Página de inicio » Opiniones » MADURO SECUESTRADO, TRUMP EXIGE UN NOBEL Y MACHADO HABLA DE PAZ: ¿QUIÉN DICE LA VERDAD?

MADURO SECUESTRADO, TRUMP EXIGE UN NOBEL Y MACHADO HABLA DE PAZ: ¿QUIÉN DICE LA VERDAD?

(¿PREMIO NOBEL DE LA PAZ?)

Raúl Palacios

La responsabilidad que exige coherencia. Aquí analizamos la contradicción en el discurso de María Corina Machado tras la captura de Nicolás Maduro y su rol como líder reconocida por la paz.

¿Un liderazgo que une o divide?

El reciente mensaje de María Corina Machado, tras recibir un reconocimiento internacional vinculado a la paz, plantea una pregunta incómoda:

¿Qué significa realmente ser considerada una líder de paz cuando el discurso contradice la esencia del premio?

UN MENSAJE QUE DIVIDE MÁS QUE UNE

Aunque su intervención estuvo cargada de agradecimientos y referencias a la esperanza, el tono revela una contradicción evidente: no propicia la paz, sino que profundiza la división del pueblo venezolano en su objetivo de alcanzar el poder ejecutivo.

Incluso ha confrontado a otros líderes opositores, lo que refuerza la percepción de que su lucha no es por la reconciliación, sino por el poder.

HIPOCRESÍA EN ESCENA: DOS PROTAGONISTAS

La incoherencia no se limita a Machado. Donald Trump, quien reclama que el Premio Nobel de la Paz debió ser suyo, se erige como juez moral mientras su historial político está marcado por decisiones que profundizaron conflictos.

Ambos personajes, desde trincheras distintas, exhiben una contradicción que erosiona la credibilidad de cualquier llamado a la paz.

EL DISCURSO COMO HERRAMIENTA DE PODER

Más allá de los reconocimientos internacionales, el verdadero termómetro de un liderazgo orientado a la paz se encuentra en la coherencia entre palabra y acción.

En el caso de María Corina Machado, su discurso posterior a la captura de Nicolás Maduro revela una estrategia política que se apoya más en la confrontación que en la reconciliación.

Su narrativa insiste en la idea de una “liberación” que solo puede concretarse bajo su conducción, lo que desplaza la noción de paz hacia un terreno condicionado: solo habrá paz si ella llega al poder.

Ese planteamiento tensiona el clima político venezolano y reduce la posibilidad de construir consensos amplios en un país que arrastra heridas profundas.

LA PAZ COMO CAPITAL SIMBÓLICO

En la política contemporánea, la paz se ha convertido en un capital simbólico que otorga legitimidad internacional.

Ser reconocida como líder de paz implica asumir un compromiso ético que trasciende la retórica.

Sin embargo, cuando ese capital se utiliza para reforzar una narrativa de exclusión o para deslegitimar a quienes no comparten la misma visión política, el mensaje pierde su esencia.

La paz no puede ser un trofeo ni un instrumento de campaña.
Debe ser un horizonte compartido, un punto de encuentro entre sectores que piensan distinto, pero que reconocen la necesidad de convivir en un mismo país.

EL DOBLE RASERO INTERNACIONAL

El caso de Donald Trump, quien ha manifestado públicamente que el Premio Nobel de la Paz debió ser suyo, evidencia cómo ciertos liderazgos utilizan la idea de la paz como un recurso discursivo más que como un compromiso real.

Cuando figuras políticas reclaman ese reconocimiento mientras sus decisiones han contribuido a la polarización o al conflicto, se revela un doble rasero que debilita la credibilidad del propio premio.

Este fenómeno no es exclusivo de un país o de una ideología: forma parte de una tendencia global donde la paz se invoca más de lo que se practica.

VENEZUELA: ENTRE LA ESPERANZA Y EL DESGASTE

El pueblo venezolano vive una realidad marcada por la incertidumbre, la migración masiva, la crisis económica y la fractura social.

En ese contexto, cualquier liderazgo que aspire a representar la paz debe ser capaz de hablarle a todos los sectores, incluso a aquellos que no lo apoyan.

La paz no puede construirse desde trincheras ideológicas ni desde discursos que alimentan resentimientos.

Requiere reconocer la pluralidad del país, escuchar las voces disidentes y aceptar que la reconciliación nacional no será posible si se excluye a una parte del pueblo.

LA COHERENCIA COMO DEBER

Un receptor del Premio Nobel de la Paz no solo debe condenar injusticias, sino también priorizar la búsqueda de paz interna.
Esto implica promover el diálogo entre las diferencias políticas y evitar discursos que perpetúen el odio.

La paz no se construye desde la exclusión, sino desde la inclusión y la capacidad de unir voluntades en torno a un objetivo común: Venezuela.

En una democracia sólida, los gobiernos —sin importar su ideología— deben responder a la voluntad del pueblo y gobernar en paz.
Ese principio debería ser el eje central de cualquier liderazgo que aspire a la reconciliación nacional.

La verdadera fortaleza de un liderazgo pacificador radica en su capacidad para tender puentes, no para levantar muros.
Si Machado se asume como símbolo de paz, su discurso debe evolucionar hacia un llamado genuino a la unidad y al ejercicio democrático.

La paz no se logra con palabras que perpetúan el resentimiento, ni con líderes que anteponen ambiciones personales.
Se construye con acciones que garanticen respeto, institucionalidad y confianza en la voluntad soberana del pueblo.

La paz no es un premio ni un aplauso.

Es un gesto que se sostiene en la memoria de un pueblo que ha sufrido demasiado. No nace del grito, sino del puente.

No se impone: se cultiva y germina.

Venezuela, como toda nación herida, no necesita líderes que reclamen coronas, sino voces capaces de escuchar y honrar, de ser solidarias con el temblor de su gente.

La paz verdadera no se declama: se honra. Y solo quienes son capaces de sanar
las heridas que otros rompieron podrán algún día merecer su nombre…

Y brindar a Venezuela la paz añorada. Y mientras escribo sobre Venezuela.

Mi memoria vuelve a El Salvador, donde también anhelamos una paz verdadera, no la que se viste de tranquilidad y orden mientras oculta pactos que nunca se confiesan.

Porque la paz no es silencio impuesto ni acuerdos negociados en la sombra, sino la transparencia que dignifica
y la justicia que no teme a la verdad.

Algún día, en mi amada tierra y en la ajena,
la paz dejará de ser disfraz, será verdadera
y volverá a ser camino anhelado de todos,
tal cual el Nazareno nos prometió en la cruz. –

Ver también

LA DOBLE MORAL DE ESTADOS UNIDOS EN EL COMBATE AL NARCOTRÁFICO: SOBERANÍA, PODER Y GEOPOLÍTICA DEL PETRÓLEO

Compartir        Por: Nelson de Jesús Quintanilla Gómez Sociólogo, Profesor Universitario de la UES en la FMOtal. …