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PARA QUE NO SE PIERDAN LAS PALABRAS

Álvaro Darío Lara

A la memoria del poeta Julio Iraheta Santos

Como algunos poetas de mi generación conocí al poeta, profesor y pastor Julio Iraheta Santos hacia la mitad de los años ochenta, esa década luminosa y sangrienta, tan llena de dolor, pero también tan pletórica de esperanza.

Julio era el legendario poeta de “Piedra y Siglo”, ese grupo literario que reunió a significativas voces de la década del sesenta; y tenía, por aquellos años, dos libros publicados: “Confidencias para académicos y delincuentes” (1970) y “Todos los días el hombre” (1975). ¨Posteriormente publicó: “Los espantapájaros” (1992).

Sin embargo, la voz de Julio, en ese conjunto generacional referido, se destacaba particularmente por su tono espiritual, por la invocación constante de la divinidad cristiana en su poesía, por sus versos amorosos hacia su esposa. Rasgos que no eran, precisamente, muy evidentes en la poesía de esa época. A pesar de su canto rebelde, de su adhesión a los credos políticamente revolucionarios, Julio no tenía reparo en proclamarse un hombre de fe y un devoto amante de su mujer. Y esto es así: Dios y su esposa, son dos constantes que atraviesan toda su producción poética, desde su juventud hasta sus últimos escritos.

Alguien expresó recientemente que Julio, en su momento miembro del Partido Comunista, había transitado del marxismo al cristianismo. Yo pienso que Julio fue siempre un cristiano marxista. Jamás renunció a su fe cristiana, como a los principios sociales, económicos, políticos del socialismo marxista. Un hombre como él, tan plural, tan desprejuiciado, tan abierto de pensamiento, nunca encontró contradicción en ambos caminos.

En octubre de 1987, Julio inició una serie de publicaciones artesanales (unos trifoliados que él diseñaba e ilustraba con fotografías o dibujos de amigos artistas) para difundir su poesía, y, sobre todo, la poesía de aquellos poetas nacionales, que, en su opinión debían ser promocionados en virtud de la calidad prometedora de sus trabajos.

La hoja literaria llevaba por nombre “La Palabra”, en ese primer número, su editor afirmaba: “En nuestro país, los canales de difusión de la cultura son muy escasos. Los creadores de la palabra: poetas, narradores, dramaturgos y ensayistas, deben encajonar su producción y sufrir la frustración de no poder divulgar su obra. Muchos de ellos han pasado por el bochorno de ver rechazada la colaboración que quizás en un arranque de entusiasmo e ingenuidad enviaron a los principales periódicos de nuestro medio. Posiblemente intentaron una y otra vez que les publicaran alguna muestra de lo que estaban trabajando, pero a cambio de ello, sólo recibieron silencio y exilio de las páginas literarias de dichos periódicos. Es debido al problema antes planteado, que los escritores y poetas salvadoreños, al menos la mayoría, sufren el olvido y a veces hasta el suicidio literario. Por eso es necesario crear pequeñas ventanas literarias donde estos creadores den a conocer, aunque sea de una manera mínima, algo de lo que están haciendo. “La Palabra” ha sido establecida con ese fin, De una manera democrática nos proponemos dar cabida a la colaboración de consagrados y no consagrados”.

Lo que Julio externaba era totalmente cierto. El país debido a la guerra civil había quedado huérfano de órganos e instancias culturales y editoriales, tradicionales y alternas. Había pocas, muy pocas. Entre ellas sobresalía, por su compromiso, la Editorial “Abril-Uno”, fundada por el impresor Mauricio Sarmiento y el periodista Bernardo Mejía Rez.

Pese a todo, la Universidad de El Salvador y la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) seguían siendo espacios, con sus limitaciones y ventajas, cada una, de expresión cultural y educativa. Pero en particular, la poesía tenía muy pocos medios de divulgación y apoyos.

