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Lengua y mundo según Eugenio Valencia Hernández

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

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https://nmt.academia.edu/RafaelLara 

Desde Comala siempre…

El problema

La publicación oficial de “Nikmati ume taltikpak/Conozco dos mundos” de Eugenio Valencia Hernández —por el Instituto Nacional de Formación Docente (INFOD, 2019)— plantea un verdadero desafío al canon literario salvadoreño. Como el título mismo lo insinúa, existe una correlación directa entre la lengua y el mundo. Por cosmos, se entiende el hecho vivido y percibido por una tradición local, acaso en aplicación de ciertos universales. Desde la independencia (1821) hasta la Ley de Extinción de Ejidos (1882). Desde esa fecha clave, antesala de 1932, la Ciudad Letrada salvadoreña decreta el monolingüismo castellano como constitutivo de la literatura nacional. Tal precepto fundacional lo aplica casi todo el siglo XX.

No importa que se llame modernismo, regionalismo, costumbrismo, indigenismo, etc., El Salvador se imagina a lengua única. Basta revisar la historiografía del siglo XX —incluso su revisión radical durante la guerra civil (1980-1992)— para verificar la exclusión de la lenguas indígenas. A lo sumo, los estudios culturales abogan por una descolonización al incluir un “abstract” obligatorio en inglés, si no exigen escribir en esta lengua. Tal es América —o “America” en su estrechez a fronteras— donde sólo las lenguas indo-europeas proclaman la liberación. Su vocabulario institucional, categorías y episteme calcan el mapa-mundi de lo Real a perfección. A nivel lingüístico, la idea del des-encubrimiento (1492) sigue vigente. Para los estudios culturales centroamericanos, la certifica la multitud de investigaciones sobre las figuras literarias cimeras y la escasez de referencias a la literatura indígena.

Por esta exigencia reduccionista, no extraña que se con-funda la tradición mestiza y la indígena. Un ejemplo prototípico lo ofrecen figuras míticas emblemáticas como la Siguanaba y el Cipitío. En su versión clásica estándar —la de Miguel Ángel Espino (1919), retocada por el testimonio en los ochenta— el ideario letrado castellano jamás confronta la herencia en las lengua indígenas. Hasta el presente, no existe una sola recopilación de textos chortí, náhuat ni lenca que establezcan los límites geográficos de ese motivo mito-poético. En su cometido de uniformizar la cultura, tampoco se cuestionan la extensión territorial ni la validez de su personalidad.

No obstante, como lo demuestra una de las pocas versiones transcritas en náhuat —la de Lyle Campbell (1975-1985)— ni la Sihuanaba representa la seducción de un Eros varonil desenfrenado —que culmina en la bobería del mujeriego. Ni el Cipitío reviste un Cupido mestizo orientado hacia lo femenino. Remito a la lectura de mi libro “Recordar la diferencia” (Universidad Don Bosco (UDB), 2019) el cual rastrea cómo el Eros mestizo se vuelve Thánatos náhuat —pulsión de muerte que lo viril debe derrotar— y el Cupido mestizo expresa la enfermedad masculina.

Esa con-fusión —“la tradición indígena salvadoreña la expresa el castellano”— hace parte de las premisas fundadoras de los estudios culturales y literarios centroamericanos. Resulta un axioma que excluye las lenguas indígenas y relega toda discusión sobre la diferencia entre la tradición mestiza literaria y el legado sometido de esos idiomas. En verdad, esta herencia patrimonial se halla doblemente sometida. Primero, la doblega la política que le confisca las tierras comunales (1882), hecho irrelevante para el despegue del indigenismo nacional.

En segundo lugar, la reduce la Ciudad Letrada al negarse a transcribir las lenguas indígenas. No las investiga ni valida la tradición mito-poética en esos idiomas. Pese a la convención en boga —“el 32 elimina la lengua indígena náhuat”— la supresión precede esa fecha. La continúa el siglo XX al tachar la mito-poética en los idiomas originarios. No promueve su estudio ni difusión. El pacto lingüístico construye un país monolingüe —más castellano-céntrico que España— y silencia el lengüicidio como hecho histórico, fundacional de la Ciudad Letrada salvadoreña. A la espera de equivocarme, ojalá en breve se publique la primera recopilación multilingüe salvadoreña desde la fundación de la república, al indigenismos y al compromiso.

Ante la dificultad política de una verdadera re-volución —restitución de las tierras ancestrales— rehabilitar la lengua náhuat establece el primer paso hacia una nueva era. El siglo XXI se halla a la espera que un requisito igual lo cumpla el chortí, el lenca, et. al. Al exigir la diferencia, un nacionalismo inclusivo no reduciría el Occidente del país a lo náhuat —sin lo chortí ni otras lenguas hacia la frontera guatemalteca. Tampoco ocultaría el Oriente sin lo lenca y cacaopera. La nación entraña lo diverso.

A continuar:

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