Editorial La Siguanaba/Sihuanahualli Press, 2025
La Diáspora del Río / The River Diaspora
© Cortesía de Ricardo Aguilar (1940-2021) durante su breve descenso astral en 2025, para conmemorar el medio siglo del guía durante su travesía celestial e infra-mundana, «by a Stairway from Heaven».
Les agradezco a las piedras y a la hojarasca la lectura crítica de este ensayo.
Agradecimientos a la UES-Santa Ana
por su contribución al formato de este libro.
A descargar: https://repositorio.ues.edu.sv/entities/publication/437a7634-c179-4c23-ad09-3eca594bebe4/full
PRÓLOGO
La sobre-determinación estética del Mundo
según Salarrué
Belleza —> Verdad —> Bondad —> Justicia
Rafael Lara-Martínez
Professor Emeritus, New Mexico Tech
Desde Comala siempre…
La palabra «significación» tiene un contrasentido si se usa para designar la cosa/individuo que corresponde a la palabra…se confunde la significación del nombre con el portador del nombre. Cuando el Sr. X muere se dice que el portador del nombre muere, pero no que la significación (de su nombre) muere…si el nombre cesara de tener una significación, no tendría ningún sentido decir: «el Sr. X está muerto». L. W.
Esta «significación del nombre» la renueva cada revolución sinódica interpretativa.
Resumen: el presente ensayo restituye el manuscrito «Razón de ser de las síntesis en las Bellas Artes» (1965) de Salarrué (1899-1975). Durante el homenaje que se le brinda a Francisco Gavidia (1865-1955), el autor sublima el arte como guía del ser humano hacia la verdad, la bondad y la justicia. Abiertamente, Salarrué enlaza el género femenino de esas cuatro nociones abstractas con el de la mujer. La ilusión poética imagina que la subjetividad determina la episteme, la ética y la ley, más allá de toda ciencia. Asimismo, la belleza legitima que una obra de arte sea imperecedera, ya que cada generación e individuo ejecutan su partitura de manera diferente. El prólogo explica el concepto clave de «interpretación» en su sentido musical y teatral, cíclico, para luego reproducir el mecanografiado original. Mientras en 2025 la política condena un «regreso al pasado», la literatura percibe el retorno de los clásicos como la vigencia ineludible de un legado. Según las dos maneras de escribir la historia, carentes de diálogo, la historiografía socio-política condena los regímenes totalitarios, pero la artístico-literaria recicla su legado cultural. Sesenta años después, en un mundo de censura, de guerras, de migrantes expulsados y otros problemas irresueltos, la lectura juzgará si esa utopía de la verdad como belleza logra su realización.
- Introito
Ignoro cómo llegó este documento mecanografiado a mi escritorio. Dudo haberlo robado —excepto durante un ensueño astral— pero siempre sería posible acusarme. Es necesario encontrar al culpable si falta un objeto o una persona. El error ya no define una cualidad humana —»errare humanum est»— sino se le atribuye a quién disiente con la convención cultural en boga. La moda siempre recicla el legado literario de antaño que identifica a una nación intemporal. Sin cambios radicales desde la Ley de Extinción de Ejidos (1882) —antesala en el silencio de la revuelta de 1932— «la vida sigue igual». Transcurre por dos vías paralelas que rara vez se interceptan: la política y la literatura monolingüe. Así permanecen vigentes los dichos sin los hechos. Las palabras del pasado reemplazan los actos del presente. Ambos actos —sin ejidos ni idiomas maternos— extinguen la «semilla» ancestral. Pero no se percibe el hurto como tal, sino se celebra e intenta renovar: «perseverare diabolicum»
Esta desconexión recicla el acto fundacional sin un enlace entre el auge de la literatura monolingüe y la pérdida de las tierras comunales, equivalente actual de lo innombrable. Si hacia 2024-25 la revolución sinódica anhela repetir el legado fundacional, a la vez evade enlazar «el ingreso de Francisco Gavidia al mundo literario de la capital en 1882» —la llegada de Rubén «Darío…a El Salvador entre 1881 y 1883″— con los dictados políticos de la época, en el silencio.[1] La solvencia literaria legitima que su intemporalidad trascienda el entorno de la geografía y de la política que la naturaliza en el mundo. Es necesario acallar la correspondencia entre las historiografías vecinas: socio-política y artístico-literaria. Dos acontecimientos suceden en el mismo espacio-tiempo sin un enlace directo. La política disuelve el arraigo terrenal de las comunidades indígenas al desproveerlas de las tierras comunales. La «semilla» ya no germina en el terruño ancestral, sino se traslada a la utopía cafetalera de la nación independiente, guiada por el liberalismo. Jamás ese acto fundacional se percibe como un hurto, peor que el mío, de carácter astral.
