Lobo Pardo fue recordado por sus compañeros en un íntimo homenaje en Suecia
Por Concepción Burgos|Colaborador
VÄSTERÅS, SUECIA.— No hubo grandes discursos oficiales, ni banderas ondeando ante multitudes. No hubo cámaras de televisión ni actos protocolares. Apenas un pequeño grupo de compañeros reunidos en el cementerio de Hovdestalund, en la ciudad sueca de Västerås, el pasado domingo 26 de julio. Sin embargo, pocas ceremonias pueden condensar tanta memoria, tanta historia y tanta fidelidad a una causa como la que allí se vivió.
Había transcurrido un año desde la partida de Arsenio, conocido por generaciones de militantes como Lobo Pardo, combatiente histórico del Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC), quien falleció en Suecia tras una larga vida marcada por la militancia revolucionaria, el exilio y la reflexión política.
En aquel rincón del norte europeo, lejos de las montañas salvadoreñas donde una vez se libraron intensas batallas, sus compañeros volvieron a encontrarse para recordarlo. No era únicamente un homenaje a un hombre. Era también un acto de resistencia contra el olvido.
La jornada comenzó con los acordes de «La Milonga del Fusilado», interpretada por Yolocamba I Ta. La canción, inseparable de la memoria de varias generaciones de luchadores populares, abrió un espacio donde las emociones afloraron sin necesidad de artificios.
Después llegaron las palabras.
Se compartieron anécdotas que dibujaron al Lobo Pardo que pocos conocieron públicamente: el compañero de largas conversaciones, el militante riguroso, el lector incansable, el hombre capaz de combinar la disciplina revolucionaria con un fino sentido del humor. Quienes hablaron no buscaron construir una figura perfecta. Recordaron a un ser humano profundamente comprometido con su tiempo.
También hubo poesía.
Uno de los momentos más conmovedores fue la lectura del poema «A Lobo Pardo», escrito precisamente para el primer aniversario de su partida, un texto que mezcla la nostalgia con una profunda reflexión sobre las derrotas, las esperanzas y las tareas inconclusas de toda una generación.
El poema no idealiza la muerte. Más bien dialoga con ella. Pregunta qué significa partir después de haber entregado una vida entera a una causa colectiva. Habla del exilio, de las guerras, de las derrotas, de la persistencia de la esperanza y de la responsabilidad que permanece sobre quienes continúan viviendo.
No podía faltar la palabra escrita por el propio Lobo Pardo.
Durante la ceremonia fueron leídos fragmentos de uno de sus textos más recordados: «Rufina Amaya ha muerto… ¡Viva Rufina Amaya!», donde rindió homenaje a la única sobreviviente del exterminio de El Mozote. En aquellas páginas, Lobo Pardo escribió con una sensibilidad poco común sobre la memoria, el sufrimiento de los pueblos y la obligación ética de no olvidar jamás a las víctimas de la barbarie.
La lectura de esos fragmentos tuvo un significado especial. Era, en cierto modo, permitir que el propio homenajeado volviera a hablar entre sus compañeros.
Pero la conmemoración no permaneció únicamente en el pasado.
Los asistentes realizaron un amplio recorrido por la historia reciente de El Salvador. Recordaron las luchas obreras, campesinas, estudiantiles y populares; evocaron los años de organización clandestina, la guerra, los acuerdos de paz y las transformaciones que vivió la izquierda salvadoreña durante las últimas décadas.
También hubo espacio para la autocrítica.
Las intervenciones coincidieron en que el rumbo histórico que inspiró a toda una generación de revolucionarios parece haberse extraviado entre los desencantos, las derrotas políticas y el debilitamiento de las organizaciones populares. No se trató de una conversación dominada por la nostalgia, sino por la preocupación sobre el presente.

En medio del intercambio surgió una idea que atravesó prácticamente todas las intervenciones: la historia nunca concluye mientras existan pueblos dispuestos a organizarse.
Los presentes reflexionaron sobre la coyuntura actual de El Salvador, marcada por el autoritarismo, el debilitamiento de las organizaciones sociales, la persecución de dirigentes sindicales y comunitarios y el estrechamiento de los espacios democráticos. Frente a ese escenario, la conclusión compartida fue que la esperanza no puede sostenerse únicamente en la memoria, sino en la capacidad de reconstruir organización, conciencia y proyecto político.
La ceremonia concluyó con otra canción profundamente arraigada en la memoria de la izquierda latinoamericana: «La tumba del guerrillero».
Nadie necesitó explicar el simbolismo de aquella despedida.
Mientras sonaban sus acordes, el pequeño grupo permanecía alrededor de la tumba en silencio. El viento movía lentamente los árboles del cementerio de Hovdestalund, donde hoy descansa quien dedicó buena parte de su existencia a imaginar una sociedad distinta.
Hace un año, al informar sobre su fallecimiento, diversos compañeros recordaban que Lobo Pardo había sido mucho más que un excombatiente. Lo describían como un militante de profundas convicciones, un intelectual autodidacta, un escritor comprometido y un hombre que nunca abandonó la reflexión crítica sobre el destino del movimiento revolucionario salvadoreño. Ese legado fue recordado nuevamente en esta conmemoración.
Quizá el aspecto más significativo del homenaje fue precisamente su sencillez.
No hubo grandes escenarios porque las convicciones profundas no necesitan escenografía. Bastaron unos cuantos compañeros, un libro abierto entre las manos, un par de velas, poemas, canciones y una conversación honesta para mantener viva una memoria colectiva que se resiste a desaparecer.
En tiempos donde la velocidad de las noticias suele sepultar rápidamente a quienes marcaron una época, actos como el realizado en Västerås recuerdan que la historia también se preserva en los pequeños encuentros, en las palabras compartidas y en la voluntad de quienes se niegan a olvidar.
Porque, al final, aquella reunión no fue solamente para recordar a Lobo Pardo. Fue una conversación entre generaciones. Fue una reafirmación de que las ideas sobreviven a las personas. Y fue, sobre todo, la convicción de que mientras exista alguien dispuesto a recordar, reflexionar y organizarse, ninguna causa por la justicia social queda definitivamente sepultada.
En el silencio de un cementerio sueco, lejos de la tierra donde comenzó su militancia, sus compañeros demostraron que el exilio puede separar a las personas de su país, pero no de su memoria. Y esa memoria —como las mejores semillas— sigue esperando el momento de volver a florecer.
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