Zoraya Urbina*
Suena la alarma, te levantas rápidamente, corres al baño, te duchas, te cambias y sales, muchas veces sin desayunar y no porque quieras ayunar, sino porque no te ha quedado tiempo de preparar algo y menos de comer. Si tienes hijas o hijos pequeños, se añade a tu rutina el tener que alistarlos, apresurarlos, acompañarlos.
Te topas con el tráfico, que cada día hace que para muchos, por no decir la mayoría, sea insufrible salir cada mañana. Si manejas, es una jungla en la que conduces; si vas en moto, sorteas cada “obstáculo” a fin de llegar primero y, si vas en transporte público, debes lidiar con apretones, empujones, buses que no quieren parar o que paran donde se les antoje.
Pero, para “estresarte” menos, oyes un podcast, las noticias, música, la idea es que el tiempo pase sin sentirlo.
Así, cada día, entre el ruido, las responsabilidades, los pendientes, los mensajes, los correos, las noticias, las llamadas y las urgencias, transcurre buena parte de tu jornada.
Actualmente, vivimos en un ritmo constante que casi nunca nos permite detenernos, que nos exige estar disponibles, atentos, respondiendo, produciendo, resolviendo, mirando siempre hacia afuera. Son tiempos en los que todo y todos parecen querer nuestra atención, que se ha convertido en uno de los bienes más preciados. Hay cierta tiranía en las notificaciones constantes que demandan ser respondidas “YA”.
Es así que, en medio de ese ruido permanente, hay algo que muchas veces dejamos de lado: el silencio. A veces, porque no nos gusta, porque nos enfrenta con lo que en realidad sentimos o pensamos y, otras, porque ni siquiera somos conscientes de que es necesario.
El silencio no es ausencia, no es aislamiento, ni es egoísmo. Es una necesidad para parar la vorágine que hay en nuestra cabeza. El silencio nos acompaña y nos habla cuando dejamos el teléfono a un lado, cuando decidimos no responder de inmediato, cuando nos damos permiso para simplemente estar.
Nos habla cuando respiramos con calma, cuando dejamos de consumir información, cuando por unos minutos dejamos de hacer y solo nos dedicamos a ser, a estar con nosotras y nosotros mismos.
Sin embargo, nos cuesta. Nos resulta difícil porque hemos aprendido a llenar todos los espacios. Nos cuesta porque nos confronta, porque nos hace detenernos y escucharnos. Nos da espacio para descansar la mente, ordenar las ideas y darle un respiro al alma.
Y no se trata de hacer grandes cambios o de dejar de hacer lo que nos gusta o de no cumplir con las responsabilidades que tenemos. Con pequeños actos, mínimos pero significativos, podemos darle espacio para que nos permita sentir la calma y la paz que nuestras mentes necesitan:
- Para al menos cinco minutos en el día.
- Deja el teléfono al menos una hora antes de dormir.
- No respondas todo de inmediato.
- Regálate momentos sin ruido, sin pantallas, sin exigencias.
Porque el silencio también es una forma de cuidado. Es una manera de volver a nuestro centro, de escucharnos, de recordar que no todo tiene que ser inmediato, que no todo requiere respuesta y que el mundo no se va a acabar porque no veamos las redes sociales o porque publiquemos lo que consumimos o con quién compartimos la mesa.
En el silencio también podemos dar cabida a nuestra creatividad, a las ideas que nunca dejamos salir; esas que, cuando se atreven a asomarse, paramos porque no tenemos tiempo para escucharlas y dejarlas fluir, ya que el hacer, el estar “conectados” en lo virtual (que paradójicamente nos desconecta de la presencialidad) se vuelve necesario para no “quedarse atrás”.
Por eso creo que en este mundo, que constantemente nos pide atención, aprender a detenernos puede ser, también, una forma de resistencia; y es que, quizás, en ese silencio encontremos algo que el ruido no nos permite ver. ¿No te parece revolucionario?
*Puedes encontrar material de la autora sobre mujeres, resiliencia y bienestar en: https://www.youtube.com/@ZorayaUrbina
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