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Marero en fuga

Rafael Lara-Martínez 

New Mexico Tech, 

[email protected]

Desde Comala siempre…

 

Había que comenzar por el final.  La herida.  Una enorme cicatriz le atravesaba el abdomen.  Y arriba, al costado derecho, la protuberancia.  Un bodoque resaltaba de las costillas.  Las marcas las escondía un tatuaje.  En serpiente que ascendía a morder la manzana del bulto.  “No, es falso”. El tacuazín hambriento en busca de la guayaba madura.  Le resultaba fácil cubrirla.  Olvidarla.  Le bastaba vestirse cada mañana.  Esconder el cuerpo.  Pese al calor y el sudor que lo inundaban.  Le carcomían la piel y los pies inflamados.  Infectados entre los hongos y el pus.  Más difíciles de ocultar.  Le impedían mantener un paso firme.  Decidido hacia el frente.  Sólo en sandalias amplias que no le encerraran el calcañal.  Le comprimieran los tobillos hinchados de miedo y fatiga.  Caminaba lerdo.  Arrastre del dolor y la aflicción.  Exhausto por la huida de la sentencia a muerte.  Desolado por la actitud de sus propios colegas.  Los miembros de la misma mara lo condenaban a la pena capital.  Justa ejecución de aplicársela a un traidor.  A un delator de la causa.  Ese crimen le atribuían.  No había denunciado al grupo ante ninguna autoridad policial.  Lo había confrontado en diálogo abierto a su propia jerarquía.  A la adulación que profesaba por el jefe.  Endiosado, sin tacha.  Mientras los demás ejercían voto de obediencia.  En la repetición de un coro memorizado.  Por obligación ritual.  Pero él no era el verdadero soplón.  Lo era el mismo cabecilla.  Creía en la dualidad.  En la alternancia diaria del día y la noche.  En la conjunción alquímica de los opuestos.  De ellos cabales, el anti-sistema, y el orden que se mantenía en autoridad.  Por respeto.  Exigía del grupo reduplicar el mando al interior.  Por definición, reiteraba, “el libre pensador es un burgués.  Un vendido”.  El grupo se formaba en la obediencia.  El voto soldaba la amistad entre camaradas.  Todos fieles a una disciplina.  A un mismo credo.  Por eso, lo persiguieron.  Le sajaron el estómago a lo largo, hasta resaltar el tatuaje.  Cerca del buche.  Le recortaba el abdomen y el torso desnudos.  Se lo merecía por acusón.  Por desacato al orden interno de la mara.  Como dudaría del guía.  Al tildarlo de delator.  Indicaba la posición del grupo a cambio de preventas.  Necesarias del vivir, cual el trabajo.  Encarnaba esa ambigüedad.  El equívoco se figuraba a diario.  Mañana y noche.  “Soy el amanecer y el atardecer cambiante”, solía decirles a todos.  Sin que nadie entendiese el asunto.  La doble filiación en espejeo.  Marero empedernido y espía a sueldo.  En unión de los contrarios.  Como se debía al abrazar el todo.  Luna y sol, en un mundo complejo.  En el medio camino.  Tal cual lo exigía la vida.  Otra úlcera, cercana a la axila derecha.  Le carcomía el hombro al frente.  Y los pies cercenados por la marcha sin rumbo.  Hasta huir y encontrar la cura.  El alivio de un médico altruista.  Le salvó la vida.  Refugiarse en este lugar céntrico, pero devastado por la pobreza centenaria.  Sentado, en una silla sin ruedas, atendía a la clientela.  A las mujeres que en huacales venían a moler maíz.  Por encargo de su única amiga, la Bambi.  Persona impar que aún lo apreciaba en el descalabro.  En su torpeza física.  En su exceso inmoral.  Robos y asesinatos, infracciones a la ley que le permitían ganarse la vida.  Remitir una mesada a familiares enfermos.  Y pervivir.

 

Mientras escuchaba una canción inédita en su repertorio, sin un significado tangible en su lengua, gestionaba quedarse en ese molino de maíz.  Escondido por días hasta sanar.  “Cada quien elige cuando alzar la voz, sin preocuparse del amor, en ofensa sin reparo”.  Ya sólo le quedaban tres opciones que evaluaba con calma.  Podría vivir en el encierro por años.  Se cortaría el pelo al rape.  Desfigurada la cara hasta expresar una sonrisa cholca.  En esa alegría desdentada del subsistir.  Descarado, a rostro informe.  De revivir oculto de los suyos con un DUI falso.  Sabía dónde comprarlo, al lado de la Plaza Libertad, en la cual había vendido lo robado.  La mercancía que lo mantenía a flote esos días inciertos.  También podía entregarse al grupo al confesar su falta, aun si él mismo no lo creyese así.  Ya no compartía sus dogmas que lo singularizaban al margen.  Valía el juicio compartido más que el suyo propio.  El criterio de la exclusión.  Anticipaba la respuesta del cabecilla.  Se lo había advertido.  “Sólo creo en la Justicia Divina.  Nunca te acusaré ni exculparé de tu falta.  Simplemente”, le insistía, “facilitaré el vehículo que te transporte al banquillo ante el Juez Supremo quien te dictará la sentencia definitiva”.  De esa manera, había despachado a otro compañero con una bala en el sien derecho, por ser el lado angelical.  Por último, imaginaba la fuga casi en acorde musical.  Emprendería un viaje clandestino a Guatemala.  Disfrazado de trabajador temporal.  Explorar lo desconocido.  Remontarse al norte si los coyotes, la jura y el destino monetario se lo permitían.  Recrearía una vida entre desconocidos.  Sea cual fuese la opción a seguir, pensaba, el olvido le concedería la única respuesta posible.  El olvido de los suyos y el olvido de sí mismo.  Al adoptar otra figura y nombre distinto.  Deformación — Muerte — Exilio.  Siempre en esa muda del persistir.

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