Óscar Miguel Marroquín
Periodista
La relación entre poder y resistencia se asemeja a la analogía de la semilla y el fruto. En palabras de Michel Foucault, “en ese sentido, el avance del poder genera como reacción un movimiento de resistencia”. La noción de eliminar la resistencia es únicamente parte de la ilusión de quienes poseen el poder formal (el gobierno). La legitimidad de un gobierno puede anular la imposición del poder y, al mismo tiempo, la aparición de la resistencia.
En los mecanismos del poder siempre se busca la mejor estrategia y táctica de dominación; se intenta a toda costa que el poder se vuelva perpetuo en tiempo y espacio. Si por perpetuo se entiende la ausencia de resistencia, nada es más ilusorio, porque el poder del que se habla no se origina en la verticalidad: en el modelo cristológico no existe resistencia, ya que quien se opone a la “divinidad” se condena a sí mismo a vivir en fuego eterno.
La confrontación entre los hombres es la lucha en la tierra, que no tiene conexión con cuestiones bíblicas; es una dinámica de poder dentro del territorio y el Estado; por lo tanto, la resistencia es una característica inherente al ser humano cuando en el ejercicio del poder otros buscan imponer su verdad para dominar. El poder no es un objeto que se sostiene en las manos; así, mientras unos intentan dominar a otros, esos otros están ideando la resistencia y sus mecanismos de fuerza, desde la táctica y la estrategia. Víctor Manuel Valle se refiere a “brotes de rebeldía” en su artículo, aludiendo a las acciones universitarias y laborales de 1960.
En la década de 1930, muchos hombres fueron fusilados, entre ellos, el líder comunista Agustín Farabundo Martí, tras una revuelta popular; la intención de quienes detentaban el poder de manera ilegítima era erradicar toda forma de resistencia, algo que no sucedió, y no sucedió porque el poder, desde la ilegitimidad, no desapareció: el Estado continuó con la muerte, captura, tortura o desaparición como métodos para eliminar cualquier indicio de resistencia.
Décadas más tarde, un nuevo estallido social ocurrió, en otras palabras, un movimiento de resistencia abarcó El Salvador; la violencia revolucionaria persiguió la toma del Estado como un medio para deshacerse de la ilegitimidad y, además, para poner fin a la represión de la oligarquía agroexportadora. Tras más de diez años de guerra, las armas se silenciaron mediante un acuerdo de paz, buscando un entendimiento que permitiera nuevas relaciones de poder.
Desde la legitimidad, se anhelaba una convivencia pacífica y democrática. Tanto la izquierda como la derecha aceptaron el cambio en la gobernanza; se pensaba que una nueva democracia había surgido y que los vicios del pasado estaban quedando atrás, entendiendo por vicios la ilegitimidad de quienes detentaron el poder por décadas: fraudes electorales y otros problemas que condujeron a la represión y, como consecuencia, a nuevas formas de resistencia.
El actual gobernante ha embarcado al país en una nueva fase de ingobernabilidad, creyendo que cuenta con el respaldo incondicional de un gran número de salvadoreños, además de estar convencido de que gran parte de la sociedad ha optado por ceder sus derechos a cambio de seguridad; no obstante, esos mismos que hoy rinden pleitesía pronto se darán cuenta de que el problema de la seguridad como cuestión social ya ha sido en gran medida resuelto y que, en cambio, estamos enfrentando nuevos problemas de interés nacional, como el elevado índice de desempleo, el creciente endeudamiento por parte de este gobierno, el aumento del costo de la canasta básica debido al fenómeno climatológico (el niño) y, junto a ello, la voracidad del libre mercado, el constante aumento de los precios de los combustibles y la negativa del gobierno a eliminar antiguos impuestos. Además, el gobierno ya ha anunciado para el próximo año una medida económica drástica (medicina amarga) que impactará de manera directa al 35% de la población empleada formalmente.
Por otro lado, a principios del próximo año, habrá un simulacro de elecciones, bajo la premisa de que la sociedad podrá elegir: un presidente, diputados y alcaldes; el gobierno gastará una suma millonaria de dólares para llevar a cabo este teatro. Estas supuestas elecciones buscan legitimar la continuidad de quien actualmente es el “presidente” del país. Cómo puede hablarse de elecciones si todo, absolutamente todo, está a favor de aquellos que gobiernan ahora: el árbitro electoral, recursos económicos y, en este momento, un país bajo régimen de excepción. En definitiva, unas elecciones sin ningún tipo de contrapeso.
En resumen, la situación se muestra muy desalentadora, las actuales relaciones de poder no apuntan a un futuro optimista que nos lleve a pensar que esta vieja y desgastada democracia representativa se encamine a dejar atrás todos los vicios desde su inicio; por el contrario, la modificación de algunos artículos de la Constitución Política, a capricho de quienes en este momento gobiernan, sugiere que muy pronto, e inevitablemente, surgirán conatos de resistencia. En una de sus obras más relevantes, Michel Foucault señala que: las luchas no surgen fundamentalmente en contra del poder, sino que, en el contexto de las relaciones de poder, las luchas se desarrollan.
Con respecto a las relaciones de poder, el bukelismo sostenía que la población debía mantener de manera incondicional su apoyo al proyecto carcelario en las próximas elecciones, como una manera de sostener el modelo de seguridad ciudadana; evidentemente, a expensas de la pérdida de ciertos derechos constitucionales. Sin embargo, las circunstancias cambiaron drásticamente; de manera sorpresiva, el líder del bukelismo (Bukele) anunció, con bombo y platillo, que se liberará al 50% de los detenidos que supuestamente habían colaborado con las pandillas. En conclusión, la resistencia ha comenzado a rendir sus frutos y aquellos que creen poseer el poder en sus manos deberían considerar que eso es solo una ilusión tonta.
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