Su contemporáneo poético se celebra siempre por un mismo cometido fundador. Inaugura el auge modernista, indigenista y regionalista de la literatura nacional. Por convención de la filosofía latinoamericana, el decreto del silencio prohíbe hablar del axioma monolingüe. Se llamaría «Ley de Extinción de los Idiomas Maternos», hacia la misma fecha de la «extinción de los ejidos». Ambos decretos son simultáneos, en el mutismo uno del otro. Esta sanción tampoco califica como un hurto fundacional, ya que la independencia recicla el legado lingüístico de la Colonia. Así, el anuncio abierto de mi hurto onírico denuncia el silencio del doble hurto que heredo sin saberlo. Sin tierras ancestrales ni idiomas maternos, se inaugura la modernidad.
Las convenciones se respetan y, por tanto, al enlazar la política agraria con la literatura monolingüe adrede cometo otra transgresión mayor. Desde el martinato (1933) —quizás antes— las conmemoraciones cíclicas del maestro Gavidia sustentan que el concepto de «interpretación» —pretor/pretis-entre— adquiere un verdadero carácter musical.[2] Cada época —cada participante— lo adapta al instrumental teórico de su preferencia. Al representarlo, el intérprete alterna tanto como la audiencia que escucha. Puede ejecutarlo en solo, dúo, trío, cuarteto, sinfonía coral y teatral, hasta legitimar identidades personales, disciplinarias y extenderse a toda la nación. La misma partitura puede interpretarse a guisa de cada músico, puesto que los acordes dependen de la «Belleza» en la ejecución.
Si en 1932-1933 la lectura de Gavidia valida la ausencia de «el 32», en 2025 transcurre al lado de los nuevos «hospedajes penitenciarios» (CECOT), de los migrantes bajo el acoso militar, del exilio de los derechos humanos (Cristosal, Ruth López) y del periodismo crítico (El Faro). A cada quién lo suyo. La participación durante el despegue del martinato la refrendan las invitaciones oficiales. Esta colaboración no puede evaluarse sin considerar un problema lingüístico elemental. Las palabras abstractas —»democracia», «libertad», etc.— suelen juzgarse bajo un sentido único y estricto, más arraigado que el de las palabras concretas infinitas: «mango», guayaba», cuyas variedades existieron, existen y existirán.[3] Por ello, no extraña que el discurso de Gavidia en 1932 —para el «Centenario del Padre Delgado»— defienda «la democratización de toda América», mientras en 1933 haga un llamado a la «libertad», al investirlo como «Hijo Meritísimo».[4] De oponerse al régimen que lo convida, sus conferencias establecen la apertura del martinato a los intelectuales contrarios a su política. En 2025, este recibimiento estatal significaría que el gobierno invitase al periodismo crítico y a los defensores de los derechos humanos, al igual que las publicaciones académicas incluyeran interpretaciones contrarias a la de su director, al editar libros y revistas. Sin contradicción flagrante, se presupone que la apertura dictatorial le ofrece un ejemplo al encierro democrático. (continuará)

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