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Regresando al futuro (2)

René Martínez Pineda
Sociólogo, UES

Concluido el escrutinio y reafirmada la lucidez se dieron los resultados -nada agradables para algunos- ya que la repetición de la osadía llegó a un nuevo y copioso orgasmo. El voto contra la corrupción fue viral y culposo, expresándose en un comportamiento como turno del ofendido que puso en capilla ardiente a los corruptos atroces del sistema político que se creía democrático y perfecto. Estoy seguro de que es un indignante complot contra la tranquilidad, una conspiración contra nuestro bolsillo, una maquinación de una mente brillante y maligna oculta en lo más negro y caliente del reino del desencanto de esos cabrones malagradecidos, un ataque feroz a la estabilidad de los políticos y del sistema político –dijo, moviendo su whisky, el dirigente del partido perdedor-. Debido a los resultados electorales se decidió, en la junta directiva de la Asamblea Legislativa, decretar el Estado de Sitio Jurídico e individualizar los votos que los estaban echando a patadas de su palacio para que se pudiera identificar al autor intelectual de la debacle. Luego de miles de rudos y arbitrarios interrogatorios, se concluyó que un hombre misterioso era la mente maestra.

En menos de una hora se capturó al sospechoso y se le encerró en una sala secreta, justo a la par del salón azul, que emanaba un fuerte olor a lejía. En medio de la sala, una mujer muy atractiva preparaba el detector de mentiras -la máquina de las mentiras convertidas en verdades- y, con malicia venérea, lo miró fijamente, respiró hondo, conteniendo el aire por unos segundos, y le dijo, con voz macabra: ¡sentate bien, cabroncito, porque es la hora de confesar tus pecados contra el capital, pero esta vez estarás del otro lado del confesionario!

La torturadora -porque eso era ella- inició el interrogatorio de forma cruel, según está escrito en el protocolo de la gobernabilidad. Las preguntas se referían al atentado terrorista para sacar a los corruptos de los puestos del gobierno. Lo primero que preguntó fue: ¿quiénes son tus cómplices?, ¿dónde se reúnen?, ¿quién los financia?, ¿cuál es el mejor equipo de futbol del mundo? La torturadora no se salió de las preguntas y el torturado no se salió de su silencio. Así pasaron tres días con sus noches, en el transcurso de los cuales ni siquiera había averiguado la dirección del sospechoso, pero sí su indicativo: “me llamo Óscar Arnulfo, y todo lo que tienen que saber de mí es de conocimiento público porque está escrito en los púlpitos humildes y las mesas sin comida del país”, dijo, en tono firme y alegórico, y luego se refugió en un silencio interino.

El interrogatorio tenía como único objetivo investigar quiénes formaban el grupo de subversivos que sacó del poder a casi toda la clase política. Al fin, más por tedio que por miedo, el sospechoso le dijo que una de las que formaba el grupo era sor Blanca Alicia Maryknoll, hermana de la Orden del Desorden, pero que luego de la insurrección de las urnas le había perdido la pista. Ella formó parte del grupo que se constituyó en la masa crítica electoral porque –dijo, el interrogado- era una de las pocas personas que no estaban sordas y podían oír el clamor del pueblo subiendo hasta el cielo. La torturadora informó de inmediato a su jefe, un tipo con cara desagradable, pelo grasoso y alma perversa que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de seguir en el poder.

La mujer le preguntó si tenía alguna foto de la monja. ¡Claro que no, esa es una pregunta estúpida! -respondió, y luego añadió: eso hubiera violado el principal código de la clandestinidad: ser invisible. La mujer sacó la 38 y la puso en la frente del individuo para que no olvidara que en ese lugar no se puede mentir. Pero la respuesta no cambió de rumbo. ¿Para qué quieren investigar un crimen que no lo es y del que, si lo fuera, no tienen pruebas, ni arma del delito? Lo único que tienen es el cuerpo de la víctima y eso no les sirve de nada, dijo, el torturado, asumiendo el papel de interrogador. La mujer no respondió.

Más tarde llegaron a la conclusión de que no había forma de dar con los culpables del atentado democrático a la democracia y que no había forma de vincular a alguien en especial con el subversivo y abusivo voto contra la corrupción. Sin embargo, la misión era encontrar la relación como fuese, así tuvieran que inventar las pruebas, tal como se hacía en los años de la dictadura militar. En ese momento sonó el teléfono. La conversación fue breve. O nos das una foto o hasta aquí llega tu vida, son órdenes de arriba, dijo, la mujer, al nomás colgar. A pesar de continuar con el interrogatorio y los golpes, la mujer no pudo establecer una relación entre el interrogado, la monja y el atentado, por lo que la investigación entró en un punto muerto.

La torturadora -cabizbaja- salió de la espontánea sala de interrogatorio y se dirigió a desayunar en un café cercano; luego recorrió la ciudad para matar el tiempo y pensar qué hacer para acatar las órdenes del que le habló por teléfono; al cruzar la avenida Juan Pablo se percató de que la estaban siguiendo, no uno ni dos, ni tres hombres, sino una efervescente multitud que crecía a cada paso dado. De inmediato identificó a la multitud: eran los invisibles cómplices del interrogado, eran los indignados. Fingiendo calma siguió caminando hacia la Plaza Libertad y se sentó en una de sus bancas para ordenar las ideas y aligerar los temores, ya que no es lo mismo estar del otro lado.

En eso estaba cuando ochenta y cuatro ambulancias, desafiando el estado de sitio decretado por los corruptos, pasaron bramando a su lado… y el pánico se tomó por asalto su pecho y sus manos.

Entre tanto, una multitud de sordos sanados deambulaban por la calle y se fueron a aglutinar al parque. La mujer le preguntó a uno de ellos si había oído las sirenas y este le respondió que oyó perfectamente cada una de las ochenta y cuatro sirenas, pero que sabía que no llegarían a tiempo al hospital porque el complot era multitudinario e irreversible en todos sus colores. Y entonces todo pareció entrar en una calma abismal nunca antes vista… Al menos eso quería creer la gente.

Sin que lo dejaran en libertad, el interrogado quedó libre…

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