Esfuerzos notables eran los que efectuaba la Casa de la Cultura de Zacatecoluca, bajo la dirección del poeta y profesor Roberto Monterrosa, organizando contra viento y marea, año con año, los Juegos Florales Salvadoreños, en las ramas de poesía y cuento, principalmente.

Roberto impulsaba una revista artesanal, muy popular entre los escritores, denominada “Casa de los Cantos”. También especial labor realizaba la página literaria “La Salamandra de Oro” dirigida por el poeta Luis Galindo (1929-1990) en Diario El Mundo. Al cierre de esta ventana, el grupo literario “Cinconegritos” retomó el espacio dentro del periódico, a través de su página bautizada con el mismo nombre. Así mismo, los talleres y grupos literarios de jóvenes imprimíamos boletines y modestas revistas. Sin embargo, los espacios eran reducidos.

Por ello, Julio se lanza con “La Palabra” que se mantuvo muy activa entre 1987 y 1988. Años difíciles que precedieron a la ofensiva guerrillera de noviembre de 1989, que significó una nueva tormenta nacional en todos los sentidos, y que dejó un nuevo vacío editorial, que solamente se empezó a recuperar débilmente a inicios de los años noventa. En ese contexto aparece el Suplemento Cultural Tres Mil de Diario Co Latino, que reunió a todas esas voces, grupos, movimientos y talleres artísticos y literarios.

Como hombre volcado hacia lo asociativo, Julio integró en esos primeros años de la década mencionada, el colectivo cultural “Segunda Quincena”, que editó un periódico literario del mismo nombre.

Ya en esos años recuerdo sus sentidas anécdotas sobre el poeta Jorge Campos (1938-2011), su compañero en el grupo “Piedra y Siglo”, quien terminó perdiendo la razón debido a los golpes y presidios sufridos por parte de los aparatos represivos del régimen militar.

Narraba Julio, que, en su última cárcel, Campos salió creyendo que la temida Policía Nacional de la época, le había insertado un dispositivo en el cuerpo, a través del cual escuchaban y controlaban todos sus movimientos. Compartía Julio que, en las ergástulas de la dictadura, en total oscuridad, sólo sabían que era de noche, porque la vibración y los ruidos, cesaban finalmente.

Terribles experiencias las de esa generación que supo de persecuciones, palizas, cárceles y exilios. Las generaciones posteriores fueron asesinadas salvajemente o desaparecidas; y buena parte de la nuestra, se fue a la lucha política y armada, cayendo en ella, al igual que algunos miembros de las anteriores.

La poesía de Julio, marcadamente exteriorista, conversacional, en sus primeros tiempos, siempre estuvo signada por la denuncia; la indignación frente a la injusticia; el repudio ante la insensibilidad de los ingratos sistemas que promueven el hambre y la opresión.

Julio Iraheta Santos nació, según leemos al dorso de sus libros publicados, en 1940; y falleció recientemente, en este junio, mes del Padre y del Maestro. La docencia, el periodismo, su adhesión al cristianismo y, ante todo, su vocación inequívoca por la poesía, caracterizaron su vida.

Un hombre que honró la amistad. Su mirada sonriente, inquisitiva, y su carcajada a flor de piel, se quedará para siempre en nuestro recuerdo.

De “La Palabra” vienen estos versos que dejamos, como flores llenas de rocío, en esa madrugada donde el poeta partió, en búsqueda de la luz eterna: “Para que no se pierdan las palabras/ registro las plegarias de Ligia/ Exactamente cuando faltan veinte para las doce de la noche/ cuando desde la ventana veo las calles en penumbra/ cuando a nuestra alcoba llega el sollozo de la ciudad/ el insomnio sin respuesta de los pordioseros/ el rugido repentino de los helicópteros/ Para que no se pierdan las palabras repito/recojo el murmullo de Ligia/ la angustia de la patria/ y también la esperanza”. (Poema: “Para que no se pierdan las palabras”, 7-7-87).

Descanse en paz, querido poeta Julio Iraheta Santos.

 

 

 

 

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