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lunes , 18 junio 2018
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Testimonio de Julio Ernaldo Rivera, superviviente  de la masacre del río Sumpul (14 de mayo de 1980)
Misa en conmemoración de la masacre El Sumpul.

Testimonio de Julio Ernaldo Rivera, superviviente de la masacre del río Sumpul (14 de mayo de 1980)

Voy a contar todo lo que puedo recordar de la masacre. A mis siete años fui privilegiado porque pude pasarme el río Sumpul con mi padre unos días antes. El 13 de mayo, Las Aradas ya estaba militarizada. Esta es una zona que se presta estratégicamente para un crimen porque está rodeado completamente por serranías y por el otro está el río enfurecido.  Ese día me encontraba en territorio hondureño, en una aldea que se llama San José.

Entre el lugar de la masacre y la aldea sólo está el río (Sumpul); por lo tanto, escondido del otro lado, en una pequeña altura detrás de unos árboles, con mi padre y con otros hermanos hondureños pudimos ver y escuchar con precisión todo lo que estaba sucediendo. Quiero ratificar que este fue un complot muy bien montado y previamente planificado por el gobierno salvadoreño y el hondureño.

Por El Salvador tuvieron participación activa el Destacamento Militar Número Uno, la Guardia Nacional y la Fuerza Aérea. Una de las acciones de esta última fue destruir un puente hamaca que unía a los dos territorios para que ningún salvadoreño pudiera salvar su vida utilizándolo. Los elementos paramilitares de Orden también participaron activamente porque ellos sabían identificar todos los lugares donde las víctimas se podían refugiar, donde se podía esconder.

Participantes en la misa en conmemoración de la masacre El Sumpul.

Ellos también incursionaron en territorio hondureño, se unieron con soldados de ese país para identificar a los que estábamos refugiados y que nos expulsaran. Fue así como el ejército hondureño, unos días antes de la masacre, lanzó un tremendo operativo de búsqueda de salvadoreños; casa a casa, montaña a montaña, quebrada a quebrada y a punta de fusil, con golpes, empujones e insultos los que estábamos en ese territorio éramos capturados, traídos a la fuerza y lanzados a El Salvador. Una de las consignas de los soldados hondureños era “Fuera guanacos, a echar pulgas a su territorio” si no saben qué es “pulgas”, es un pequeño insecto muy dañino y que está en los perros y en los cerdos, así éramos tratados por el ejército hondureño. ¿Cómo pude salvar la vida con mi padre? Bueno, esa fue una verdadera obra de Dios.

Los que pudimos nos escondimos de los soldados hondureños y de los paramilitares, hasta debajo de las piedras si era posible para no ser encontrados. Ya todos los salvadoreños habían sido expulsados, pero mi padre y yo habíamos logrado escondernos debajo de un montón de maleza seca al pie de una quebrada. Ahí estábamos cuando un soldado hondureño nos descubrió, llamó a otros y les dijo: “Miren, acá no hay nada, sólo están este niño y este anciano que son salvadoreños pero no vamos a cometer el delito de entregarlos al ejército salvadoreño para que los maten, dejémoslos”.

Nos pidieron que saliéramos del escondite, nos llevaron a una casa próxima y dijeron “ a este niño y a este anciano vamos a dejarlos aquí, ustedes manténganlos mientras pasa la masacre porque al ser un niño y un anciano, no quiero que también perezcan”.

Como bien dice el Evangelio, en medio de las ovejas están los lobos, y aquí al revés, en medio de los lobos también había ovejas y este soldado hondureño quiso salvarnos la vida. Yo tenía 7 años y mi padre, más de 60, así pudimos escapar. Cuando estuvimos en ese pequeño cerro, cubiertos con la maleza, pudimos presenciar todo lo que ocurría al otro lado. Vimos cómo empezó el ametrallamiento.

El Ejército hondureño cerró completamente el paso hacia Honduras para que nadie pudiera pasar, el (Ejército) salvadoreño hizo una emboscada, cercó a la gente y cuando el círculo estaba cerrado, empezó la masacre.

Ametrallaron indiscriminadamente a la población que en su mayoría eran niños, ancianos, mujeres embarazadas, gente que habían sufrido, habían aguantado hambre, que ya no podían más, entonces se habían concentrado en ese lugar.

Si una equivocación cometieron fue pensar que esos soldados, esa guardia, ese gobierno tenía sentido humano como tantas veces se proclama. Si un error cometieron fue creer que al ser niños, ancianos, mujeres embarazadas y enfermos, les iban a respetar la vida, porque para estas fieras sedientas de sangre no importaba que fuera gente indefensa igual cometieron la terrible masacre. Vimos cómo ponían a hombres en fila y los ametrallaban cobardemente.

Vimos cómo los niños eran arrebatados de los brazos de sus madres, eran tirados al aire, cachados con sus enormes cuchillos y luego lanzados al río Sumpul. Hay testimonios de personas que sobrevivieron y que viven el municipio de Las Vueltas, como doña Chinda. Ella todavía está viva y lo que dice es que a las mujeres embarazadas se les tiraba una patada o un “culatazo” al suelo y con los cuchillos les abrían los estómagos, les sacaban los fetos y tras la sonora carcajada de los soldados, de los militares y de los guardias, las lanzaban al río.

Todo eso tuvimos que ver. También oíamos los llantos tristes de los niños. “¡Mamá, mamá!, ¡Papá, papá! vámonos, corramos”. Podíamos escuchar el llanto de las madres pidiendo clemencia, “No nos maten, no somos guerrilleros, somos población civil, no debemos nada”, pidiendo que por lo menos les perdonaran la vida a sus niños y ante eso la respuesta eran risas, insultos, ametrallamientos y traspasos de cuerpos con sus enormes cuchillos. Mucha gente luchó por salvar su vida y sí, algunos, gracias a Dios, lo consiguieron.

Cómo no mencionar aquí -Ya que se habla tanto de los próceres, de los héroes- al padre Beto, norteamericano, al padre Fausto Milla, hondureño, y al laico Mario Arguiñal, quienes desafiando el peligro desde el lado hondureño y enfrentándose cuerpo a cuerpo con los soldados de ese país, rompieron el cerco militar, se metieron al centro del río Sumpul y les arrebataron a los soldados salvadoreños de las manos, casi de los fusiles, a los niños para pasarlos al otro lado. Los soldados se oponían pero los dos sacerdotes y el laico batallaron y pelearon a empujones, a codazos, a como diera lugar y así le salvaron la vida de muchos niños, de varios ancianos y de varias mujeres, esas personas merecen estar en esa calle que oigo que se llama “La calle de los próceres”. Ya uno de ellos ha muerto.

Un comentario

  1. Juan Leonardo Alvarenga

    Espeluznante. Por eso estos países deberían de suprimir las pandillas criminales llamados ejércitos militares y ponerlos a sembrar maíz

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