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Una mirada que borra el temor

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y coordinador

Suplemento Tres mil

 

Hablar de nuestro temores, lejos de hacernos vulnerables, nos fortalece. Por mucho tiempo tenía temor de subir a una segunda planta, ya no se diga subir aún más arriba en un edificio. Por años no me imaginaba la razón, y la verdad es que ni siquiera me lo preguntaba. Simplemente sabía que subir más alto que el nivel del suelo era una cuestión que se interponía entre la realidad y algo más. Quizá, pensaba, mientras subía las gradas cerrando los ojos.

Hasta que un día recordé el viaje que hice con mi mamá al teleférico de San Jacinto. Creo que me gustaba mucho ir porque hay varias fotos en las que estoy junto a Jaime en donde estaban esos juegos mecánicos. Tengo difusas imágenes que la miopía no me dejaba ver claras, pero recuerdo que era divertido. En aquel viaje junto a mi mamá no recuerdo como llegamos a las góndolas, sólo que estabamos ahí, en una góndola suspendida a medio cableado con todo el paisaje bajo nuestros pies. El piso tenía un cristal que dejaba ver los árboles e incluso calcular la distancia con el suelo. No sé cuánto pasamos suspendidos en ese lugar, mi mamá (Patricia Márquez) recuerda que fueron muchas horas. Como todo niño estaba inquieto, pero desconociendo lo que sucedía. En tanto la gente tenía rostros de preocupación yo lo observaba todo  y le decía a mi mamá: “que bonito se ve ahí abajo”.

Cuando un tipo de esos que no saben controlarse  ante el miedo interrumpió: “¡Sí, bonito donde vamos a caer y vamos a quedar todos ensangrentados y despedazados!”.

En ese momento no comprendí la respuesta del tipo y le pregunté a mi mamá porqué decía eso, a lo que ella respondió: “Porque hay gente pendeja en el mundo, hijito. No le hagas caso”. Mientras hablaba lanzó una mirada fulminante para el incauto, que al parecer lo intimidó y no volvió a proferir palabra. Poco después de eso todo volvió a su cauce y la góndola se movió y llegó a su destino. Después de eso no quise volver a subir y me negaba a entrar en una góndola.

Al recordar esos episodios la altura tuvo otro sentido para mí y dejé de percibirla como algo malo.

Y así como se comienza un largo recorrido, di un paso tras otro paso hasta que el miedo se extinguió y fui capaz de subir a todos los edificios, incluso al más alto de Asia, la Torre Taipei 101, y subir y subir, y recorrer puentes inmensos de cristal en Tainan.

Un día subíamos por unas gradas eléctricas con mi hijo, Santiago, y estando arriba me decía que porqué le temíamos a la altura. Recordé mis experiencias con esa curiosa fobia y respondí: “Todo es cuestión de perspectiva, porque en realidad da lo mismo mirar hacia arriba que hacia abajo”.

Con una sonrisa me respondió: “sí, verdad”. Con mayor seguridad en su mirada mientras seguíamos subiendo a una larga y alta segunda planta de un centro comercial.

Todos tenemos temores, pero estos pueden desaparecer al enfrentarlos, y poco a poco nos damos cuenta de que es igual ver hacia arriba que hacia abajo. Todo depende de cómo querramos ver, porque “no podemos vivir con miedo.

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