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Soy de los que piensan que el destino de Bukele está ligado al de Donald Trump: así como le vaya a Trump, le irá a Bukele

Por David Alfaro

No se trata de una simple coincidencia política. Se trata de un cálculo de poder.

En El Salvador se ha consolidado una dictadura que ha desmantelado los contrapesos básicos de la democracia. El dictador Bukele controla la Asamblea Legislativa, domina el sistema judicial y ha reducido a su mínima expresión la oposición política. La reelección presidencial, prohibida durante décadas por la Constitución salvadoreña, fue habilitada mediante una reinterpretación hecha por magistrados impuestos por el propio oficialismo. Ese fue el punto de quiebre institucional.

A partir de ahí, el proyecto de poder de Bukele dejó de ser simplemente un gobierno popular para convertirse en un experimento de concentración de poder personal.

Pero los regímenes de este tipo no sobreviven únicamente con apoyo interno. También necesitan un contexto internacional que los tolere.

Ahí entra Donald Trump…

Mientras en Washington exista la administración Trump muy dispuesta a relativizar la defensa de las instituciones democráticas y a privilegiar alianzas políticas basadas en afinidades ideológicas o en cálculos geopolíticos, gobiernos como el de Bukele tienen espacio para avanzar sin mayores costos diplomáticos.

Por eso la relación entre ambos procesos políticos no es anecdótica. Es estructural.

Bukele sabe que su margen de maniobra depende en buena medida del clima político que se respire en Washington. Si ese clima cambia y llega un gobierno estadounidense con una política exterior más activa en la defensa de la democracia, el escenario internacional para su proyecto se vuelve mucho más incómodo.

Y es precisamente en ese punto donde aparece una decisión que revela el fondo del cálculo político: el adelantamiento de las elecciones para 2027.

Muchos juristas salvadoreños consideran que esta maniobra carece de fundamento constitucional. Pero más allá del debate jurídico, lo que resulta evidente es la lógica política que la inspira.

Bukele está apostando a consolidar su continuidad antes de que cambie el viento internacional.

Si el ciclo político de Trump llega a su fin y en Estados Unidos emerge una administración menos tolerante con las derivas autoritarias en la región, Bukele podría quedarse sin uno de los contextos internacionales que hoy le resultan más favorables.

En otras palabras, Bukele está corriendo contra el reloj.

Su proyecto político busca blindarse antes de que el tablero geopolítico cambie.

La historia latinoamericana está llena de ejemplos de gobiernos que parecían invencibles mientras el entorno internacional les era favorable, pero que comenzaron a debilitarse cuando ese entorno cambió. Los regímenes personalistas suelen ser fuertes hacia adentro, pero frágiles cuando pierden legitimidad externa.

Por eso la lucha por la democracia en El Salvador no es sólo una disputa electoral. Es una disputa por restablecer los límites al poder, por recuperar la independencia de las instituciones y por impedir que el país quede atrapado en un modelo político donde la voluntad de un solo hombre sustituye al Estado de Derecho.

Las democracias no mueren de un día para otro. Lo hacen poco a poco, paso a paso, decisión tras decisión, hasta que un día descubrimos que las reglas que debían protegernos ya no existen.

Y cuando los contrapesos desaparecen, cuando la Constitución se vuelve maleable y cuando el poder se concentra sin límites, la palabra correcta deja de ser «gobierno fuerte». La palabra correcta es DICTADURA.

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