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Coronel Benjamín Mejía y su intentona democratizadora: 25 de marzo de 1972

Víctor Manuel Valle Monterrosa

En el año 2022, al cumplirse 50 años del intento de un golpe militar sucedido en 1972 en El Salvador publiqué un artículo cuyo contenido se mantiene con vigencia.    https://www.elindependiente.sv/2022/03/26/25-de-marzo-de-1972/

Ahora, en este 54º aniversario, es pertinente hacer algunas consideraciones adicionales. El 25 de marzo de 1972 hubo un alzamiento militar orientado a restaurar el imperio de la Constitución que, en El Salvador, por lo general ha sido una rareza. En las elecciones presidenciales de ese año hubo un escandaloso fraude electoral cometido por el régimen gobernante, lo cual indignó a las mayorías y contribuyó a sembrar rebeldías que después resultaron muy violentas con justa causa: buscar la democracia y la justicia por la vía del enfrentamiento militar.

Quizá sea oportuno, para que esa acción del 25 de marzo de 1972 libre su batalla contra el olvido, ampliar sobre ese evento con un anecdotario que se recapitula para dar a conocer más sobre este tipo de gestas y extraer lecciones orientadoras

El coronel Benjamín Mejía, conocido como admirador del ideario de Alberto Masferrer y líder militar del golpe, era el comandante del Cuartel El Zapote, en San Jacinto, considerado en las antiguas prácticas militares como un bastión fuerte para proteger el régimen y sobre todo a Casa Presidencial que estaba en las faldas de la colina asiento del cuartel. El coronel basaba su seguridad en el triunfo que tenía las “papayas” como se le decía en jerga coloquial, por su color anaranjado, a los proyectiles de los cañones, de El Zapote. Talvez el coronel creía que la batalla mejor ganada es aquella donde no hace falta enfrentar al contendiente para que se rinda, como enseña el clásico chino Sun Tzu Se.

Quizá le falló al coronel Mejía una capacidad de análisis del contexto. No bastaban las papayas sin un apoyo mayoritario comprobado al interior del ejército y movilización popular de apoyo preparada previamente.

Molina fue impuesto, en elección indirecta, por una Asamblea Legislativa subordinada al Alto Mando Militar. Es importante comprobar que la institucionalidad salvadoreña tiene larga historia de debilidad. El poder predominante de turno, por lo general, subordina todos los órganos del Estado independientemente de la teórica independencia de poderes y del invocado balance de pesos y contrapesos.

En la conspiración, en diferentes instancias y niveles, participaron civiles conocidos y militares izquierdistas. Era notoria la presencia del Mayor Pedro Guardado, reputado como militar izquierdista, quien después fue parte activa en el entrenamiento de los combatientes del FMLN. Estaban Manuel Reyes, estudiante avanzado de Ingeniería Civil; René Glower Valdivieso, un golpista reincidente desde el tiempo de un abortado alzamiento de jóvenes militares  contra el dictador Martínez en la década de los años 1930 y volvía a sus andanzas 40 años después; Tomás Guerra Rivas, abogado izquierdista por ser conocido, entre otras cosas,  como dirigente estudiantil y pionero visitante  a la Unión Soviética junto a Roque Dalton y otros universitarios en 1957; Ivo Príamo Alvarenga abogado militante de organizaciones de la izquierda democrática. La asonada era, pues, un esfuerzo plural de personas que abogaban por una sociedad más democrática y menos injusta sobre todo para las mayorías.

Parece que en el interior del movimiento golpista hubo descoordinaciones y cierto caos sobre todo en los momentos finales de la conspiración. Por eso, con el presidente Sánchez arrestado en el Cuartel Zapote, hubo descuidos para que el presidente depuesto se comunicara con colaboradores y revirtiera la situación. Personas informadas se refirieron a comunicaciones telefónicas, a pedido del presidente Sánchez Hernández, entre el general Fidel Torres, ministro de Defensa, y Anastasio Somoza Debayle, presidente de Nicaragua y hombre fuerte de Centroamérica con funciones de facto para coordinar los regímenes militares de los países del istmo.

Se dice que Fidel Torres le pidió a Somoza que hablara con su compadre López
Arellano, dictador de Honduras, para que no moviera tropas a la frontera con El Salvador y así ayudar al gobierno salvadoreño a mover tropas a San Salvador para neutralizar la revuelta. Hubo pues coordinación militar centroamericana para conjurar el alzamiento. La suma de fuerzas en el istmo, de parte de los sectores conservadores en materia económica y social, como complemento de la militar, se da con facilidad, lo cual no es lo mismo cuando se trata de coordinación entre las sociedades civiles actuando en función del desarrollo de los países y el bienestar de los pueblos.

El coronel Mejía no resultó vencedor en el alzamiento. Años después pagó con su vida el intento de ser un soldado al servicio de la patria de todos. Murió asesinado junto a su esposa en 1981 durante la orgía de sangre desatada por los llamados escuadrones de la muerte al servicio de la derecha, los mismos que mataron, el año anterior, a Monseñor Romero y a Enrique Álvarez como advertencia a quienes, estando en un estamento tradicionalmente cimiento importante del poder conservador, se pasan al lado de las luchas populares.

Esos tres asesinados entre 1980 y 1981, cada uno figura representativa de una parte de la triada de poder tradicional son: Enrique Álvarez, de la clase pudiente dominante, Monseñor Romero de la jerarquía de la Iglesia Católica, y Benjamín Mejía jefe del estamento militar supuesto a ser siempre defensor y protector del régimen socio-económico conservador imperante cuya clase dominante hunde sus raíces culturales en las instituciones coloniales de la Encomienda y el Tribunal de la Inquisición o Santo Oficio.

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