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Las mujeres agriculturas de la comunidad San Juan Bosco buscan incrementar las cosechas del huerto comunitario para combatir la inseguridad alimentaria. Foto: Saúl Méndez.

Mujeres se organizan para convertir un vertedero en un huerto comunitario

Saúl Méndez

Colaborador

Carla y Dinora son dos mujeres jefas de hogar que decidieron cultivar sus propios alimentos para enfrentar los altos precios de la canasta básica. Ellas integran un grupo de aproximadamente 20 personas que, de manera comunitaria, transformaron un antiguo vertedero en un huerto donde hoy se cosechan rábanos, zanahorias, pepinos y diversidad más de verduras. El proyecto florece en la comunidad San Juan Bosco, en la zona 6 de San Salvador.

Dinora comentó que en el pasado hubo intentos de iniciar un proyecto similar, pero no contaban con el asesoramiento ni los recursos necesarios para comenzar la exigente tarea.

En esta ocasión, el esfuerzo comunitario fue posible gracias al programa “Cosechando Sonrisas”, un movimiento autogestionado de agricultura urbana en El Salvador que centra su labor en fortalecer la seguridad alimentaria en comunidades vulnerables del país.

Ondina Ramos, ingeniera en alimentos y principal impulsora de la iniciativa, explicó que el proyecto promueve una agricultura urbana orgánica y resiliente, que busca demostrar que esta puede ser una estrategia efectiva y sostenible para el bienestar de comunidades vulnerables tanto en zonas rurales como urbanas.

La comunidad posee 50 pollos de engorde que serán la base para una producción sostenible de alimento. Foto: Saúl Méndez.

“Cosechando Sonrisas tiene un firme compromiso con la soberanía alimentaria y el desarrollo sostenible, ofreciendo un modelo de producción que convierte los desafíos del espacio reducido en oportunidades de crecimiento”, afirmó Ramos.

El proyecto nació del trabajo voluntario de un grupo de amigos comprometidos con la seguridad alimentaria. “Nos unimos personas de distintos ámbitos; unos aportan semillas, otros abono, y otros su conocimiento técnico. Así logramos hacer realidad esta iniciativa”, explicó Ramos.

La forma en que se ha organizado este movimiento es a través del trabajo voluntario, dónde una persona del grupo puede asumir el rol de capacitar a los participantes en tareas que pueden resultar complejas como la elaboración de fertilizantes orgánicos, mientras que la comunidad aporta materiales reciclables para reducir costos y fomentar la sostenibilidad.

El programa también ha alcanzado comunidades en los distritos de San Salvador, San Marcos, Santo Tomás y Santiago Texacuangos, donde los habitantes han implementado sistemas de cultivo adaptativos, aprovechando balcones, techos y paredes para crear microhuertos productivos, relato Ondina.

“Este año nos hemos enfocado en los distritos del centro de San Salvador. Ya trabajamos en el distrito 3, actualmente en el 6, y en enero iniciaremos en el distrito 2”, detalló Ondina Ramos.

Cada comunidad presenta desafíos distintos. “En la zona 3, por ejemplo, el espacio es muy limitado, por lo que recurrimos a estructuras verticales. Eso no solo permite cultivar, sino que también ayuda a climatizar las viviendas”, añadió.

Durante tres meses, los habitantes reciben talleres prácticos sobre siembra, compostaje y mantenimiento, para que luego puedan continuar de forma autónoma. “Este espacio queda permanente para ellos”, destacó la ingeniera.

“La agricultura inteligente es viable en entornos urbanos; ofrece una solución real a los altos costos de la canasta básica y reduce la dependencia de alimentos externos”, enfatizó Ramos.

Muchas de las mujeres que conforman la iniciativa son jefas de hogar que buscan fortalecer los ingresos en sus hogares. Foto: Saúl Méndez.

Para Dinora y muchas de las mujeres involucradas, esta experiencia es completamente nueva. “Es mi primera vez sembrando y ya hice mi primera corta de rábanos. Se siente bien venir a cosechar lo que uno mismo ha cuidado con tanto amor y paciencia”, contó emocionada.

