Por David Alfaro
En el debate político actual, suele confundirse la buena voluntad con la capacidad de transformar la realidad. Es común escuchar hablar de «conciencia social» como si fuera el remedio definitivo contra las injusticias. Sin embargo, en contextos de opresión sistemática y autoritarismo, la conciencia social se queda corta; lo que urge, hoy más que nunca, es despertar la conciencia de clase.
* La conciencia social es el primer paso
Es la capacidad de indignarse ante la pobreza ajena, de sentir empatía por las familias que no tienen qué comer y de reconocer que las cosas están mal. Es un sentimiento noble, pero puramente humanitario y, con frecuencia, pasivo.
* La conciencia de clase
Por el contrario, la conciencia de clase es política, es estratégica y es confrontativa. No solo ve el sufrimiento, sino que identifica con precisión al opresor, entiende la raíz económica de la explotación y asume que los derechos no se mendigan, sino que se conquistan mediante la lucha colectiva.
Bajo la dictadura actual en El Salvador, esta distinción se vuelve vital. El aparato propagandístico del oficialismo se ha encargado de adormecer la conciencia social mediante la narrativa de la seguridad y el espectáculo. Te dicen que «el país cambió», que «ahora hay paz y progreso económico», mientras tras se ahoga económicamente a las mayorías populares para beneficiar a las nuevas y viejas élites.
La empatía abstracta no desmonta dictaduras; solo la organización de los desposeídos puede hacerlo.
El reflejo más nítido de esta urgencia se encuentra en la sabiduría popular, esa que no pasa por las aulas universitarias pero que entiende perfectamente el hambre.
Recientemente se viralizó el testimonio en video de un campesino salvadoreño que, con gran lucidez y palabras sencillas, desnudó la realidad del país. Mientras el gobierno presume cifras macroeconómicas y proyectos de vitrina, el campesino explicaba lo básico: la tierra ya no da para comer por el alto costo de los insumos, la canasta básica es impagable y el dinero no rinde.
Lo verdaderamente importante de su discurso no fue solo la queja que se quedaría en mera conciencia social, sino su conclusión política. Él no pidió caridad del gobierno. El campesino hizo un llamado directo a tomar conciencia, politizarse, organizarse, movilizarse y reivindicar. Él entendió que su miseria no es un hecho aislado, sino una condición compartida por todos los trabajadores del país frente a una dictadura que gobierna para los grandes capitales.
Desarrollar la conciencia de clase hoy en El Salvador, significa seguir el ejemplo de ese campesino:
* Romper el miedo impuesto por el estado de excepción y la militarización.
* Dejar de ver el problema como algo individual («tengo que trabajar más duro») y entenderlo como un problema colectivo («el sistema nos está asfixiando»).
* Politizar el descontento, transformando la queja casual en una exigencia organizada en las calles, sindicatos y comunidades.
La dictadura de la propaganda se combate con la verdad material de los de abajo. Cuando el pueblo trabajador deje de aspirar a las falsas promesas de prosperidad individual y asuma su identidad histórica de clase explotada, el régimen perderá su base más sólida.
La organización y la movilización popular son las únicas herramientas capaces de devolverle el futuro a El Salvador.
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