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LAS ASTILLAS DE LA MEMORIA

DE AZTLÁN A CUZCATLÁN

Desalojo familiar

 

Rafael Lara-Martínez

Tecnológico de Nuevo México

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Desde Comala siempre…

De los eventos memorables que le ocurrieron a la familia, F. T. reconocía las anécdotas que culminaron en el ocaso de la estirpe.  Sin descendencia en la comarca.  Tres varones y dos hembras no bastaron para establecer el linaje en un terruño tan añorado como violento.  No les bastó el calco de las cuatro temporadas en su centro.  “Del arraigo al éxodo, el invierno sombrío había derrotado al retoño.  Ningún augurio satisfizo la estadía”.  Eso pensaba mientras transcurría en microbús una planicie abierta, tan desértica que en nada le recordaba el país.  Apiztán donde el exceso de flora adornaba la zarza.  Aquí, en cambio, al descampado relucía una aridez opaca.  Los matorrales rencos arrastraban glorias marchitas del recuerdo.  Su cebo lo endulzaba el polvo de la llanura, para que lo amasara la montaña en sus pinares.

Al oeste, se extendía la estepa interminable que la interrumpía el horizonte.  La llanura, más amplia que el mar en su ocaso a celajes sin disimulo.  La anchura no la desafiaban los inmigrantes, quienes preferían otras rutas menos peligrosas y seguras.  Nadie transitaba “la barranca del muerto” ni sus hondonadas vecinas.  Tampoco acariciaba la arena blanca, tersa en reflejo de la nube distante.  Sólo los misiles y la bomba atómica se atrevían a poblar estos lugares.  Teledirigidos, a diario cruzaban el baldío con igual audacia que los chiriviscos arrastrados por la recia ventisca.  Al oriente, se levantaba la montaña.  Lejana e insondable, salvo para los cazadores que se aventuraban al acecho de grandes animales en el otoño ajado de niebla.

Más cercana, F. T. contemplaba una colina cuya menor altura la honraban las peregrinaciones anuales.  Entre rezos, flagelos y cruces, cada semana santa concurría el gentío a confesar su falta.  Al tatuarla en estría, aplicaban la costumbre de dibujar su credo en surcos ensangrentados.  Cada quien escribía a su manera.  Él utilizaba un alfabeto que transcribía las palabras en un “little black book”, a manera de agenda.  Los peregrinos preferían utilizar el propio cuerpo al anotar el breviario anual de hechos memorables en su culpa.  A cada quien lo suyo.  A él, la escritura en letras; a los caminantes que vislumbraba en la lejanía de la loma, el tatuaje y el grafiti.  La inscripción corporal y el mural improvisado.

Espontáneo, revisaba pensamientos que reconstruían vivencias tan remotas como los romeros en su lenta marcha hacia la cumbre sin flor.  La salida del país marcaba la mayoría de edad.  La estrechez de la comarca incitaba al vuelo.  Si la escasez no lo exigía, la violencia se encargaba de estimular la fuga repentina.  Casi siempre había un retorno periódico, tan fugaz que nunca anunciaba el arraigo definitivo.  La mayor se estableció en el país del sueño y de la pesadilla.  Su testimonio predijo que las puertas de la percepción a menudo las abría un “light my fire” que impulsaba el divorcio y la separación del amante.  El amor cultivaba la soltería de madre hacia la hija única.  Ella revertiría la impudicia paterna en firme fe.  El fervor monacal aisló a los nietos en casa, bajo la tutela de su protección celosa.  Restauraba un orden bíblico original, por su sentimiento de giro revolucionario.  La menor prosiguió el camino hacia el norte nevado y húmedo.  En espejeo, el viaje la condujo al sur del sol y la lluvia, cuyo amor reverdecía en la plegaria beata del esposo.  Se desdobló en hijos gemelos como Venus, planeta matutino y tardío.  Dos en uno, cual la estrella.  Iluminados se apartaron de toda convención hasta revivir “el elogio de la locura”.  Si el despertar denunciaba la demencia humana del hambre, el oscurecer promulgaba lo inútil del vestir.  Respirar satisfacía lo necesario.  El alimento y la ropa le hurtaban al mundo sus recursos, cada vez más escasos.  Certeros de su elección, el retorno a lo natural concluiría el nuevo ciclo cósmico.  De la revolución verdadera nacería una nueva humanidad, desnuda y saciada de aire.

Los certeros azares del destino dictaban diferentes maneras de proceder.  Por el divorcio, las hembras criaban en la distancia, mientras los varones se imbuían de razón, filosófica o política.  El mundo se reproducía en el saber y en la lucha social, más que en la progenie.  El mayor creía en la lectura de textos complejos que explicaban los motivos mundanos.  Se recluía a descifrar pesados mamotretos que cuestionaban toda idea recibida del sentido común, incluso la del trabajo.  Recluido en una oficina o aula, la conciencia se sometía a la institución.  Rehuía la abstracción y se alienaba en el trajín absurdo de cada día.  Profesaba la revolución del pensamiento.  El menor se afiliaba a la causa guerrillera.  Su disciplina estricta lo obligaba a solicitar permiso en los asuntos más íntimos como el amor.  El sentimiento burgués del individuo lo superaba un voto de obediencia al colectivo.  La conducta íntegra desterraría a quienes se desviaran de la doctrina auténtica.  En cuanto a F. T., sólo le quedaba proseguir el trayecto del microbús con la mirada atenta a los matorrales que inundaban la carretera.  Y al polvo que levantaba la ventisca.  El mismo polvo sembraba de olvido los pinares en la montaña.  Por igual desdén, en Apiztán, crecían los cocoteros y la nieve en flor de los cafetos.

Cada miembro del grupo ofrecía una doctrina distinta.  Tan dispar que más valía reunirse con quienes compartía su visión que visitar la familia.  “Sólo los fresas asisten a esas fiestas”, F. T. había escuchado el veredicto.  No le asombraba que la familia se extinguiera.  Tantas utopías en disputa sólo se juntarían en la riña.  El pacto íntimo lo había roto la dispersión de creencias infalibles.  Los burgueses leían la Biblia, asistían a misa y se ocupaban de los negocios.  Los hippies recitaban libros orientales y experimentaban nuevas formas de éxtasis.  Los filósofos estudiaban libros densos que los canteados jamás entenderían y los militantes urgían el cambio radical de estructuras, inspirados por un nuevo Evangelio.  A cada quien un ideal distintivo, cuyo resultado inmediato lo mostraba la disolución.  Casi todos emigrarían antes de establecerse el reinado de la verdad única.  La realidad de su palabra desterraría las demás fuera de la comarca del origen.  “Hacia un mundo feliz en el terruño”, discurría, mientras acostado en el microbús recibía suero y sangre.  Por unas agujas que, insertas en su cuerpo enfermo, le inscribían el adiós de un mundo familiar ya en desalojo.

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