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La desigualdad invisible

José M. Tojeira

Cuando la desigualdad parece natural, se hace invisible. Y al invisibilizarse, automáticamente se multiplica y expande. Por eso es imprescindible denunciarla, mostrarla y demostrarla. Hace muchos años ciertas desigualdades parecían naturales y por eso resultaban invisibles. La conciencia crítica, la reflexión y el avance hacia los derechos humanos, la proclamación de los mismos, nos han ayudado a ver la irracionalidad de muchas desigualdades. Las desigualdades en derechos de hombres y mujeres, negros y blancos, adultos y niños que hace años se veían como naturales, hoy se consideran absurdas e incluso delitos. Pero continúan toda una serie de desigualdades que en ocasiones se defienden o en otras se ignoran y se ven como naturales. Y por lo mismo las mantenemos. Contemplar algunos casos de desigualdad injusta, desde los más estructurales a los más inmediatos del diario vivir nos puede ayudar a ser más críticos.

Hay derechos que son universales; por tanto deben ser respetados por el Estado y protegidos con igualdad. Pero en el caso del derecho a la salud el Estado mantiene varios servicios desiguales. El hecho de que veamos natural que unos vayan al Seguro Social y otras a la red del Ministerio de Salud, hace que se mantenga una profunda desigualdad en un servicio que debía ser igual, dado que corresponde a un derecho básico igual de personas iguales en su dignidad. Ni los médicos hoy se pronuncian con claridad al respecto, cuando hace algunos años eran bastante conscientes de lo perverso, desigual y antinatural que es nuestro servicio público de salud. Si tomáramos el sistema de pensiones, basta con advertir que el 80 % de la población en edad de jubilación no tiene derecho a pensión. Y no es porque no hayan trabajado, sino porque hay trabajos que el Estado es incapaz de proteger. ¿Nos parece natural la incapacidad del Estado a la hora de proteger derechos básicos y universales? El sistema de pensiones nos dice que si.

Otros aspectos pueden ser más coyunturales. Cuando la Asamblea Legislativa eligió al actual Procurador de DDHH un diputado dijo que, dado que era juez, era natural que tuviera en su actuar acusaciones pendientes en contra. Y que más allá de todo había que darle la presunción de inocencia que estipula la Constitución. ¿Es natural que la acusación de prevaricato no tenga nada que ver con los derechos humanos? Y además queda pendiente de si los diputados le dan la misma presunción de inocencia que al procurador, y la defienden con la misma fuerza, a los que son capturados en redadas masivas y con un solo testigo.

Nos parece natural exigir la presunción de inocencia ante la imputación de delitos de cuello blanco, pero no respecto a los acusados que son personas pobres o vulnerables. Parece que los enemigos de la “lucha de clases”, al final terminan no solo reconociendo que hay clases, sino iniciando ellos la lucha contra los pobres. Por supuesto, estos que reparten la presunción de inocencia a su antojo, se incluyen ellos mismo en la clase  con privilegiada presumiendo de una inocencia con frecuencia muy sospechosa o simplemente disfraz de impunidad. Especialmente los diputados no dudan en elegir para sus comités de ética parlamentaria a amados compañeros que o bien le han disparado borrachos a una mujer policía, o bien han estado involucrados en generosas donaciones cuya utilización lo menos que ha sido es turbia. Que haya circulado con toda naturalidad que un encubridor de crímenes de lesa humanidad pueda llegar a la presidencia de la Asamblea Legislativa es otro dato interesante de lo que llamamos desigualdad invisible.

Los partidarios de la fuerza bruta, del amaño y de la manipulación suelen odiar a los intelectuales o a quienes tienen conciencia crítica. Cuando pueden ponen a su servicio aduladores disfrazados de intelectuales o a charlatanes gritones, creyendo que la crítica reside en el volumen chabacán de los epítetos. Pero cuando hacen eso, el tiro suele salirles por la culata, porque la tergiversación de las palabras y el griterío irracional no hace más que revelar las pretensiones de superioridad de quienes desean ocultar la desigualdad con gritos o discursos. Y eso hace visible la desigualdad.

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