Por: Luis Rafael Moreira Flores
En el marco de los “Diálogos de estética y realidad” en FUNDABRIL, el histórico artista popular reconstruyó la historia del MCP, una organización donde el arte no era adorno, sino un arma de combate y un proyecto de vida.
Bajo el título “Historia del Movimiento de la Cultura Popular (MCP)”, la jornada del 14 de enero de 2025 se convirtió en un viaje hacia las entrañas de la década más convulsa de El Salvador: los años del conflicto social, la guerra abierta y la esquiva paz.
El protagonista de la tarde, Dimas Castellón, no llegó solo como un conferencista. Llegó como un archivo viviente, cargando con el peso y la gloria de haber sido uno de los pilares del arte militante en el país. Acompañado por figuras entrañables como Donal Paz y “Chicho”, Castellón inició su intervención rompiendo el hielo con la fuerza de la palabra cantada, recordando que, en la historia de El Salvador, la estética y la política siempre han caminado tomadas de la mano, a veces en la euforia de la marcha y otras en la oscuridad de la soledad.
Cuando el puño se hizo sonrisa
Para Dimas Castellón, el punto de quiebre fue 1980. La memoria se instaló específicamente en los días posteriores a la multitudinaria Marcha de la Unidad del 22 de enero. En ese contexto de efervescencia y represión, surgió una canción que se convertiría en la partida de miles de jóvenes: “En cada puño alzado del pueblo hay una sonrisa, un fusil y el corazón de Farabundo Martí… y El Salvador será libre como Vietnam, Nicaragua, Cuba socialista… será libre como el sol de un El Salvador socialista”.
Esa letra, escrita por el mismo Castellón, no era solo un ejercicio poético; era una declaración de principios. El autor recordó cómo el arte popular nació del dolor, pero se alimentó de la esperanza de los procesos revolucionarios latinoamericanos. «Siempre hay un antecedente», explicó Dimas, señalando que, para su generación, la masacre del 30 de julio de 1975 fue el fuego que templó su carácter. Un año después de aquel fatídico evento, se fundó el Grupo Maíz, la piedra angular de lo que vendría después.
El reto del sector artístico
Uno de los puntos más reveladores de la tertulia fue la reflexión sobre la dificultad de organizar al sector artístico. Para 1980, las organizaciones populares (campesinos, obreros, estudiantes) ya estaban consolidadas, pero los artistas representaban el reto más complejo. “Éramos el grupo más difícil de organizar por los egos de todas las disciplinas”, confesó Castellón entre risas cómplices de los asistentes.

Sin embargo, la urgencia de la realidad pudo más que las vanidades individuales. El sector artístico logró integrarse como el brazo cultural del Bloque Popular Revolucionario (BPR). Dimas rindió un homenaje necesario a figuras y lugares que la historia oficial suele omitir, como Norman Douglas y su local cerca de la Alcaldía de San Salvador, donde nacieron las primeras reuniones de los grupos.
En el MCP no hubo un «padre fundador» único. Fue un río alimentado por múltiples afluentes, la mayoría provenientes del Bachillerato en Artes: el Grupo de Teatro Maíz, TAMBA, Grupo Mayo, Yolocamba Ita, y el Taller de los Vagos (especializado en teatro obrero). A este torrente se sumaron poetas como Joaquín Meza y Miguel Ángel Chinchilla, pintores de propaganda como “El Chojo”, el mimo Tallapo y Saúl López, el inolvidable músico de “Poema de Amor”, entre muchos más.
Roberto Franco: el titiritero de los humildes
La actividad en FUNDABRIL no fue una coincidencia temporal; se realizó en el marco del 75 aniversario del natalicio de Roberto Franco, el titiritero desaparecido cuya ausencia sigue siendo una herida abierta. Donald Paz tomó la palabra para evocar la figura de “Tapia”, como le llamaban cariñosamente.
“Todos éramos prole”, afirmó Paz con orgullo. Roberto Franco venía de una familia humilde en San Ramón, vivía en una casa con piso de barro y su abuela vendía mantequilla en el mercado, haciendo el trayecto a pie para no gastar en el pasaje del bus. Esa extracción popular fue la que dotó a su arte de una autenticidad inalcanzable para la academia tradicional.
Franco aprendió el arte de los títeres con Sergio, un maestro argentino, y juntos llevaron esta disciplina a un nivel de incidencia social sin precedentes. Crearon un taller de seis meses que transformó la visión del grupo. En este contexto nació “La Ranita”, un personaje de trapo que, según los ponentes, se volvió más relevante para la moral de la revolución que muchos comandantes guerrilleros. La sátira de Franco no perdonaba a nadie: recordaron con humor la parodia de un partido de fútbol entre el equipo “Alianza” (obreros y campesinos) y el “Fas-cistas”.
El teatro de calle y la supervivencia en la guerra
El MCP no se presentaba en teatros con alfombras rojas. Su escenario era la calle, los sindicatos, las comunidades de tugurios, la UES, la UCA y el Inframen. Llevaban la sátira social a donde el pueblo estaba, sobreviviendo gracias a las “cuchumbiadas” o las colectas en gorras. Incluso, recordaron momentos surrealistas y hermosos, como cuando fueron invitados a Suchitoto para acompañar una boda colectiva de guerrilleros, celebrando el amor en plena guerra.
Sin embargo, el compromiso tenía un precio alto. “Todos estábamos en actividades permanentes, así nos jugábamos la vida”, sentenció Dimas. Tras la primera ofensiva de 1981, el MCP tuvo que desaparecer de la vida pública en El Salvador. “Ya no podíamos dar la cara porque estábamos quemados”, explicó. Muchos partieron al exterior para recaudar fondos para la guerra, mientras que otros, como Dimas y Franco, recibieron la misión de aglutinar a nuevas organizaciones como Guinama, lo que daría paso a la fundación de ASTAC (Asociación Salvadoreña de Trabajadores del Arte y la Cultura).
Identidad, radicalización y el cierre de un ciclo
La tertulia también abordó las tensiones internas. Dimas relató con crudeza cómo, en medio de la complejidad de la guerra, intentaron matarlo cinco veces, por las luchas de identidad y hegemonía entre organizaciones. A pesar de los peligros, la mística se mantuvo. Donald Paz recordó a Raúl (Beto-ven), quien daba clases de música y compartía todo su salario para que el colectivo pudiera comer. “Tuvimos un sueño colectivo”, resumió Paz, destacando que mientras otros sectores tenían luchas reivindicativas gremiales, el MCP no pedía nada para sí mismo; su compromiso era la liberación total.

Dimas Castellón cerró la jornada con una declaración que resonó en los asistentes: “No éramos un grupo para animar un evento político, éramos líderes políticos, organizadores, fuimos la vanguardia”. Con la misma guitarra que le ha servido de “arma de combate” durante más de cuatro décadas, entonó «Chicha Chichita», el himno de los obreros.
Al final, la tertulia no solo fue un ejercicio de memoria histórica, sino un recordatorio de que el arte, cuando nace del piso de barro y se nutre del ideal, es indestructible. Dimas, a quien Donald Paz describió como «un poeta del pueblo que sigue en su revolución», dejó claro que la fiesta popular por la que tanto cantaron sigue siendo una asignatura pendiente, pero la música popular sigue sonando.
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