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VERDAD O MENTIRA: ¿FUIMOS EL PAÍS MÁS PELIGROSO DEL MUNDO?

Raúl Palacios

La falacia de las décadas más violentas del mundo en que El Salvador fue considerado el primero como parte de la estrategia electoral de Nayib Bukele para comprar la voluntad del pueblo salvadoreño y ser favorecido en su postulación presidencial que causó el resultado esperado por él y su partido político Nuevas pero que existen datos, narrativa y realidad en El Salvador (2009–2019) que evidencian una mentira sagazmente formulada.

Durante los últimos años se ha instalado en el discurso público la afirmación de que El Salvador fue “el país más peligroso del mundo durante toda la década anterior al 2019”.
Esta frase, repetida con insistencia en redes sociales, discursos políticos y conversaciones cotidianas, ha terminado por convertirse en una especie de verdad asumida. Sin embargo, cuando se examinan los datos reales, la narrativa se desmorona. La estadística y la herramienta más objetiva para medir la violencia homicida, cuenta una historia muy distinta a la propaganda realizada.

La métrica internacionalmente aceptada para comparar niveles de violencia entre países es la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes. No existe un índice global que mida la “criminalidad total”, porque ese concepto es demasiado amplio y heterogéneo. Por lo tanto, cualquier afirmación sobre “el país más criminal del mundo” debe basarse exclusivamente en la tasa de homicidios, que es el indicador estándar utilizado por organismos internacionales, centros de investigación y comparativos globales.

A partir de esa base metodológica, revisemos los datos oficiales de la década 2009– 2019, provenientes de la Fundación Dr. Guillermo Manuel Ungo (FundaUngo) para los años 2009–2018 y de Datosmacro para 2019. Estas son las cifras:

2009: 71.2 2010: 64.7 2011: 70.1 2012: 41.2 2013: 39.4 2014: 61.1

2015: 103.0 2016: 81.0 2017: 60.2 2018: 50.4 2019: 38.54

¿Qué revelan realmente estos números?

Primero, que no hubo una década completa de liderazgo mundial en violencia homicida. El único año que registró una de las tasas más altas del mundo fue 2015, con 103 homicidios por cada 100,000 habitantes. Ese pico fue excepcional y ampliamente documentado. Pero fuera de ese año, otros países como Honduras, Venezuela, Belice o Jamaica tuvieron cifras comparables o incluso superiores en distintos momentos.

Segundo, que la tendencia no fue lineal ni constante. Hubo descensos significativos en 2012 y 2013, un repunte abrupto en 2015 y una reducción sostenida desde 2016 en adelante. La década no fue un bloque homogéneo de violencia extrema, sino un periodo con variaciones marcadas que responden a factores políticos, sociales y criminales específicos de cada año.

Tercero, que la afirmación de que El Salvador fue “el país más criminal del mundo” es estadística y metodológicamente insostenible porque no existe un indicador global que mida la “criminalidad” como concepto total.
Los organismos internacionales no comparan robos, extorsiones, hurtos o delitos menores entre países porque no hay estándares uniformes de registro. La única métrica comparable es la tasa de homicidios, y esa métrica no respalda la narrativa de una década completa de liderazgo mundial en violencia.

Cuarto, que la repetición de esta afirmación ha tenido un claro uso político. Convertir un periodo complejo y heterogéneo en una frase absoluta y alarmante sirve para construir un contraste artificial entre “el antes” y “el después”; pero la función del periodismo y del análisis serio no es amplificar narrativas, sino confrontarlas con evidencia.

Entre 2009 y 2019, El Salvador vivió años de violencia extrema, incluyendo un pico mundial en 2015. Eso es innegable, pero también vivió años de descenso significativo, esfuerzos institucionales, variaciones en la dinámica criminal y cambios

en las políticas de seguridad. Reducir todo ese periodo a una frase simplista no solo es impreciso: distorsiona la memoria colectiva y dificulta la comprensión real de los fenómenos de violencia.

La verdad es sencilla: los datos cuentan una historia distinta a la propaganda que manipula la realidad para convertirla en slogan de campaña electoral y si queremos construir ciudadanía informada, debemos partir de la evidencia, no de las narrativas diseñadas para reforzar percepciones políticas.

El Salvador merece un debate público basado en hechos, no en exageraciones porque la democracia exige rigor, y el rigor comienza por reconocer que la realidad es más compleja y matizada que cualquier eslogan.
La estrategia de Bukele de atacar a sus adversarios citándoles de ser “Los mismos de siempre” como enemigos de sus logros en seguridad es la culminación en defensa de su manipulación mediática para nulificar su crítica que si corresponde a la verdad.

 

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