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Los Olvidos

Julio Orellana,

Escritor

Para Gabriel García Márquez (1927 – 2014), que al leer

su  novela «El coronel no tiene quien le escriba»

me inspiró a escribir esta ficción.

I

Sentado en el malecón de la isla «Los Olvidos», el coronel esperaba la embarcación que consigo traería el servicio postal. Precedía a su dilatada espera, la visita a la Oficina de Correos para enterarse si la pensión ya había tocado tierra firme.

Su esposa, doña Leonor de los Remedios murió de sida en una batalla tan desigual, que pocas oportunidades de ganarle a la muerte le dejó a su vida.

En la lejanía marítima estaba a la vista un diminuto punto negro. «Ahí viene mi pensión», decía. Pero no, era un buque que de paso iba. Todos los días era la misma rutina. No se cansaba de esperar la tan ansiada pensión, o al menos esa impresión daba al verlo sentado en la dura superficie. En el tajamar había suficiente sábulo traído en las chancletas de los turistas, como para que creciera la maleza. Arrancó un pedazo de hierba retorcida, que de la caliente arena salía con vencedora impetuosidad. La mordió y estaba amarga y picante como su propia furia:

— ¡Mierda! ¡Aquí me voy a estar pues, esperando la maldita pensión que nunca llega! Son pendejadas, yo me voy y que llegue a la Oficina de Correos cuando le venga en gana.

Esto lo decía cuando el sol era un globo sin aire caído en el mar. Se calzó las botas, se las amarró y desandó el camino a duras penas, porque el reuma y la cojera lo tenían bien jodido. De regreso pasaba por la tienda de don Güicho, a comprar ungüento que el mismo tendero fabricaba.

— Cada vez, don Güicho, como que le mete más agua o alcohol, que alcanfor, menta y eucalipto a este ungüento.

— Puros cuentos suyos, coronel, si la misma fórmula que utilizó mi
bisabuelo estoy usando.

— Sí, la misma fórmula, pero adulterada.

— Como su mujer, verdad — dijo con sorna don Damián, que en ese instante pagaba un paquete de puros.

— A ella ni me la mencione, que el mal recuerdo mata un poquito de mi vida.

— Sí, claro, perdone, que la herida aunque vieja, sigue abierta.

— No soporto el peso del engaño, peor si se trata de un siete mares.

— Ella no lo engañó, coronel — salió en defensa de la difunta don Güicho—. Recuerde que cuando eso pasó, ustedes ya no tenían nada qué ver y si vivían juntos era por pura conveniencia religiosa, para que la gente y el cura siguieran pensando que eran un matrimonio perfecto. En cambio usted, sí le puso los cuernos con muchas damiselas, y ella ni siquiera renegaba; pero se cansó de sus burlas y engaños. Fue entonces cuando se metió con aquel marinero procedente del Reina Victoria II.

— Ya, ya, ya, no me sermonee más y dígame cuánto cuesta el tarrito de ungüento, don Güicho.

— Usted ya sabe, y me lo paga cuando le venga la pensión.

— Pues sí, pero es que uno de hombre tiene que mostrar su casta, su virilidad y su fineza de palabra para que las diosas del amor no piensen que uno es poco hombre.

Sacó del pantalón una moneda de cincuenta centavos, la puso en el mostrador, dio media vuelta y dijo:

— Abónelos a mi cuenta, no vaya a ser que mañana me muera debiéndole, don Güicho.

— Dios lo oiga y no sea rencoroso, coronel, que las verdades se dicen de frente para que no escupa el sapo.

Siguió su camino empedrado de penas y ni las luces del vecindario fueron capaces de alumbrar sus más oscuros pensamientos.

II

Le pegó el último chupete al puro y lo arrojó con violencia en una esquina del jardín. Balanceándose en la hamaca, pensaba en la pensión que nunca llegaba; en la batalla sangrienta que lo dejó cojo y que gracias a Dios, las quemaduras no abrasaron sus ojos; en la vida disoluta que había llevado desde adolescente; en su madre; en su mujer adicta a la fidelidad, pero que de tantas voces y verdades el cántaro al fin se quebró. Se durmió y luego despertó sobresaltado. En la pesadilla su difunta esposa llegaba a traerlo para saldar cuentas: lo tomaba del pelo y lo arrastraba hacia el cementerio, echándolo en el foso que él mismo había cavado en cumplimiento de la sentencia por ella impuesta. Dos demonios viejísimos idénticos a él, paleaban la tierra en su desvalida humanidad. El peso de la tierra y la falta de oxígeno le provocaban asfixia.

— Coronel, coronel, despierte.

Era el empleado de correo que traía correspondencia.

— ¡Achís, al fin se acordaron de mí!

— Firme aquí, coronel.

Garabateó la firma en el papel y por poco olvida los colochos, las rayas y las eses que parecían cincos en un buque perfectamente contrahecho.

— Gracias.

— De nada, y ya no sueñe más pesadillas. Adiós.

Abrió el sobre, sacó la cuartilla, la desdobló y procedió a la lectura, obviando la fecha:

«Muy estimadísimo coronel:

Me es grato saludarle y comunicarle que su pensión ha sido autorizada por la junta directiva en sesión ordinaria efectuada el treinta de agosto. La honorable asamblea legislativa aprobó un decreto que fue publicado en el diario oficial de fecha cinco de agosto y entró en vigencia ocho días después.

Como usted sabe, la burocracia atrasa y entorpece trámites de suma importancia. El decreto en mención fue recibido en esta oficina el uno de septiembre. Le escribo sobre el decreto, pero no le explico su contenido. Cito: Toda aquella persona que habiendo tenido relaciones genitales con otra, la cual esté infectada con el VIH o exista la fuerte sospecha que en su cuerpo hospede el maligno virus, no tiene derecho a pensión alguna, sea que esté autorizada o no. Para las pensiones autorizadas se ordena desautorizarlas, y aquel funcionario que no tome este decreto como suyo, o haya enviado la respectiva pensión, le será descontado de su sueldo el o los envíos que en ese concepto haya remitido, o en casos graves, se procederá al despido del funcionario sin goce de indemnización. No bastará que el solicitante de la pensión escriba en la solicitud que no tiene la peste del siglo, como le hemos dado por llamar, sino que además tiene que presentar los exámenes médicos correspondientes y completar el formato que el decreto señale.

Usted comprenderá: No puedo poner en juego la base económica sostenedora de mi hogar o me despidan por una actuación vedada que por ley, estoy obligado a cumplir y por lo tanto, no puedo satisfacer su solicitud

Lamento mucho no poder servirle, pues como todo mundo sabe, existe la clara sospecha que usted acoge la peste del siglo.

Atentamente,

Alberto Rojas

Presidente de Pensiones Militares»

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