LA VENTANA
(OBRA INÉDITA, SIN FECHA)
SALARRUÉ
Rafael Lara-Martínez
Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…
«Ruleta»
por Juan Shanghai
Salvador Salazar Arrué se llamaba. Cuando comenzó a soñar cambió de nombre y se llamó Salarrué.
Era alto, espigado y rubio como espiga. Tenía los ojos azules, neblinosos, —neblinas astrales, restos de sueños. Era mudo y reconcentrado. Guardaba la honda convicción de que el silencio es oro y la palabra, —aun la más bella— inútil. No comía carne ni usaba artefacto alguno de animal sacrificado: zapatos de tennista, ancho cinturón de lana tejida según los coloridos indios.
Había nacido en El Salvador como Poe en Yankilandia. Vivía como en desierto, sin comprender el lenguaje de los suyos, e incomprendido de sus hermanos. La gente decía que habitaba en la luna, y él mismo refería que en altas horas de la noche se fugaba hacia parajes de misterio. Y era sincero —y hasta verídico en tales referencias.
Lo cierto es que él —sacerdote truncado, alma nacida para la contemplación de lo divino— habíase alucinado con enseñanzas de magia y se había entregado con ímpetu religioso a una secta que fue fundada por la sacerdotisa bárbara (Era de Samarkandia, tierra asiática)— llamada Blavatsky, sacerdotisa que anunciaba una nueva encarnación del Verbo en el cuerpo de un hindú, llamado Krishnamurti. Sacerdotisa y Mesías que pasaron pronto al olvido.
Era la misma secta de los Maniqueos —destruida por Agustín de Hipona hacía mil quinientos años— y que estuvo en boga varias décadas.
Como Agustín, Salarrué dió su corazón y su mente a dicha secta, y llegó a creer en el signo que los astros hacen a los mortales y en que una persona muere y vuelve a tomar carne en el mundo para ser otra persona. Pero también como Agustín, Salarrué volvió a la religión materna —una vez convencido de error— y fue el más terrible pugnador y destructor de la secta. Salarrué murió en la Iglesia de Roma y toda su vida fue clara y recta. Sus restos permanecen en el terruño que tanto lo amó, en espera de la resurrección de la carne.
Porque este hombre que vivía en la luna, cuando andaba errado (y que después vivió en el éxtasis, seguro de la Verdad); porque este hombre que llamaba compatriota a todos los hombres, y extranjeros a los de su ciudad, este hombre estaba saturado de un gozoso amor por la tierra patria.
Sus compatriotas nunca le comprendieron porque andaban fuera con la vista ciega y con el ceño apretado, y con el puño apretado del provinciano metido entre montañas sin horizonte.
Cierta vez les había dicho: Un día me iré sin pedir pasaporte a las autoridades, sin pedir permiso a los policías, sin llenar ningún requisito legal. Me iré completamente libre. Y la gente de su barrio y de toda la ciudad, comentó con burla aquel decir.
Qué? —decían entre ellos— ¿cree ésta acaso que nuestra policía duerme? ¿Qué nuestras fronteras no son las mejore guardadas de este mundo?
Y era porque no le habían comprendido. Él no había hablado de un viaje a las otras provincias. Él había hablado de su tránsito a la Eternidad.
Y ciertamente había amado a su tierra más que todos los otros, los que sólo tenían el amor en la boca y no en el corazón.
Sus Cuentos de Barro olían al barro nativo —olorosos estaban con el olor de los caminos y los campos, con el olor de los esteros y de los ríos, con el olor de las hierbas de la comarca y de las palabras de la comarca.
Morenos de barro eran sus cuentos, como las manos de los indios tristes, como la carne de los indios tristes, como el corazón para siempre triste del indio sometido.
Y esos olores patrios llegaron hasta las más extrañas gentes, esparcidos por las manos del antipatriota que decían los patriotas. Y los nombres de Juayúa y Nahuizalco, de Nonualco y Acelhuate —y de otros pintorescos y coloridos— corrieron de boca en boca —porque los había echado al viento aquel antipatriota. Los hombres no lo premiaron, pero la tierra sí. Ya su propia carne es el barro de sus cuentos, y su espíritu liberto presidió —en plena alegría— aquella su transformación en terruño.
Así quise presentar a Salarrué —que aun vive entre los muertos— como si ya hubiese violado sus fronteras —libre y sin pasaporte alguno— camino de la tierra de los vivo.
Dic. 5.— 1932 (escrito a mano)
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