 

Un proyecto que ofrece soluciones al alto costo de la canasta básica 

 

Desde su inicio en 2018, Cosechando Sonrisas ha beneficiado a más de mil familias en más de 30 comunidades de San Salvador, San Marcos, Santo Tomás y Santiago Texacuangos.

“Es muy satisfactorio ver cómo las personas adoptan estos proyectos, porque impactan directamente en la economía familiar y en la seguridad alimentaria”, señaló Ramos.

El mayor gasto del programa radica en la compra de semillas y abono. “Una libra de semilla de rábano cuesta cerca de 90 dólares, pero nosotros proporcionamos todo el material, junto con la asesoría técnica. La comunidad solo debe organizarse y trabajar”, explicó.

Actualmente, cultivan frijol, rábano, cilantro, chile verde, flor de jamaica, zanahoria y próximamente tomate. “Estamos diversificando los alimentos que se siembran aquí”, subrayó.

 

La organización comunitaria es clave para el desarrollo sostenible 

 

“Antes este lugar era un botadero. La comunidad se organizó, limpió el terreno y hoy es un huerto comunitario. Esa organización es la clave del cambio”, relató Ramos.

En la mayoría de los grupos, las mujeres son las más participativas. “La mayoría son madres cabezas de hogar que buscan alternativas para reducir el alto costo de la canasta básica, que ya supera los 250 dólares. Ellas son las más afectadas por la inseguridad alimentaria y muchas veces se privan de comer para alimentar a sus hijos”, lamentó la ingeniera.

Ramos advirtió que esta situación repercute en el desarrollo del país. “Sin una alimentación adecuada, no se pueden formar niños ni adultos sanos. La alimentación es la base del progreso de una sociedad.”

“Sin agricultores, no hay alimentos sobre la mesa”, enfatizó.

También instó a reflexionar sobre la importancia de la soberanía alimentaria: “Las personas se ahorran el viaje al supermercado y además pueden comercializar sus productos. Esto genera independencia económica y empoderamiento comunitario.”

Los coordinadores explicaron que el proyecto se sustenta en dos pilares fundamentales:

 

  1. Desarrollo de capacidades orgánicas: se enseña a los participantes técnicas de siembra vertical y elaboración de abono 100 % orgánico, para cultivar productos de alto valor nutricional como tomate, pepino, rábano, chipilín, flor de jamaica y frijol.

“También impartimos talleres de comercialización, porque muchas personas saben cultivar, pero no cómo vender sus productos”, añadió Ramos.

  1. Fomento de la resiliencia: el proyecto integra la crianza de pollos de engorde para diversificar las fuentes de proteína y fortalecer la nutrición familiar.

“Este año iniciamos con la entrega de pollitos y concentrado. Están vacunados y damos seguimiento semanal para enseñar a cuidarlos. No es fácil, pero es posible”, comentó Ramos.

“Mi lema es enseñar a la gente a pescar”, agregó.

El objetivo a futuro es ampliar el proyecto y consolidar la organización comunitaria. “Sabemos que no hay suficiente apoyo institucional para los pequeños productores, así que hemos decidido tomar la iniciativa como ciudadanos”, afirmó.

La sostenibilidad es otra prioridad. “Les enseñamos a obtener sus propias semillas, porque los insumos agrícolas son costosos. Una libra de semilla puede llegar a 400 dólares. Si dejamos crecer una planta hasta que dé semilla, podemos volver a sembrarla sin depender del mercado”, explicó Ramos.

“Tenemos que arremangarnos y comenzar a trabajar. Este año y el próximo nos enfocaremos en San Salvador, demostrando que sí hay espacio para cultivar alimentos nutritivos en la ciudad”, concluyó.

Dinora espera seguir cosechando más rábanos del huerto comunitario. «Es una gran ayuda para todos los que estamos aquí. También sembramos frijoles, pepino y cilantro. Es una satisfacción enorme porque es la primera vez que lo hacemos.”

“Esperamos seguir adelante y que no sea el único proyecto, sino el comienzo de muchos más”, finalizó la agricultora.

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