Por David Alfaro
09/11/2025
En 1939, Sebastian Haffner, un joven jurista de Berlín, escribió «Historia de un alemán», un testimonio íntimo sobre la caída moral de su país. No era un manifiesto ni un ensayo académico: era la mirada de alguien que vio cómo una sociedad educada, racional y moderna se dejó seducir por Adolf Hitler. Haffner no sólo contaba la llegada de un dictador; relataba la transformación de un pueblo que dejó de pensar por sí mismo.
Hoy, en El Salvador, algo similar ocurre con Nayib Bukele. La fascinación social por su figura ha generado una rendición política comparable, aunque en otro tiempo, circunstancias y contexto.
La rendición no siempre es violenta
Haffner observó que los alemanes de los años treinta no fueron obligados, sino conquistados por la emoción. «El nazismo abolió la vida privada», decía, «y ofreció a cambio un sentido de pertenencia colectiva». Alemania, humillada y sometida a pagos obscenos tras la Primera Guerra Mundial y también golpeada por la pobreza y el desempleo, buscaba refugio en alguien que prometiera orgullo y grandeza.
Erich Fromm, en «El miedo a la libertad», explica algo similar: en tiempos de incertidumbre, muchas personas entregan su autonomía a cambio de seguridad. En El Salvador, la sociedad, marcada por la guerra, la violencia de pandillas y la corrupción, encontró en Bukele un relato de orden y modernidad. Como Hitler prometía devolver la grandeza a Alemania, Bukele prometió transformar un país que fracasado que parecía no encontrar su rumbo. La política se convierte entonces en una especie de ritual, más emocional que racional.
Cuando la emoción reemplaza al pensamiento
Haffner describió cómo los alemanes dejaron de tener vida interior, absorbidos por una política omnipresente. Todo se subordinó a la causa nacional: el trabajo, la familia, la amistad. Hoy, el bukelismo invade de manera similar el espacio simbólico y emocional. Ya no es solo apoyo político: es fe. La presidencia se convierte en mito, en un salvador joven y visionario.
Las redes sociales funcionan como los míticos congresos nazis: espacios donde se celebra al líder y se castiga a quien duda y critica. Sí, criticar se vuelve traición; obedecer, virtud. La «renuncia al pensamiento propio» que Haffner señalaba, se refleja hoy en la sobreexposición a propaganda, memes y narrativas oficiales. La verdad deja de ser algo verificable; se convierte en cuestión de fe.
Economía y espectáculo
La Alemania de los años treinta mostró un «milagro» económico: pleno empleo, obras públicas, estabilidad monetaria. Pero era un espejismo sostenido por gasto militar y represión. De manera parecida, en El Salvador, el relato del éxito económico se apoya en la construcción del «milagro Bukele»: bitcoin, megaproyectos, turismo y seguridad. Sin embargo, detrás de esa narrativa están la deuda creciente, la precariedad laboral, la caída del salario real y nada en las ollas.
En ambos contextos, la política se vuelve espectáculo: desfiles, cadenas nacionales, imágenes de orden y modernidad. En la Alemania nazi era la estética del poder; en El Salvador es la estética digital. Ya no hacen falta marchas ni uniformes: bastan las redes sociales.
Consentimiento social
El nazismo no habría sobrevivido sin oligarcas, grandes comerciantes, medios, iglesias y ciudadanos dispuestos a colaborar. El bukelismo tampoco: prospera gracias a la aceptación popular y la complicidad de los poderosos. La obediencia se viste de patriotismo; el ciudadano se convierte en espectador más que en actor.
Norbert Elias explicaba que las sociedades modernas tienden a disciplinarse a sí mismas más que por la coerción directa. Tanto el nazismo como el autoritarismo salvadoreño logran algo más profundo que la represión: hacen que las personas se autocensuren, vigilen a otros y vean la crítica como amenaza al orden.
Entre mito y realidad
La comparación no busca equiparar crímenes ni contextos (sería trivializar el horror nazi). Se trata de entender cómo las sociedades permiten que surja el autoritarismo. En ambos casos, no empezó con la violencia, sino con la fascinación. Hitler no tomó Alemania por la fuerza; los alemanes lo invitaron. Bukele tampoco necesitó golpear la puerta: la sociedad salvadoreña se la abrió con entusiasmo.
Estos fenómenos muestran la tensión eterna entre la razón y el mito. Cuanto más compleja y desigual es la realidad, mayor el deseo de creer en Entre mito y realidad
Estos fenómenos muestran la tensión eterna entre la razón y el mito. Cuanto más compleja y desigual es la realidad, mayor el deseo de creer en un relato simple: un líder fuerte, incorruptible, capaz de salvar a la nación. Lo que Haffner denunció en 1939 no fue solo la locura alemana, sino una fragilidad humana universal: entregar la libertad a cambio de identidad. relato simple: un líder fuerte, incorruptible, capaz de salvar a la nación. Lo que Haffner denunció en 1939 no fue solo la locura alemana, sino una fragilidad humana universal: entregar la libertad a cambio de identidad.
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