Página de inicio » Opiniones » Haití: Entre la condena histórica, la dignidad negra y la ilusión del salvador externo

Haití: Entre la condena histórica, la dignidad negra y la ilusión del salvador externo

Por: Luis Rafael Moreira Flores *

La tragedia de Haití no es un accidente del presente, sino el desenlace de una herida histórica que nunca se permitió cicatrizar. Mientras los titulares internacionales observan con espanto el colapso institucional y el dominio territorial de las pandillas en Puerto Príncipe, la mirada superficial suele obviar las raíces profundas de la crisis: un castigo estructural impuesto hace siglos a la primera república negra e independiente del mundo y la incomprensión sistemática de su rica identidad cultural.

La génesis de la exclusión, colonización y reparto territorial

Desde la conquista europea, la isla de La Española fue convertida en un laboratorio de explotación sistemática y trabajo forzado. Tras el exterminio acelerado de las poblaciones originarias taínas, los imperios coloniales recurrieron al tráfico masivo de personas esclavizadas traídas del oeste africano.

A finales del siglo XVII, el Tratado de Ryswick institucionalizó la división de la isla entre dos potencias coloniales: España retuvo el oriente (la actual República Dominicana) e Inglaterra y Francia disputaron el occidente. Finalmente, los franceses se asentaron en el tercio occidental, la colonia de Saint-Domingue. Aunque territorialmente era el espacio más pequeño, Francia transformó este territorio en la colonia agrícola más próspera y lucrativa del mundo globalizado a costa de una violencia implacable, hacinando a cientos de miles de esclavizados en plantaciones de caña de azúcar, café y añil.

El castigo eterno por la audacia de ser libres

En 1791, el pueblo esclavizado de Saint-Domingue protagonizó la primera y única revolución independentista triunfante encabezada por esclavizados en la historia de la humanidad, proclamando la República de Haití en 1804. Sin embargo, la hazaña libertaria se convirtió en la peor pesadilla de los imperios coloniales y de las potencias esclavistas de la época, incluidas Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos.

El castigo geopolítico fue inmediato. Haití fue sometido a un aislamiento internacional severo y a un bloqueo económico que buscaba evitar que el «ejemplo haitiano» contagiara a otros pueblos sometidos. En 1825, bajo la amenaza constante de una invasión militar, Francia condicionó el reconocimiento diplomático de la nación al pago de una astronómica indemnización por «la pérdida de sus propiedades y esclavos». Esta deuda ilegítima, contraída bajo extorsión, asfixió las arcas del Estado haitiano durante más de un siglo, hipotecando su desarrollo social e infraestructura básica y condenando al país a un espiral histórico de pobreza y dependencia financiera.

La fe como resistencia y la herida cultural e incomprendida

A la par de la marginación económica, Haití ha sufrido una sistemática exclusión cultural. Las narrativas eurocéntricas han vilipendiado históricamente el Vudú, la fe sincrética que sirvió como catalizador de unidad, dignidad y resistencia espiritual durante la lucha revolucionaria contra la esclavitud.

El Vudú no es la caricatura hollywoodense de magia negra que la mentalidad colonialista ha vendido al mundo, sino un sistema de creencias espirituales y filosóficas profundamente conectado con el cuidado de la naturaleza, el respeto a la memoria de los ancestros y la preservación de las tradiciones orales africanas. Al preservar su herencia cultural intacta frente a los intentos de asimilación, Haití fue encasillado desde el exterior como un espacio «exótico», «irracional» o inaccesible, ahondando la distancia entre su pueblo y los esquemas de intervención extranjera.

Del colapso ecológico y político a la tiranía del crimen organizado

En las últimas décadas, las fallas estructurales del sistema político haitiano, sumadas a la corrupción endémica de sus élites políticas y económicas, han desmantelado la institucionalidad de la nación. A esta crisis política se añade una catástrofe ambiental de dimensiones devastadoras: la sobreexplotación maderera motivada por industrias extractivas y la dependencia energética del carbón vegetal han deforestado más del 98% de la cubierta forestal del país, erosionando los suelos fértiles y multiplicando la vulnerabilidad ante desastres naturales.

En este vacío estatal, la violencia ha tomado el control. Pandillas fuertemente armadas —como la alianza Viv Ansanm o la 400 Mawozo— han tomado el control territorial del 80% de la capital y sus alrededores. La vida cotidiana del pueblo haitiano ha quedado atrapada entre el fuego cruzado, los desplazamientos forzados, el desabastecimiento crónico y el secuestro sistemático como industria financiera criminal.

El espejo salvadoreño y los límites del mesianismo geopolítico

Es en este complejo escenario donde la participación salvadoreña cobra vigencia. La reciente emboscada y secuestro de militares salvadoreños —destacados en la misión internacional en suelo haitiano al ingresar accidentalmente a una zona roja dominada por bandas en Croix-des-Bouquets— deja al descubierto los graves riesgos de exponer tropas a un terreno sin una estrategia clara. Soldados que nunca debieron haber sido enviados a un conflicto urbano ajeno hoy pagan las consecuencias de un escenario donde el combate a las pandillas no obedece a las dinámicas centroamericanas.

Las intenciones expresadas por la dirigencia política salvadoreña de «arreglar Haití» bajo el argumento de reproducir el modelo de seguridad local desconocen radicalmente la complejidad de una sociedad con una historia, cultura e idiosincrasia completamente distintas a la nuestra. El intento de importar fórmulas punitivas a un país sin tejido judicial operativo, sin registros civiles unificados e inmerso en una crisis lingüística y cultural denota un claro analfabetismo histórico.

Este discurso reproduce el viejo mito del «salvador externo» —la clásica narrativa del hombre blanco o del mesías militar que acude al rescate de las naciones empobrecidas— sin entender que los problemas soberanos no se resuelven con voluntarismo geopolítico ni con la imposición de un modelo ajeno. El respeto a la soberanía de los pueblos implica reconocer que ningún actor externo posee una varita mágica o una espada justiciera para saldar, por decreto, deudas históricas de siglos. A pesar de esto, como salvadoreños también esperamos que nuestros compatriotas vuelvan a casa, con sus familias y a sus tareas de proteger la patria.

 

Hacia un apoyo real y respetuoso

Para los salvadoreños, la tragedia de Haití debe ser abordada con empatía, prudencia y un profundo sentido de la solidaridad. La solución al drama haitiano no vendrá del despliegue tropas ni del paternalismo autoritario, sino del fortalecimiento de las instancias multilaterales de cooperación internacional y de un verdadero acompañamiento social.

Haití necesita un apoyo centrado en el desarrollo humano, la restauración de su entorno natural deforestado, el fortalecimiento de su producción local y, sobre todo, el respeto irrestricto a su soberanía, su fe y su Herencia Afrodescendiente. Solo cuando la comunidad internacional entienda a Haití como un sujeto de su propio destino y no como un experimento de intervención, la primera república libre de América podrá salir del exilio histórico al que fue condenada.

*Comité de Afrodescendientes de El Salvador, AFROES.

Ver también

BUKELE AMENAZA A PANDILLAS HAITIANAS. ESE ULTIMATUM TIENE RIESGOS

Compartir        David Alfaro * Riesgo directo para las tropas y rehenes: Introducir un lenguaje marcadamente bélico …