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La oficina de la cuarta planta

Mauricio Vallejo Márquez

Escritor y Editor

suplemento Tres mil

La primera vez que lo vi no recuerdo de donde veníamos. Pero era seguro que fue para una actividad del Colegio Cristóbal Colón que nos obligó a caminar sobre la Gabriela Mistral o quizá fue en los pasillos del colegio cuando cursaba tercer ciclo, en la mítica cuarta planta donde estaban los últimos años de bachillerato. Era un tipo blanco, cabello castaño, con bigote estilizado y con una autoridad emitida y ganada (porque la gente le tenía respeto). Un individuo que traspasó su autoridad de maestro y coordinador de bachillerato para convertirse en mi amigo y con los pocos con los que disfrutaba conversar. Hablo del doctor Edgar Ernesto Ábrego Cruz.

Para los que me conocen no es ningún misterio que mi paso por el bachillerato fue confuso y turbulento. Terminaba de leer libros y materiales antisistema y me sentía fuera de sintonía con el orden, en esas fechas les di fuertes dolores de cabeza a casi toda mi familia. Sobre todo  en mi segundo año cuando por cosas del destino reviví la barra del colegio y me convertí en el Jefe de jefes. Un poder inentendible porque me traía serios conflictos con la autoridad, pero coherente en mi anarquía y en la simpatía de buena parte de los estudiantes. Estaba más ocupado en experimentar la libertad, el caos y el descontrol que en Matemáticas, Física, Química, Biología y otras asignaturas abstractas a las que no le encontré el sentido como  sí pude a Ciencias Sociales y Lenguaje y Literatura.

Lo confieso, era (soy) un rebelde. Pero, en ese caos de 1997 encontré la voz de la razón y mucha comprensión en la oficina de Ábrego, lástima que no pude aplicar muchos de sus consejos. Ese profesor sabía escuchar y darse a querer con toda su franqueza para ver la vida y explicarla, me enseñó mucho de ética y de filosofía solo conversando. Así como hizo Sócrates y hasta relataba pasajes que le gustaban en los libros que leía.

Yo continué mi año de desórdenes y tuve que aplazar grado, el padre Fito (el director) no recordaba con mucho agrado una travesura que hice en la celebración de despedida de bachillerato, así que mi única alternativa era aplazar y yo no estaba dispuesto a hacerlo de nuevo en ese colegio. Esa decisión que me vi obligado a tomar me dio una gran lección, el conocimiento no está en el sistema sino en la búsqueda. Decidí irme al Colegio Cerén y ahí me gradué de bachiller en 1998. Lo único que extrañé de verdad fue conversar con Ábrego, casi todos los días estaba en su oficina por el gusto de conversar con él, por lo que de vez en cuando lo llegaba a visitar. Llegaba con el uniforme del Cerén, y su oficina siempre estuvo abierta.

Cuando comencé a publicar mi obra literaria en 1999 lo llegué a buscar y me daba aliento para construirme, así como recomendaciones. Así como lo hizo mientras estuve en bachillerato. Con el tiempo y las mareas de la vida me perdí un par de años, creo que cuando laboraba para El Diario de Hoy. Después pasó lo impensable, en el Cristóbal despidieron a los mejores profesores que tenían, poco a poco los fueron quitando, a Seño Raquel Rodríguez que es hasta la fecha la mujer que más me ha enseñado sobre realidad nacional e incluso fue maestra de mi papá en el Inframen; después el profesor Carlos Zepeda, un individuo genial e imprescindible que también sabía tratar a los jóvenes y fue el subdirector de primaria en una breve estancia de mi hijo en ese colegio; y muchos más. En esa injusta depuración se fue el gran Ábrego y le perdí la pista por veinte años, como si yo hubiera estado en prisión. Como siempre he sido complejo, no toqué las puertas adecuadas para encontrarlo hasta que el destino me condujo a Silvia Navas en un diplomado del CONACYT, ella me facilitó el número de su celular. Así la casualidad se encargó de dejarnos ver, y mientras almorzamos vi el inconfundible caminado de Ábrego pasar frente a mí. Le dije a Silvia, y ella le llamó por teléfono. En un par de horas nos reunimos. El tiempo se detuvo al volver a verlo. Es el mismo, el amigo que me enseñaba de la vida y me aconsejaba. Sería extenso contarles la conversación. —Sin embargo, tú, Ábrego, que no te perdés nunca esta publicación la sabés bien—. Al despedirnos, con un abrazo me dijo que su oficina siempre estaba abierta para mí, como esos años en que comenzamos a volar y que él fue una parte fundamental para que su servidor siga escribiendo. Gracias, Señor Ábrego.

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