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El odio en las redes

José M. Tojeira

Urge formar en valores en la escuela. Los valores tradicionales, comunicados a través de la familia, los consejos personales y la educación religiosa son importantes. Pero no todo el mundo tiene acceso a ellos. La escuela debe contar con una planificación adecuada de enseñanza y educación en valores. Con una pedagogía moderna, no con la machaconería repetitiva y memorística con la que antiguamente se enseñaban los valores cívicos. Hoy, en un mundo conectado a una información con múltiples distracciones y pulsiones, el saber elegir y tomar decisiones personales se ha vuelto urgente. Nada mejor que el cultivo de los valores, para poder tomar decisiones no solo inteligentes, sino además humanas y decentes.

Porque la indecencia está también en las redes. Y nada más indecente que el odio que con frecuencia vemos en las mismas. Divulgar fotografías íntimas en venganza, insultar a quien no piensa como uno, hacer gala de una agresividad anónima en ocasiones, pero siempre cobarde y maleducada, se está volviendo demasiado frecuente. Recientemente la muerte accidental en carretera del hijo de un connotado político salvadoreño, lanzó a las redes el odio más estúpido que puede tener el ser humano. Y llamo odio estúpido a la actitud de alegrarse con el dolor ajeno. Sobre todo alegrarse con el dolor de un padre al perder a un hijo. Burlarse, agredir o insultar en esas circunstancias es simple y sencillamente enfermedad, sadismo e incapacidad de convivir desde el respeto que merece el sufrimiento humano y que todos nos merecemos.

El odio y la estupidez en las redes solo puede combatirse desde la cultura y la educación en valores. El debate y la participación son positivos. Los signos de odio jamás. Se puede odiar el mal, pero no a las personas. El odio del infecundo, que esconde su amargura con alias para insultar sin miedo o para herir a otros sin responsabilidades, es siempre destructivo. Crea ambiente de desconfianza, de frustración, y extiende un clima de violencia que convierte a la misma violencia verbal en una forma de cultura. Como los insultos en la casa o en la escuela, que rebajan y dañan la autoestima de las personas, al tiempo que impulsan a la violencia como última salida, el insulto en la red favorece una especie clima socialmente agresivo unido a una seria pérdida de valores. Tiene su razón de ser el hecho de que no podamos frenar la violencia delictiva, cuando cultivamos la violencia verbal como si fuera un deporte.

Con toda razón nuestra legislación, ha avanzado sancionando con mayor rigor los crímenes de odio. La ley especial para una vida libre de violencia para las mujeres, o la mayor penalización del feminicidio responden a la necesidad de sancionar los delitos, que tienen formas de odio como sustrato. Pero este odio subcultural que se refleja con cierta frecuencia en las redes, solo puede combatirse con educación. El odio en las redes, al igual que el machismo, el racismo, el antisemitismo, la aporofobia y otras plagas que afectan a la igual dignidad humana, es una especie de caldo nauseabundo, siempre dispuesto a justificar y a alentar la violencia. Frente a ello, el reconocimiento de la igual dignidad de los seres humanos, el respeto a la diversidad de pensamiento y opciones vitales, especialmente el respeto al dolor humano, son indispensables para podernos llamar personas. Enseñar desde la escuela a dialogar, a convivir, a encontrar soluciones inteligentes y pacíficas a los problemas, es básico. Hoy existen ya textos excelentes de educación en valores, que inician a los estudiantes en la discusión y el debate en temas tan básicos para la vida social como la solidaridad, la solución dialogada de los conflictos, los Derechos Humanos o la igual dignidad de todos y todas. Tenemos también en el sector magisterial personas de excelente moralidad y capacidad pedagógica. No hay excusa para no impulsar un proyecto serio de educación en valores.

Lo contrario es dejar expuestos y sin defensa a nuestros jóvenes, frente a un mundo virtual donde el abuso, el odio y la mentira circulan con demasiada frecuencia.

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