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La “voz de los sin voz” resucita para el mundo

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El desaparecido Arzobispo de San Salvador, sovaldi sale Oscar Arnulfo Romero, “resucitará” mañana, sábado, ante más de 285 mil feligreses, Jefes de Estado, Presidentes y altos funcionarios religiosos y de gobiernos del mundo, en un acto de Beatificación que marcará para siempre la historia reciente de El Salvador, empobrecido país donde el finado sacerdote se convirtió en la “voz de los sin voz”.

Nacido en el seno de una familia campesina pobre el 15 de agosto de 1917, en Ciudad Barrios, rico municipio cafetalero en el norte del oriental departamento de San Miguel, Romero se convirtió en los 70 en el caudillo que denunció la marginación, represión y los crímenes contra una clase social que por decenios fue alimentada con “chengas” (tortillas de maíz grandes), salpicadas con frijoles en bala y sal, sin acceso a educación, ni salud, ni a un techo digno.

Los hijos de los colonos, cuyas barrigas estaban colmadas de lombrices, que parecían pequeños volcanes,  habrían sido la fuente de inspiración de Romero para defender con valentía desde el púlpito a los más necesitados, luego de ser ordenado como sacerdote por El Vaticano, el 4 de abril de 1942.

Durante 20 años consecutivos, desde 1944, en plena II Guerra Mundial, Romero inició su actividad pastoral en la ciudad de San Miguel y, por primera vez desde su ordenación sacerdotal, decidió visitar el 4 de abril del mismo año su natal Ciudad Barrios, bordeada de exuberantes montañas y manantiales. El sacerdote, muerto de un certero disparo al corazón cuando oficiaba misa en un hospital para cancerosos en el noroeste de San Salvador, fue seguido por miles de salvadoreños, mayoritariamente pobres, ávidos por conocer las matanzas de civiles, opuestos o no al régimen, a manos de los ultraderechistas “Escuadrones de la Muerte”, los que lo mataron.

Las iglesias donde ofrecía sus sermones se habían convertido en la radio, la prensa y la televisión salvadoreños, medios de comunicación que se habían hecho cómplices de las matanzas perpetradas por el Estado y la clase dominante de la época, por ocultar en los 70 el genocidio de campesinos, obreros y profesionales opuestos al régimen.

Es mas, Romero fue blanco del ataque de esos medios de comunicación, que con su beatificación buscan limpiar su imagen al ofrecer al público en sus portadas sendas fotografías y la historia del “obispo mártir”.

Pero el ímpetu de sus denuncias sociales tuvo mayor resonancia en la Catedral Metropolitana de San Salvador, cuando el 27 de mayo de 1977, tomó posesión de la Arquidiócesis de San Salvador, luego de haber fungido como Obispo Auxiliar de la capital, entre 1970 y 1974, y dejar su cargo como Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES), el que ocupó desde 1967 a 1974. Aunque desde ese último año Romero había estado fungiendo como Obispo de la Diócesis de Santiago de María, otro rico municipio cafetalero en el otrora “Granero de la República”, el departamento oriental de Usulután, donde pese a la opulencia en que vivían los acaudalados, los labriegos carecían de condiciones mínimas para una vida digna.

Fue la tarde del 24 de marzo de 1980, solo cuatro años después de haber asumido la Arquidiócesis de San Salvador, en que los mismos acaudalados que lo habían propuesto ante El Vaticano para fungir como Arzobispo de San Salvador, decidieron eliminarlo para ocultar la cruda represión a la que estaba siendo sometida la población pobre de El Salvador. Los nombres de los responsables del magnicidio, sin embargo, salieron oficialmente a la luz 12 años después, con la firma de los Acuerdos de Paz del 16 de enero de 1992, que pusieron fin a la guerra civil que dejó más de 75 mil muertos, más de 7 mil desaparecidos y millonarias pérdidas económicas a esta pobre nación. El Informe de la Comisión de la Verdad, creada por los compromisos pacificadores, responsabilizó del crimen de Romero al difunto ex mayor del ejército, Roberto d´Aubuisson, fundador de la ahora opositora ARENA, y un grupo de oligarcas.

“Existe plena evidencia de que el ex mayor Roberto d´Aubuisson dio la orden de asesinar al Arzobispo y dio instrucciones precisas a miembros de su entorno de seguridad, actuando como ´Escuadrones de la Muerte´, de organizar y supervisar la ejecución del asesinato”, reza parte de las conclusiones del documento elaborado por el organismo de la ONU.

Agrega que “los capitanes Álvaro Saravia y Eduardo Ayala tuvieron una participación activa en la planificación y conducta del asesinato, así como Fernando Sagrera y Mario Molina”.

También reseña que “hay plena evidencia de (que) la Corte Suprema (de Justicia)  asumió un rol activo que resultó en impedir la extradición desde los Estados Unidos, y el posterior encarcelamiento en El Salvador, del ex capitán Saravia”.

“Con ello se asignaba, entre otras cosas, la impunidad respecto de la autoría intelectual del asesinato”, se añade en el informe de la ONU.

Sin embargo, desde 1990 se inició en El Vaticano el Proceso de Beatificación de Romero, por medio del sacerdote salvadoreño, Rafael Urrutia, mismo que fue bloqueado por su Santidad Juan Pablo II, pero que fue abierto en 2013 por el sacerdote jesuita argentino, Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco.

El Sumo Pontífice suramericano consideró que en el Proceso de Beatificación de Romero “no hay impedimento alguno” y, el 3 de febrero pasado, declaró al religioso salvadoreño “mártir” de la Iglesia Católica “por odio a la fe”, con lo cual no se necesita de milagros para su beatificación. El 11 de marzo de 2015, el presidente del Consejo Pontificio para la Familia, Vincenzo Paglia, anunció en la capital salvadoreña que la Beatificación de Romero será el 23 de mayo en San Salvador, ceremonia que será presidida por el Cardenal Angelo Amato, Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, para devolver la “vida”, aunque nunca murió en el corazón de miles de salvadoreños, a la “voz de los sin voz”.

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