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Los homicidios por intolerancia social en El Salvador

Por Ricardo Sosa

Doctor y máster en Criminología

@jricardososa

No es extraño que nos imaginamos el homicidio como el resultado de planes macabros, crimen organizado, pandillas criminales o delincuencia común. Sin embargo, las estadísticas fiscales y policiales revelan una realidad más inquietante y para nada silenciosa: una gran parte de los homicidios intencionales no nacen del pensamiento criminal, sino de una colisión vehicular, una deuda insignificante, una discusión de vecinos por el volumen de la música, discusiones en estacionamientos, rencillas personales, entre otros. Estos son los homicidios por intolerancia social, el síntoma letal de una sociedad que ha olvidado cómo resolver conflictos sin la presencia de sangre.

Desde la criminología, entendemos la intolerancia social no solo como un rasgo de personalidad, sino como una fractura en el tejido cultural y social. Se define como la incapacidad absoluta de un individuo o grupo para aceptar, respetar o gestionar las diferencias, opiniones o comportamientos de los demás que contravienen sus propios valores o comodidades. Cuando esta rigidez mental se cruza con la impulsividad, el desacuerdo deja de ser un debate y se convierte en una afrenta al honor que «debe» ser castigada, es un mandato.

El homicidio por intolerancia es, fundamentalmente, un crimen situacional. No hay premeditación fría; hay una escalada de violencia. ¿Qué convierte una discusión en un cadáver? Aquí entran los factores de riesgo criminógenos, en otras palabras, son los factores que aumentan la probabilidad de que una persona cometa delitos:

  1. Desinhibidores químicos: El consumo de alcohol etílico en cualquiera de sus presentaciones y drogas actúa como el catalizador principal, suprimiendo la corteza prefrontal encargada del juicio y dejando al individuo a merced de su sistema límbico que emocional y agresivo.
  2. La cultura del «respeto» malentendido: En ciertos contextos, ceder o dialogar se percibe como debilidad. La violencia se valida socialmente como una herramienta para restaurar el estatus perdido ante un insulto.
  3. Disponibilidad de armas: La presencia de un arma blanca o de fuego convierte una decisión impulsiva de tres segundos en una tragedia irreversible. Como dicta la teoría de la oportunidad: sin el instrumento letal a mano, la ira rara vez mata. El arma blanca les fascina a los salvadoreños, hablo de: navajas, machetes, colines, colin, yatagán, bayoneta, los famosos “cutos”, trabucos, puñales, colas de gallo y cualquier modalidad de cuchillos entre algunos. En el 2025 fue el principal medio para asesinar personas en nuestro país.
  4. Inadecuada salud mental y física: personas que tienen problemas de salud mental no atendidos, no diagnosticados o falta de seguimiento o abandono del apoyo multidisciplinario.
  5. Machismo y cultura patriarcal que afecta a la sociedad salvadoreña y latinoamericana.

¿Cómo desactivar esta bomba de tiempo?

La prevención no puede basarse únicamente en el código penal; la cárcel llega cuando la vida ya se ha perdido. La prevención debe ser estructural y conductual:

  • Justicia de paz y mediación: Necesitamos fortalecer los mecanismos de resolución alternativa de conflictos. Los ciudadanos debemos tener acceso a mediadores comunitarios que intervengan antes de que la disputa vecinal escale y a los faciltadores judiciales, excelentes programas de la PGR y CSJ.
  • Educación emocional: La alfabetización emocional es tan vital como la académica. Enseñar a niños y adultos a gestionar la frustración y la ira es una política de seguridad ciudadana a largo plazo.
  • Desarme y control: Reducir la circulación de armas blancas y de fuego en espacios de ocio y convivencia es imperativo para reducir la letalidad de los conflictos espontáneos.

De los 82 homicidios intencionales registrados en el 2025, 43 corresponden a intolerancia social y 31 a intolerancia familiar. Esto significa que el 90.2% de esos homicidios en El Salvador ya no son producto del crimen organizado, sino de la incapacidad ciudadana para gestionar conflictos de manera pacífica.

La intolerancia social es el fracaso de la civilidad. Como sociedad, debemos entender que el conflicto es inevitable, pero la violencia es opcional. No podemos poner un policía en cada esquina, pero sí podemos instalar la prudencia y la empatía en cada interacción. La próxima vez que sienta la ira subir por un incidente trivial, recuerde: su libertad y la vida de otro valen más que tener la razón.

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