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Una balada para René E. Rodas

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor suplemento Tres mil

 

La  primera vez que escuché hablar del poeta René Rodas (1962-2018) fue en la Casa del poeta Carlos Santos en 1999. Como todos los escritores que inician, Rafael Mendoza López y yo buscábamos la sombra de Santos por consejos, poesía y amistad. Y ahí el nombre de Rodas sonaba con fuerza y como ejemplo, porque Santos lo respetaba. Aseguraba que era de los poetas de más finos versos del país.

Los caminos de la vida te distancian de los rumbos donde te encontras con personas o nombres que apreciabas. Así el trabajo de Rodas lo olvidé. Hasta ese momento no lo había conocido en persona.

Con el pasar de los años lo volví a encontrar gracias a una antología de poesía salvadoreña que publicó el poeta y novelista español, Benjamín Prado, en Cuadernos hispanoamericanos, edición 739; en dicha antología coincidimos Susana Reyes, Katheryn Rivera Mundo, William Alfaro, Teresa Andrade Mario Zetino, René y yo.

Así comencé la tarea de contactarlo y lo conocí al fin en persona.

Había publicado un par de artículos en Cuadernos Hispanoamericanos, así que tenía un poco de contacto. Esperé hasta que me enviaran un paquete con algunos ejemplares para poder realizar la presentación. Lo otro complejo fue lograr un día en que todos coincidiéramos.

Hicimos la presentación el jueves 29 de marzo de 2012 en el Palacio tecleño de las artes. René tenía mucha actitud y presencia. Pero sobre todo era agradable y espontáneo. A uno le traiciona la pena, pero él se dejaba ir, era totalmente autentico. Durante el evento jugó diciendo que todos los antologados éramos los Avengers y se tomaba fotografías emulando posturas de héroes de comics. Disfruté mucho esa noche. Y tras un par de años dedicamos una página para su obra, el siete de mayo de 2016 publicamos una selección de su poesía escogida por él, que puede ser consultada por internet o en las hemerotecas.

Así pasamos muchos años conversando por mensajes en Facebook, saludándonos, hablando de poesía, de la vida hasta que un día surgió una plática que nos unió más, una sobre orígenes.

En El salvador hemos existido pocos escritores con ascendencia sefardí:  Hugo Lindo, Mauricio Vallejo, Ricardo Lindo, su servidor y René Rodas.

Me habló de su abuelo y su tradición. Aunque no practiquemos el judaísmo, el origen es algo que no se puede negar y nos da identidad. Así que sentí esa complicidad con él.

Al conocerlo reconocí no solo su altura como poeta, sino también como persona. Tuvimos largas conversaciones y teníamos el plan de publicar uno de sus libros inéditos, Cuando la luna cambie a menguante, que había publicado en diferentes publicaciones y entregas. Son trece cantos en prosa.  Lo íbamos a tirar tras Cosita Linda que sos de mi papá, pero la economía y la muerte nos sorprendió. El libro está ya diagramado y corregido, solo faltaba sacar el isbn y su publicación. Pero, ahora verá luz íntegro en las páginas de este suplemento en su honor.

La generosidad de Rodas siempre me agradó y recuerdo que cuando dejaba meses sin escribirlo y me disculpaba, me escribía: “La puerta de este lado de la conversación está siempre abierta”.

Y junto a esa apertura que tenía, sabiendo que la puerta está abierta va una balada en su honor. René Rodas deja su lugar dentro de las letras nacionales, un poeta de respeto y enorme talla.

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