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Cuatro microcuentos de Juan Sobalvarro

Por ejemplo

Quisiera que esta fiesta terminara en nada. La voz de Dylan hace pensar en una madera embebida en ron, mientras las cuerdas de la guitarra se desentienden del conjunto. Unos increpan por el color, otros tienen prisa por la uretra y hay quienes inventan una nueva forma de pensar que los hace mejores. Imposible calzar en el traste infeliz de estos días. El corazón no quiere dar vía y se anuda, imita ideogramas que se resumen en rabia callada y sin empuje. Y es eso, casi siempre sobrevivimos sólo por la gracia de regresar a nuestros estuches, a los formatos previstos. Sólo si regresamos a las aburridas predicciones, con la modesta costumbre con que el queso regresa a la tortilla, por ejemplo.

 

Cosas sin velar

Hemos de regresar a esas tristes mesas llenas de vasos descartables y envases de Coca Cola. Que defienden una sanidad anti alcohólica con repugnante empacho azucarero. Asoladas por la rutina que poco a poco las va cercando, en la bondad del rancho tribal y la hora tres de la tarde les cae encima con luz de cegador reflector. Así pagamos el precio de no haber supuesto estas topografías con la anticipación necesaria. Porque en la soberbia, ebria por cierto, de antepasadas noches sólo nos cabía una inútil euforia. Una alegría parecida a un par de dados que se agitan en un vaso de cuero, cosa que supongo ha de tener nombre en algún lugar del mundo. Así, a tropiezo de vano azar nos esperan los cumpleaños, pero sobre todo, las comuniones. Un llano dilema que alfombra la división entre lo que nos arraiga y lo que nos hastía.

 

Arpón

Pero saliste a la calle con un calcetín en la lengua, con la bilis apretujada en la garganta, intentando ridículas sinalefas que te hicieran lucir mejor. Eso que se te anuda no son los otros, sos vos mismo indigesto -tóxico es la palabra aunque no te guste. Porque no te envenenaron, te envenenaste con tu propia saliva. Ese olor a sombra que se pudre es tuyo, no es tu legado, es tu cosecha, tu ego añejo.

 

La ostra

La mañana entera sitiada por la vecina bachatera. Tomo nota, escribo en el azul Libro del desquicio. Un corazón aburrido se toma la calle con su continua percusión. Y da miedo salir porque afuera alguien urdió una telaraña de majaderías. Ya lo sé, es este un plan para impedirnos pensar. Pero nos favorece la oscuridad, el inaccesible nicho de silencio al que siempre podemos recurrir.

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