Alirio Montoya
Walter Benjamin afirmaba que la historia no era una simple acumulación lineal y secuencial de acontecimientos ocurridos en el tiempo; la conceptuación de la historia desde esa perspectiva responde más a una concepción historicista. En una de sus tesis sobre la historia, Benjamin afirmaba que “El sujeto del conocimiento histórico es la clase oprimida misma.” Lo anterior encuentra armonía con una afirmación marxista incorporada preliminarmente en el Manifiesto del partido comunista: “Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.” Y es que, en efecto, la historia se presenta como un compendio de sucesos en donde los autores y actores principales son siempre los oprimidos. De ahí que, para Ignacio Ellacuría, siguiendo a Xavier Zubiri, el individuo es autor, actor y agente de la historia, no como meros entes pasivos sujetos a ciertas leyes de despliegue. No, el sujeto de la historia desempeña esos tres papeles importantes mediante la praxis en el constante devenir.
De entrada, y a propósito de que estamos en este mes de enero, resulta ineludible recordar que, en ese mismo mes, pero del año de 1932, ocurrieron unos levantamientos indígenas, campesinos, obreros y estudiantiles, cuyo desenlace fue la brutal masacre del 32. De si fue un levantamiento comunista, campesino o indígena, de eso ya se ha encargado de interpretarlo la historiografía. Dicho esto, lo que sí no requiere ningún debate es que los sucesos de enero de 1932 representan uno de los peores genocidios en Latinoamérica, perpetrado por las hordas del dictador Maximiliano Hernández Martínez.
El dictador Hernández Martínez llega a la toma del poder de forma violenta mediante un golpe de Estado fraguado y materializado el 2 de diciembre de 1931 en contra del expresidente legítimo Arturo Araujo, instaurando posterior al golpe una de las peores y criminales dictaduras militares en este hemisferio; dictadura que va desde la precitada fecha, recorriendo las cuatro subsiguientes décadas muy penosas para la historia salvadoreña. En todos estos acontecimientos aparece como protagonista principal siempre el oprimido. Así como en Teología, no podemos hablar del Reino de Dios sin los pobres, esto es, que ese Reino de Dios lo constituyen las mayorías empobrecidas; de forma análoga en Historia, no podemos prescindir de los oprimidos como protagonistas de esa Historia, bien como autores, bien como actores.
Un factor que incidió para el levantamiento popular se le atribuye a las consecuencias que trajo consigo la Gran Depresión, lo cual es una afirmación demasiado simplista. Las causas de ese descontento popular responden a las mismas contradicciones que caracterizan al sistema capitalista; la enorme desigualdad social como consecuencia de la imposición de los intereses de la oligarquía de ese entonces propició esta enorme brecha entre ricos y pobres. Esas desigualdades sociales y la expresión del descontento de las mayorías populares tuvieron como respuesta de los gobiernos dictatoriales una marcada y sanguinaria represión.
La imposición de los intereses oligárquicos se canalizó por medio de la aprobación de leyes que tenían por finalidad despojar de sus tierras a campesinos e indígenas. Desde los parlamentos o asambleas legislativas siempre se ha legislado en favor de las elites económicas. Ese deplorable escenario permitió que el grupo oligárquico centralizara y concentrara la riqueza, sumergiendo en la miseria a la enorme mayoría de la población. Dentro de ese contexto se configura una persecución y marginación del pueblo indígena, así como del conglomerado campesino; esto es que, la lucha de los oprimidos, de los más pobres, tiene su fundamento de legitimación en la defensa de sus derechos que fueron vulnerados por el grupo oligárquico de esa época.
Todo lo anterior ha sido la génesis de las desigualdades en El Salvador, cuyos hechos se han hilvanado en el decurso de la temporalidad y se ha extendido hasta nuestros días. En esto reside la relevancia de no olvidar los hechos del 32. Por mucho que se quiera borrar de la historia el origen de esa masacre, los intentos serán en vano; de igual manera, el pretender desfigurar, por ejemplo, las causas y el contenido en sí de la firma de los Acuerdos de Paz, que incluso se celebran también en el mes de enero, son intentos fallidos porque hay un pueblo que no olvida su pasado. La historia es una vieja señora que no duerme. Los Acuerdos de Paz sentaron las bases para el desarrollo de una nueva sociedad en libertad y democracia.
La historia no es, como se advirtió al inicio de estas líneas, una acumulación simple de acontecimientos. La historia nos va marcando el camino que se debe seguir para evitar que se repitan, por ejemplo, hechos como los ocurridos en 1932. Desmontar esa sangrienta y prolongada dictadura militar representó un enorme coste para los desposeídos de siempre. Persecuciones, torturas, exilios, encarcelamiento y asesinatos es el precio que se tuvo que pagar para que hasta inicios de la década de 1990 pudiéramos vivir en libertad y democracia. Esa es una realidad que nadie puede cambiar.
La lección que nos dejan los hechos del 32, en primer lugar, es que las contradicciones propias del sistema capitalista va generando miseria y exclusión social al momento que pequeños grupos de poder acumulan y concentran más poder; y en segundo lugar, esas desigualdades representan metafóricamente una olla de presión, en donde esas desigualdades como expresión del pecado estructural, comprimen el sentimiento popular, configurándose una tensión interna hasta provocar una explosión, en este caso, sobre la tolerancia de las mayorías empobrecidas.
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