Por: Luis Rafael Moreira Flores
El pasado 25 de enero, las calles de San Salvador no solo fueron el escenario de una movilización social; se convirtieron en el campo de batalla de una guerra ideológica. Mientras el discurso oficial se empeña en pulir la imagen de un país «renacido», “limpiado” y listo para el catálogo turístico internacional, miles de voces recordaron que los Acuerdos de Paz no son un papel quemado en la historia, sino el cimiento de una democracia que hoy respira con dificultad bajo el peso de un estado de excepción permanente.
Sin embargo, para entender el éxito de esta jornada, no basta con contar cabezas. El verdadero impacto no reside en la aritmética de la masa, sino en la ruptura de la estética gubernamental. Al gobierno no le asustan los gritos; le aterra que la fotografía perfecta de su «zona de propaganda» sea intervenida por la realidad de quienes exigen justicia.
El epicentro de la movilización fue estratégico: el Centro Histórico. Este cuadrante ha sido transformado en los últimos años en la joya de la corona de la comunicación oficial. Luces LED, cableado subterráneo y fachadas neoclásicas restauradas sirven como telón de fondo para una narrativa de orden y prosperidad. Es, en esencia, la única zona de propaganda turística donde se permite la ilusión de un El Salvador que ya es parte del «primer mundo».
Pero cuando la marcha del 25 de enero desemboca frente a la Biblioteca Nacional (BINAES), la escenografía colapsa. El contraste es brutal. Por un lado, la pulcritud del vidrio y el acero; por el otro, las mantas que denuncian capturas arbitrarias, la persecución sindical y el alto costo de la vida.
«Al gobierno no le molesta que marchemos; le molesta que arruinemos su ‘feed’ de Instagram. Les molesta que el turista que viene a ver la biblioteca tenga que leer que aquí hay gente buscando a sus hijos», comentaba una joven manifestante mientras la multitud ocupaba las gradas del recinto.
El éxito de la presencia constante
Un punto de análisis fundamental es el fenómeno de los «luchadores sociales» que han sostenido más de 33 jornadas consecutivas de vigilia y denuncia. Estos grupos han comprendido algo vital: la periodicidad afecta más a la política de apariencia que una gran marcha aislada.
Mantener los casos polémicos del gobierno en el centro de San Salvador, noche tras noche, genera una «mancha» persistente en el lienzo oficial. Es una molestia que el aparato estatal no puede reprimir fácilmente ante la mirada de la comunidad internacional, que camina por esas mismas calles atraída por la narrativa del bitcóin y la seguridad.
Para que la oposición y las organizaciones sociales logren un avance real, el llamado debe ser a la unidad en la acción coordinada. No se trata de competir por quién convoca a más gente, sino de saturar el espacio público con una periodicidad que impida al gobierno retomar el control total de la narrativa visual. Si las gradas de la BINAES se llenan y la calle frente a ella se satura de conciencia, la acción es un éxito rotundo. Se ha roto el monopolio de la imagen.
Las «luces y los cohetes»
El Salvador vive una era de falsa alegría manufacturada. El gobierno utiliza espectáculos, fuegos artificiales y eventos de talla mundial para adormecer la memoria histórica colectiva. Se nos dice que los Acuerdos de Paz fueron una farsa, intentando borrar el único momento en que los fusiles callaron para dar paso a la política.
No obstante, la movilización de este 25 de enero demostró que hay un sector de la ciudadanía que está perdiendo la ilusión de las luces. La «conciencia de las mentes y los corazones» es el único antídoto contra la propaganda. Cuando una madre de un detenido bajo el régimen de excepción camina por el centro, su dolor tiene más peso que cualquier espectáculo de drones.
El horizonte común
El análisis para las organizaciones sociales es claro y urgente: “la estética es política”. En un régimen que ha apostado todo a la construcción de una fachada impecable, la ocupación del espacio «turístico» se revela como la herramienta más potente para visibilizar la crisis de derechos humanos. No se trata simplemente de marchar, sino de intervenir el escenario que el poder utiliza para su validación internacional. Cuando las mantas de la oposición se abren frente a las luces oficialistas, se produce un cortocircuito en la propaganda que ninguna campaña de relaciones públicas puede reparar fácilmente, pues expone las costuras de una realidad que el gobierno intenta desesperadamente ocultar tras el vidrio y el concreto.
Una presencia constante de grupos pequeños en puntos estratégicos, como ha quedado demostrado con las “vigilias permanentes en defensa de la vida” (jornadas nocturnas en el corazón de la capital) resulta mucho más difícil de gestionar para el aparato estatal que una gran movilización anual. Se trata de una disputa de narrativa contra narrativa; es necesario seguir rescatando el significado de la paz y la justicia, alejándolos de la etiqueta de «estorbo» que el oficialismo pretende imponer. Mientras existan personas dispuestas a llenar de contenido el vacío de la propaganda, la «zona de lujo» de San Salvador será el espejo astillado de una realidad opaca.
La unidad en la acción no exige que todas las organizaciones piensen igual, sino que golpeen juntas. La estrategia colectiva debe ser un tejido donde la periodicidad y la estética se encuentren para desgastar la apariencia de control total. Al final del día, la plataforma de lucha más efectiva es aquella que logra que el ciudadano común, al caminar por el Centro Histórico, ya no vea solo las luces de neón, sino que sea capaz de ver la fuerza de un pueblo que ha decidido no ser invisible.
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