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LA RESTITUCIÓN DE LAS PALABRAS EN LA POESÍA DE CARLOS RODRÍGUEZ

 

ÁLVARO DARÍO LARA

En los primeros meses de 2020, antes de la pandemia, conversé bajo el almendro de la Casa de la Cultura de San Salvador con Carlos Rodríguez después de años de no vernos. Fue frente a una pila de libros, que ofrecía al curioso lector, ese gran salvadoreño que era don Jorge Alberto Ramírez, cuyas conversaciones, cuyas pláticas tan cordiales, cuyas manos tan generosas, recordaré por siempre.

Allí, si la memoria no me traiciona, Carlos Alberto me entregó unas páginas fotocopiadas. Eran su poemario “Espacio en el Oleaje”. Tiempo después, inspirado en sus versos, publiqué en un medio digital, Radio Voz, en mayo de 2020, un artículo titulado “La poesía no es un espectáculo”, donde enfatizaba sobre el misterioso trabajo de los poetas, y sobre la importancia de conservar la disciplina y el silencio creador, como condiciones indispensables de la auténtica faena literaria, fuera de la luz enceguecedora de los reflectores.

En octubre del año pasado el también poeta y editor Antonio Teshcal de Agüero Editores me daba la buena nueva de la impresión del libro de Carlos Alberto, nuestro sembrador agrario y estelar, nuestro apasionado grabador, nuestro pájaro y pez.

Con esa publicación, Agüero Editores lanzó su segundo volumen en el género poético. El grabado de la cubierta, una obra notable de gran belleza, salió de las manos del extraordinario artista Andrés Torres; y el trabajo editorial fue obra de Antonio.

Ahora, en este cálido y lluvioso marzo de 2022, me entero que nuestro autor ha obtenido Mención de Honor en el Primer Premio de Poesía, “Alfonso Kijadurías”, y no puedo menos que reconocer que su palabra camina segura, como seguro es su talento de hombre transparente y sencillo.

Cuando Saramago, el gran escritor portugués, visitó El Salvador, en 2005, ofreció ante un multitudinario público, unas palabras impresionantes y sencillas, que opacaron a dos presentadores de ocasión, que se volvieron fantasmales, frente al gran narrador.

Hablando de sus orígenes campesinos, Saramago evocó esa noche, a su abuelo Jerónimo, quien tenía un vocabulario limitado a unas cuantas palabras, que por lo general tenían que ver con su oficio de criador de cerdos. Pero decía, el emocionado Saramago, de esa noche, que, con esas palabras, su abuelo se sabía expresar, se sabía comunicar; con esas pocas palabras, su abuelo hablaba sabiamente. Ahora, afirmaba, disponemos de millones de palabras, pero ya no nos comunicamos. Son, indudablemente, las grandes paradojas del mundo contemporáneo.

Estas ideas fundamentales en Saramago no sólo alimentaron su vida y su obra, también se evidenciaron en su permanente homenaje a la memoria de su abuelo y abuela, y en su discurso de aceptación del Premio Nobel, ante la Academia Sueca, en 1998.

Con pocas palabras: mar, pez, pájaro negro, tierra, espuma, río, arroyo, marea, regurgitar, piedras… Carlos Alberto Rodríguez edifica su poesía; nos devela su mundo esencial, que en este poemario atraviesa tres momentos: Puntos de fuga, Primera Ola, y Espuma y Retorno.

Leyéndolo he recordado, por instantes, al extraordinario artista Benjamín Saúl, en su olvidado libro “El Escultor”, por aquello de la predilección por el mar y los extraños mundos de la materia. Evoco al Saúl del Monumento al Mar, cuando escucho a Carlos Alberto decir:

“Y como llevo el sol/también guardo la noche de su altura/que es sólo reducción/de la materia atada. /Aquel grito del pez/nadando en los imperios de la duda/ diciéndome: «no ves/lo cierto, como siempre, esto se acaba»”. (Punto de fuga, poema 5).

 

Su alusión a los orígenes mesoamericanos, a la simbología de las cuatro esquinas del universo, se manifiesta. Es el cuatro, el número cuadrangular y místico:

“Este pájaro, mi pájaro, /me acompaña de la mano con mi jaula. /Cuatro rumbos veo, /y ahí, donde vive nadie, /muy solo me escucho/y truena/lo que ardiendo de mí/se precipita. /Cuatro rumbos /donde arden nuestras altas escalas /al parir su fuego las raíces. /Fuego primitivo dilatando mi lastre, /me lleva por agua fósil /de la cúspide al basamento”. (Primera Ola, poema 4).

La atmósfera fatal, de un dolor de siglos, el recuerdo de la oscura sangre de Miguel Hernández, me asalta, cuando leo al poeta Rodríguez: “Detalles del mar./ El pájaro negro cruza la ola. / Tengo los ojos abiertos de la vida/ y los ojos abiertos de la muerte. / Cuando la marea baje/ y la piedra quede expuesta /podrás descubrir mi secreto”. (Espuma y retorno, poema 2).

Los visos surrealistas, refulgiendo en estas marinas de bodegón: “Retorno de la ola. / Viaje al origen que es infinito. /El caracol que lee /por primera y única vez su trayecto, /esa caparazón de un ayer/ sin ahora, /la espiral de algas /confundida en la mesa”. (Ídem, poema 6).

El discurso de lo sabio y sencillo: “Las cosas simples, grandes e inefables, / son como el mar. /A él le pertenecen. /Ahí tienen su espacio:/ ese reloj de oscilaciones /que obstinadamente se consulta”. (Ídem, fragmento del poema 10).

Y finalmente, una poesía que celebra la hermandad. Por eso su canto último está dedicado a sus amigos de siempre: Antonio y Carlos Teshcal: “Ahora el punto de encuentro/recupera la vitalidad de sus ruidos. /Escucho, Antonio, tu ardor/ de finas maderas/ en el corazón del bosque, / la flecha de tu alto espíritu/que se acerca en amorosas ondas. /Escucho, Carlos, / tu vuelo con lucidez/golpeando cadencioso/ la tensa piel de la luna/ que cierra el cilindro de la noche. / Nocturna tambora removiendo el mundo. / Variado ruido de nuestra gente. /Mar tañendo Teshcal. /Irregular línea del caos /donde la poesía es oleaje/ de amistosas llamaradas”. (Ídem, poema 11)

 

Carlos Alberto, con buenas dosis de sabia parquedad, dejos surrealistas, y un ritmo muy propio de su temperamento realiza el milagro de la restitución de las palabras; revela el arcano profundo de las cosas sencillas, nos trae mucha agua fresca para que corra, nuevamente, entre nuestras manos.

Creo firmemente, que la franqueza y calidad poética de la obra de Carlos Rodríguez, viene a proseguir augurándonos, que aún hay esperanza para las letras y para la vida, en esta hermosa y cruel región del mundo, en este Cuscatlán de los misterios.

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