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Suprimir archivos IV Miguel Ángel Espino: indigenismo – 1932 – 1944

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

[email protected]

https://nmt.academia.edu/RafaelLara 

Desde Comala siempre…

 

1932

 

 

“Los indios son los dueños naturales de estas tierras” (José María Peralta Lagos, citando a Fray Bartolomé de las Casas, Ateneo, octubre 12 de 1932, “Revista Del Ateneo”: 17).

El artículo de Juan Felipe Toruño anota la ley que emparienta los contrarios.  En 1932 elogió la política editorial del estado, en su renacer literario, mientras participaba como miembro activo del Ateneo de El Salvador, para apoyar la generación comprometida a publicar en los “Sábados del Diario Latino” en los años cincuenta.  La dinámica de los opuestos establece que la primera actividad permanezca en el olvido —“1932 sin el 32”— y la segunda en el recuerdo.

vs.

el 32

Cuadro IX

1932 vs. el 32:

¿No hay mal que por bien no venga?

La denuncia de la revuelta —la condena actual de la matanza (el 32)— ocurrió/ocurre simultáneamente a la alabanza de la actividad literaria oficial (1932).  En 2019, la continuidad del elogio (1932) y la ruptura de la denuncia (el 32) se sueldan en unidad sólida.

III.  I.  Unión de los opuestos

Si interesa recalcar la secuencia histórica y lógica —del fascismo al marxismo en González y Contreras— es porque tal vez anticipa el presente.  Se elogia y condena una misma entidad gubernamental escindida: cultura vs. régimen militar.  La Ciudad Letrada de la dictadura engendró el ideal nacionalista a recobrar en alma, en oposición complementaria con su actividad castrense, su cuerpo biológico.  En toda validez, sigue vigente la conjunción de los contrarios que Alfonso Espino exponía en el Ateneo (1932) como entes contradictorios.  La política siempre promueve “el desarrollo moral e intelectual” —la cultura del martinato celebrada por la izquierda actual— y rechaza “la regresión a la barbarie”, la violencia hoy condenada.

En efecto, si los verdaderos actores de la revuelta —Miguel Mármol, por ejemplo— vivieron en la clandestinidad, en el exilio o fueron ejecutados, el siglo XXI inventa la presencia de una oposición abierta al régimen.  Los colaboradores desbancarían a los verdaderos revolucionarios.  Todo pasa como si la dictadura fuese la imagen de la apertura democrática en materia editorial.  Bajo su administración —promotora de la creatividad— se becaron pintores que los intelectuales celebraron en la “Revista El Salvador” de la Junta Nacional de Turismo, 1935-1939 (Cuadro X).  Se organizaron exposiciones de arte sin igual y, en fin, se permitió la edición de libros clásicos, ahora consagrados.  Toda esa actividad periodística y cultural ocurrió sin la censura predecible de un régimen dictatorial.

 

Tal es la paradoja.  Mármol fusilado; Mármol resurrecto; Mármol en la clandestinidad; Mármol en la cárcel; Mármol en el exilio.  Mármol en apoyo guerrillero.  Mármol muerto.  Mármol olvidado, ya sin resurrección posible.  Empero, según la nueva historia oficial del siglo XXI, los oponentes al régimen vivieron sin amenaza y publicaron en la editorial estatal.  Si en 1933 Julio C. Escobar —“Director de la Biblioteca Nacional” creía en “un nuevo florecer” gracias a “la exposición del libro auspiciada por el excelentísimo señor Presidente” a “sugerencia” de “un espíritu dilecto” como Salarrué, esa colaboración el siglo XXI la juzgaría crítica sagaz al régimen (“Revista del Ateneo”, 1933).

Otros escritores también recibieron puestos diplomáticos, durante el martinato —Espino, Raúl Contreras, José María Peralta Lagos, y el mismo Salarrué en Costa Rica (1935; Cuadro XI).  Algunos más los obtuvieron en regímenes militares posteriores (véase: “Salarrué en Costa Rica” y la participación oficial a la “Primera Exposición Centroamericana de Artes Plásticas”). Y la labor artística por el indigenismo anticipó “lo que hace El Salvador a favor de los indígenas” (“La República”, 2 de diciembre de 1935).  El arte espiritual y la política militar se fundieron en ese ideal indigenista que hoy se añora.

 

 

A continuar…

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