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versos de Jorge Madrid

Jorge Madrid. Honduras, Comayagua.Poeta, narrador, ensayista, gestor cultural, voluntario social. Licenciado en administración de empresas egresado de la UNAH. Diplomado en filosofía y política.

 

LA MUERTE ES UN ATISBO EN LA GARGANTA DE UN DIOS QUE LA DEMORA ATURDE

El agua se ha enfriado.

Inasibles están las manos.

La muerte: es ver partir una mujer que desde los ojos se despide.

Es segar la niebla que sube a nuestro cuerpo.

Es una lengua que como gota cae sobre los cuervos.

Es hacer el revés de lo humano nuestra morada.

Es despilfarrar los pájaros de las plazas en las manos de los niños.

Es soportar el peso de una efigie esculpida por el tiempo.

Es mediar el sueño con la danza,

que seduce al que se fuma las ciudades,

y sube a las colinas y escribe con arrebato sobre las hojas de los árboles.

Es oír campanas en las piedras

como si los tímpanos de la tierra escucharan nuestra llegada.

La muerte es un escarabajo tendido en los huertos

entumecidos del alma.

No nos gustan los trenes cuando sus estaciones son nuevos exilios. 

                                     

Adonis.

No solo de higos vive el hombre sino de toda palabra que viene consigo detrás del exilio

El balido del cordero inmolado sobre la memoria de los templos.

Los cantaros reunidos en el pecho de los niños.

El derruido de las losas.

Los olivos cargados de plegarias.

Los parpados de las mujeres cubiertos de polvo,

el aroma de los narcisos.

El tedio de los poetas oculto en figuras de piedra.

Los beduinos acogidos por el abrazo de la arena,

al huir de las noches apagadas como incienso.

La sombra de los sauces alzados como salmos

a las afueras de las casas.

No solo de higos vive el hombre sino del recuerdo de las flautas

censuradas por la lengua de los proyectiles.

Los legajos desempolvados por la vigilia de los ancianos,

y el reposo de las aguas que mana del lamento de su pueblo.

(Los muros son una mano abierta que despide al que se marcha)

Hay una sed de palabra

Como una cisura entre los labios.

Los ancestros se han llevado la costumbre

de cederle la voz a los jaguares;

el presagio de la lluvia;

los pies de los helechos;

las mieses;

los pájaros;

las hojas del viajero;

el silencio que antecede a la palabra;

el nombre de los ríos.

Hay una sed de palabra.

 

Como la espera de un perro que aúlla

en las alas de un mes que se apaga.

La última tarde en estas casas baldías,

y su hábito de clamar

en las manos del que se marcha.

La palabra se alarga en la poesía,

y hay quien la busca en los trapiches,

en el fruto de un árbol que nos habla.

(La palabra es una lágrima que cae sobre la espalda de los nardos)

Los domingos tienen la peculiaridad de ser una fisura imprevisible

Que delata la ínsula de los pájaros al cantarle a sus antepasados. El periplo de una ola hacia la arena. El aire se abstrae, y deja todo como un vacío, una ausencia palpable en los arcos de las puertas. Un desnudo que desvela la perspicacia del objeto. Las campanas a eso de las 2:00 de la tarde son azotadas por una sequía que impide su repique. El hombre trasmuta a árbol. El sol desluce los narcisos a recostados sobre las sepulturas. El recuerdo triunfa. La piedra se humilla y, la poesía reúne todo lo indecible.

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Nina Simone 

Con los antros atravesados en la garganta, anduvo todo Misisipi. Su búsqueda e interrogante fue tenue. Apaciguo a estéricos hombres blancos, acogidos bajo el blues incandescente de las ciudades. El estallido del combate en Vietnam y la desobediencia de sus hermanos. El Baltimore ejecutado en París, el spiritual y el Black is the colour, tatuado en su piano.

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II

Las moscas cubren el agravio,

de un cuerpo abatido dentro de un autobús.

(Nadie indaga mejor la muerte como las moscas)

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III

A la intemperie un ejército de moscas,

lucha contra un ejército de niños.

(El semáforo es otro síntoma de que está ciudad agoniza)

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