(Versión conmemorativa y testimonial)
Raúl Palacios
Mañana se cumple un año del fallecimiento de Mauricio Funes en el exilio nicaragüense. Su muerte no solo cierra una biografía, sino un capítulo que aún divide interpretaciones en la historia reciente de El Salvador. Para comprender al hombre que pasó de ser uno de los entrevistadores más influyentes del país a convertirse en el primer presidente de izquierda, y finalmente en un acusado ausente del sistema judicial salvadoreño, es necesario apartarse de las narrativas simplificadas y examinar con rigor los procesos políticos que marcaron su destino.
EL PRESIDENTE DE LOS POBRES
El legado social de Mauricio Funes no puede reducirse a decretos, titulares o sentencias. Su administración (2009–2014) representó un giro en la forma en que el Estado se relacionaba con la población históricamente excluida. La educación pública, que durante décadas había sido un derecho condicionado por la pobreza, se volvió accesible mediante la entrega de uniformes, calzado y útiles escolares. Más tarde, Salvador Sánchez Cerén ampliaría ese esfuerzo al hacer gratuita la educación en todos los niveles.
Programas como el Vaso de Leche no solo beneficiaron a la niñez, sino que reactivaron a un sector ganadero olvidado. La creación de Ciudad Mujer —modelo reconocido internacionalmente, abrió espacios de atención integral para las salvadoreñas. La llegada de los ECOS a zonas rurales y la pensión básica para adultos mayores marcaron un antes y un después en la política social del país.
Estas acciones, más allá de cualquier debate político, dejaron huellas concretas en la vida de miles de salvadoreños.
El “pecado original”: el ROS de los 10 millones
Uno de los momentos más recordados de su trayectoria ocurrió frente a las cámaras: la denuncia del Reporte de Operaciones Sospechosas (ROS) que vinculaba al expresidente Francisco Flores con el desvío de fondos donados por Taiwán. Ese episodio generó tensiones profundas en el escenario político y económico del país.
Diversos análisis señalan que ese caso dejó heridas abiertas en sectores influyentes, y que esas tensiones marcaron el clima político que rodeó los procesos judiciales posteriores contra Funes.
¿Prófugo o perseguido? Una cronología necesaria
El término “prófugo” ha sido repetido con insistencia en ciertos espacios mediáticos. Sin embargo, la cronología de los hechos muestra que Funes salió del país de manera legal, sin restricciones migratorias, y que su solicitud de asilo en Nicaragua en 2016 ocurrió en un contexto donde él interpretó que se gestaba un proceso judicial sin garantías.
La implementación de juicios en ausencia, las reformas legales retroactivas y la actuación de defensores públicos asignados tras la renuncia de sus abogados particulares generaron cuestionamientos sobre la imparcialidad del proceso. La conformidad expresada por uno de esos defensores ante una sentencia condenatoria fue interpretada por críticos del proceso como un indicio de desequilibrio.
La memoria contra el olvido
Mauricio Funes murió lejos de su patria, pero su figura continúa generando debate. Para algunos, su nombre está asociado a procesos judiciales; para otros, su legado se vincula a políticas sociales que transformaron la vida cotidiana de miles de personas.
Lo cierto es que la historia suele tener una memoria más larga que cualquier coyuntura. Más allá de las controversias, Funes será recordado por el niño que llegó a la escuela con zapatos nuevos, por la mujer que encontró atención integral en Ciudad Mujer y por el adulto mayor que recibió su primera pensión.
Un capítulo que aún busca su lugar
El primer aniversario de su fallecimiento invita a reflexionar sobre la necesidad de documentar con rigor los hechos frente a la propaganda y las interpretaciones interesadas. Mauricio Funes fue un periodista que denunció irregularidades, un presidente que impulsó políticas sociales de amplio alcance y un hombre cuya figura quedó atrapada entre la justicia y la confrontación política.
Que el tiempo y la historia, libres de pasiones coyunturales, coloquen cada pieza en su lugar.
Mientras tanto, la obra social de su quinquenio permanece en la memoria de un pueblo que, por un momento, sintió que el Estado podía ser un instrumento de dignidad.
El hombre detrás del cargo
Más allá de la figura pública, Mauricio Funes fue un hombre marcado por contradicciones, aciertos, errores y una vida sometida a un escrutinio permanente. Su trayectoria no puede comprenderse sin recordar que llegó a la presidencia desde un oficio que exige confrontar al poder, no obedecerlo. Su formación como periodista lo acostumbró a la crítica, a la denuncia y a la exposición constante. Ese hábito, trasladado al ejercicio del gobierno, generó tensiones inevitables con sectores que históricamente habían controlado la narrativa política del país.
Funes no provenía de estructuras partidarias tradicionales ni de círculos empresariales; llegó desde la calle, desde la televisión, desde la palabra directa. Esa condición lo convirtió en un presidente atípico, sin los blindajes que suelen acompañar a quienes emergen de élites políticas consolidadas. Su estilo frontal, que para algunos fue virtud y para otro defecto, lo acompañó hasta el final de su vida.
Su exilio, más allá de las interpretaciones jurídicas o políticas, tuvo un costo humano profundo. Vivir lejos de la patria, separado de su entorno y sometido a un clima de hostilidad pública, marcó sus últimos años.
La muerte en el extranjero es siempre una herida abierta para cualquier figura pública, pero en su caso adquiere un matiz adicional: murió sin ver resuelto el debate sobre su legado, atrapado entre la admiración de quienes valoran sus políticas sociales y el rechazo de quienes lo consideran símbolo de confrontación.
La historia salvadoreña está llena de figuras que murieron antes de que su papel fuera comprendido en su totalidad. Mauricio Funes se suma a esa lista. Su vida, con
luces y sombras, continúa siendo un espejo donde el país se observa a sí mismo: sus avances, sus fracturas, sus deudas y sus posibilidades.
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