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jueves , 19 octubre 2017
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El pasajero fantasma del museo del ferrocarril (2)

René Martínez Pineda *

Hacía un frío denso y canino similar al que merodea en un ataúd vacío, pilule y aquella tarea de custodiar al pasajero fantasma no era fácil, site pero el General la cumplía con la misma fe con que peleó la guerra contra Honduras. No cesaban de salir de sus labios pestíferos frases cortas en la más pulcra lengua castrense que, por la dificultad para entenderlas, parecían dichas en un alemán originario acompasado en las más crueles flatulencias que un culo genocida puede lanzar. El General estaba al tanto del motivo del viaje, el que coincidía con los rumores populares que hablaban de una resurrección de entre las cenizas. No se hablaba de otra cosa en el país. Su impaciencia iba en subida por la tardanza en el abordaje del vagón presidencial, tardanza que -él lo sabía por su experticia en desapariciones forzadas- afina los ojos y afila el murmullo. Desde el hormigueo del andén oloroso a ropa de domingo y a cemita caliente –la famosa cemita de chucho- un hombre maduro no dejaba de verlos –a los que estaban parados uno en cada lado del estribo- y, para disimular la posta, escondía el rostro en el humo del cigarro con el que espantaba la ansiedad.

Durante un instante reinó un vocinglero sosiego. Luego todo fue un caos con el ir y venir de pasajeros y bultos sin dueño. Afuera, un político se había inmolado en fingido llanto; otro más, con el amparo de un rosario bendecido, había quemado libretas de ahorro y mensajes de texto delatores; las ojeras encapotadas habían perdido bruscamente su gesto de ferroviaria impaciencia; las cautelas militares de lesa humanidad: encrespadas. El pasajero fantasma -¡su comandante en jefe!- de pronto lució sin reveses de salud y hasta se veía más joven. El hombre que fumaba, husmeando en la lujuria del vagón presidencial, había oído parte de la plática. –Me ha salvado usted de la cárcel y de la muerte civil -dijo, el pasajero fantasma, jadeante, temblándole al hablar las comisuras blanquecinas de la boca-. Usted ha salvado, General, el lema patriótico que nos da vida: “el arma más poderosa del hombre libre es el robo”. Estoy en deuda con usted. ¿Cómo honrar el colosal favor de venir a custodiarme? Sacarlo de su frío y recóndito encierro después de tantos años y tanta tierra encima. El General respondió fugazmente porque era un hombre de pocas palabras y muchas balas: -¿y yo cómo olvidar sus dádivas? Sin decir más dio por finalizada la charla y siguió cumpliendo la misión de custodiar al pasajero fantasma que se había exiliado en el vagón presidencial, y allí estaba cumpliéndola con toda la convicción propia de un viejo militar que tiene una oscura carrera en retrospectiva.

-Hoy es lunes –dijo, el General-. Hoy por la noche estará usted en Chiquimula, y el martes por la mañana en Esquipulas, sano, salvo y rico. Eso lo había repetido al menos cien veces. Pero no era el único con afirmaciones monótonas. Las charlas en el andén, antes de la partida de un tren irreal, siempre buscan la seguridad en las palabras rutinarias. –Espero que no tenga planeado regresar, mire que no sé si estaré en condiciones de custodiarlo de nuevo, dijo, el General-. Pues la verdad que ya nada me ata a este país, le respondió, cuando estaba acomodando las nalgas en un banco del bar del vagón presidencial. Abajo, una bocanada de aire helado pasó barriendo el andén del museo del ferrocarril hasta dejarlo limpio de gente y maletas. El hombre que fumaba, sin apartar el ojo izquierdo de los dos que estaban en el vagón presidencial, consultó con el derecho la hora en el reloj de péndulo y números romanos que está colgado a la par de la ventanilla de boletos. Ya casi son las seis y el tren partirá sin que nadie lo detenga, se lamentó en silencio.

Asomándose a la ventanilla francesa que resguardaba la cálida penumbra del vagón, justo arriba del hombre escondido en el humo, el pasajero fantasma hurgó con la mirada el andén para cerciorarse de que nadie lo detendría a última hora y con un dilatado suspiro de alivio se bebió el trago de ron “Captain Morgan” –recibe ese nombre por el corsario del Caribe del siglo XVII, originario de Gales, Sir Henry Morgan. Su eslogan: “¿Hay un pequeño capitán en ti?”- que se contorneaba en su mano. Sólo un desolado andén pobremente iluminado y el ajetreo de los obreros que esperaban la señal de partida de don Rafael, el maquinista, quien se había demorado más de lo usual en la vieja caja fuerte del tren -un armatoste verde, sólido y pesado, de hierro curado, con rodos y seis compartimentos- traída desde New York por el General Martínez, en 1939, para guardar en ella las fotos y archivos de sus infamias. Esta vez resguardaría acciones al portador, tarjetas de crédito sin límite humano y libretas de ahorro de tamaño sideral porque en las normales no caben tantos ceros a la derecha. Al terminar de cerrar la pesada puerta, el maquinista le dio la orden al telegrafista de mandar el aviso de que en cinco minutos partirían, y este corrió a la mesa de madera de dos gavetas donde estaba colocado el viejo y mágico aparato (el original que fue construido por su inventor, Samuel Morse, en 1844) en el que escribiría el mensaje en una indescifrable e inenarrable clave de rayas y puntos: .–. .- .-. – .. — — … –tecleó, frenéticamente. Ya todos los pasajeros estaban sentados en el lugar que la clase social les asignó en la ventanilla de boletos: tercera clase, abordar el vagón color verde-hospital número ES74022. Apúrense a subir. Nunca antes se había visto a personas tan abrigadas y tan cafeteras y tan abrazadas, casi como si tuvieran miedo. Por su parte, la locomotora número 12 se espantaba el frío expeliendo fogonazos de vapor por la nariz. El pasajero fantasma subió la ventanilla y bajó la cortina de seda del vagón presidencial para ponerle un retén al frente frío que desde hacía días reinaba en el país. El encargado del bar se le acercó con sumo respeto y le dijo que iban a partir, que tuviera cuidado de no botar el trago. El pasajero fantasma se despojó de lo que lo esbozaba hasta las cejas y por fin se dejó ver: ¡Qué magnífico ejemplar de los Pipiles!

*René Martínez Pineda
Director de la Escuela de Ciencias Sociales

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