idea de testimonio cristiano. Un testimonio que va desde el martirio, la ofrenda de la propia vida a causa de ser coherente con la propia conciencia cristiana, hasta ese testimonio del día a día en el amor a los pequeños, los débiles y los empobrecidos que nos exige el Evangelio. Sus palabras al hablar del martirio como testimonio son muy claras y recuerdan, actualizadas, las palabras que al respecto decían santos padres de la Iglesia como Clemente de Alejandría y su discípulo Orígenes. Pero escuchemos a Mons. Romero: “Hoy tenemos más mártires que en los primeros siglos. Pero también está el martirio cotidiano, que no comporta la muerte pero que también es un “perder la vida” por Cristo, cumpliendo el propio deber con amor, según la lógica de Jesús, la lógica de la donación, del sacrificio. Pensemos: ¡cuántos papás y mamás cada día ponen en práctica su fe ofreciendo concretamente su propia vida por el bien de la familia! Pensemos en esto. ¡Cuántos sacerdotes, religiosos y religiosas desarrollan con generosidad su servicio por el Reino de Dios! ¡Cuántos jóvenes renuncian a sus propios intereses para dedicarse a los niños, a los minusválidos, a los ancianos! ¡También estos son mártires, mártires cotidianos, mártires de la cotidianidad!”. La generosidad, la entrega, el servicio es la fuente cristiana de la justicia social.

En ese sentido Mons. Romero continúa mostrándonos los dos caminos bíblicos clásicos, el de la vida y el de la muerte adaptados a la situación actual: el de la idolatría de la riqueza y el del servicio desde la conciencia cristiana bien formada: “¿Qué otra cosa es la riqueza cuando no se piensa en Dios? Un ídolo de oro, un becerro de oro. Y lo están adorando, se postran ante él, le ofrecen sacrificios. ¡Qué sacrificios enormes se hacen ante la idolatría del dinero! No solo sacrificios, sino iniquidades. Se paga para matar. Se paga el pecado. Y se vende. Todo se comercializa. Todo es lícito ante el dinero”.

Y frente a esa cultura de muerte, tan impulsada por el individualismo hiperconsumista que caracteriza a nuestros tiempos “tiene que proponer la Iglesia Católica una educación que haga de los hombres sujetos de su propio desarrollo, protagonistas de la historia. No masa pasiva, conformista, sino hombres que sepan lucir su inteligencia, su creatividad, su voluntad para el servicio común de la patria”. Dos caminos. Elegir el de la justicia social como testimonio generoso de servicio es la única manera de honrar a Mons. Romero.

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