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Sangre sobre asfalto en la Avenida España: 25 de enero de 1961

Víctor Manuel Valle Monterrosa

Ese día, 25 de enero de 1961, hacia 5 días que John Kennedy había tomado posesión como presidente de Estados Unidos y su discurso sorprendió por varias novedades y cambios anunciados.

Hacía un par de días René Fortín Magaña, joven abogado y reciente líder estudiantil universitario, pronunció un novedoso y vibrante discurso como miembro de la Junta de Gobierno Cívico Militar que se había instalado el 26 de octubre de 1960 después del derrocamiento del tiranuelo fugaz José María Lemus. Fortín Magaña inauguró unas jornadas para discutir reformas electorales que hicieran posible elecciones democráticas en El Salvador.

Temprano del día se supo que había un golpe de estado para derrocar a la Junta de Gobierno y eso dio motivo espontáneas reacciones de protesta que fueron tomando forma organizada.
Se sabía que los golpistas estaban instalados en el llamado Cuartel San Carlos (Primera Brigada de Infantería) y ya surgían los nombres de los líderes golpistas: coronel Aníbal Portillo y teniente coronel Julio Rivera. Se dudaba de la posición del liderazgo del Cuartel Zapote, sito en una parte alta desde donde observaba la Casa Presidencial de San Jacinto. Por mucho tiempo se creyó que ese cuartel era la garantía de fuego de la estabilidad de un presidente.

Así las cosas, una manifestación de universitarios, marchó hacia la entrada del Cuartel Zapote entonando un estribillo: “Somos los estudiantes que venimos a apoyar, a la Junta de Gobierno que quieren derrocar”. Algunos indignados decían ingenuamente; “queremos armas”. No sabíamos que el derrocamiento de la Junta ya se había consumado.

Al portón del cuartel Zapote salió un jefe militar, que después supimos se llamaba Óscar Rodríguez Simó, a explicar los motivos del golpe: “la libertad no es suficiente, también se necesita pan”, dijo. Tuvo intercambio de palabras alzadas de voz con algunos manifestantes.
Los líderes improvisados de la manifestación, a sabiendas de que los líderes del golpe estaban concentrados en el cuartel San Carlos, decidieron dirigirse hacia allá con lo cual la manifestación fue creciendo en número y combatividad verbal.

En el camino apareció una bandera de El Salvador con su asta y por algún lugar se incorporaron a la cabeza de la marcha los líderes civiles de la Junta Derrocada los jóvenes abogados y recientes dirigentes de AGEUS René Fortín Magaña y Ricardo Falla Cáceres. Fortín Magaña portaba la bandera como estandarte de líder.

La marcha se enfiló sobre la Avenida España y en la intersección de la Novena Calle estaba un contingente militar, vehículos con jefes y Guardias Nacionales armados que impedían el paso de la manifestación.

Un jefe militar con un megáfono en mano advirtió a los manifestantes que no siguieran y que se dispersaran. Procedieron a detener a Fortín Magaña y a Falla Cáceres y a la Psicóloga Marina Rodríguez de Quesada, subsecretaria de Educación de la Junta, que se había sumado a la marcha y, al tenerlos bajo su custodia, y ver que la marcha no se detenía, se dio la orden de pararla a balazo limpio.

Vi Guardias Nacionales arrodillados disparando directamente a los manifestantes. Corrimos para salir de la línea de fuego, pero algunos sucumbieron. Me tropecé en cuerpos caídos y sangrantes y vi sangre sobre el asfalto de la Avenida España y al doblar en una esquina me puse a salvo. Creo que rompí record de carrera de los 500 metros.

Recuerdo dos hechos que se me grabaron en la memoria. El abogado José María Méndez. Chema Méndez, Secretario General de la Junta derrocada, que por entonces era un hombre de menos de 50 años y no era dado a la actividad física, para ponerse a salvo de la balacera, dio un salto increíble, sobrepasó una verja de media altura y cayó en el jardín de casa cercana.

Farid Handal, quien apoyaba logísticamente a su hermano Schafik, ya líder universitario fichado y perseguido, conduciendo un vehículo pequeño marca Fiat, evacuaba a Schafik en medio del caos. En la huida Farid golpeó, con la parte delantera de su carro, a un hombre con sombrero que literalmente voló, cayó sin sombrero y se vio que era calvo.

El hombre recogió el sombrero y corrió de nuevo. La adrenalina brotada debido a la balacera lo hizo sobrevivir.

Este relato es memoria pura, sin adulteraciones, sobre una estación del vía crucis que ha padecido El Salvador por siglos y me surgen 65 años después de los hechos narrados, justamente cuando se conmemora el vigésimo aniversario de la muerte de Schafik Handal, quien estuvo a punto de morir a balazos ese día, y paso por el duelo de la muerte de Eduardo Badía Serra, fallecido hace cuatro días que, hace 65 años, era un compañero estudiante universitario rebelde y participaba en las protestas. A ambos salvadoreños, patriotas entrañables, les dedico estos recuerdos.

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