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La tragedia aguacatera 

 

Javier Alvarenga,

Escritor

Mi hocico se endurecía al paso del tiempo, mis ojos vidriosos se resecaban a cada ráfaga de viento que producían los vehículos que pasaban. Mi trémula piel dejo de vibrar en el duro concreto, en el que, ya hacia mi cuerpo patas arriba, el frío de la madrugada ya no producía ningún efecto en mí; ya ni el excesivo dolor era un problema, veía tenue, todo estaba de cabeza, veía el mundo al revés; el hermoso amanecer de destellos dorados explotaba sobre mis tiesas pezuñas. “¡Todo estaba perdido!” Pensé, mientras trataba de usar mi olfato, hasta mi húmeda lengua me había abandonado. Ya nada importaba, la vida de perro había llegado a su fin, ya ni mi juguetona cola me pertenecía. La mala intención del vehículo que acelero, cuando vio mi descuidado cuerpo en la calle, había logrado su objetivo, su nefasta intención había provocado una lenta y tortuosa agonía, a la que, en mis primeros aullidos exigía al perverso destino que acelerara mi camino a aquel lugar que todo envuelve en su oscuro silencio. Al fin y al cabo, un perro de la calle no espera un mejor mañana, en nuestro pelaje pelado de piel adherida al hueso raquítico, ya viene el gen maligno de la tragedia. Como le ocurrió a mi hermano Nerón, perro huesudo de piel atigrada, pulgoso y jiotoso, pero de colmillos duros, listos para gruñir al asecho repentino, valiente y esforzado. Pero esa tarde cruel envuelta en odio, ni sus puntiagudos colmillos lo salvaron de morir apedreado, las rocas destrozaron sus huesos y tendones, pero el ladrillo rojo de barro cocido estallado en la cabeza, fulminó su perra existencia, sus ladridos envueltos en llanto sonaron en toda la cuadra, mientras se despedía lentamente, como no queriendo irse entre el flujo rojo que se desparramaba en el duro concreto. Quizás por eso, lo recordé hoy, ya que, hoy soy yo, el que se encuentra expuesto a este cruel pavimento. Recordé muchas situaciones, recordé mi cachorra infancia, en la que saltaba alegremente por todas partes, como un can ingenuo y feliz, ya que desconocía la maldad que habita sobre esta tierra, la que fui conociendo poco a poco bajo las experiencias propias, que me demostraron que no había nada bueno en este universo para un chucho aguacatero como yo. Y el fin demostró que tenía razón. Lo tenue se volvió oscuro, el ruido cesó, el crepúsculo se perdió en mi vista seca y tostada, me alejé de mi existencia, me abandoné obligatoriamente para llegar a otro lugar, en el que, no había humanos, la paz llegó.

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