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El mito de la academia

Luis Armando González

Con bastante frecuencia, viagra ahora más que nunca, se escucha en diferentes ambientes –sobre todo, en aquellos en los que se toman decisiones relevantes sobre el país y su gente— referencias a  la academia y a los académicos.

“Se tiene que consultar a la academia”; “es importante conocer la opinión de los académicos”;  “la academia tiene mucho que decir al respecto”; “se tiene que convocar a la academia”; etc.  Es decir, se entiende aquí que la academia y los académicos son algo importante; tanto así que no sólo se les tiene que consultar, sino que se debe buscar en la academia y los académicos una legitimidad que no se encuentra en otra parte.

No se dice qué se entiende por una y otra cosa, quizás porque se supone que la academia tiene que ver con las universidades y con centros equivalentes de enseñanza superior; y que, en consecuencia, los académicos (no se escucha decir las académicas) son quienes están adscritos como docentes o investigadores a estos centros de enseñanza superior universitarios y no universitarios.

No hay nada de ilegítimo en la anterior suposición. De hecho, sería insensato no dar a algunas universidades –y a algunos centros de enseñanza superior no universitarios— el lugar que se merecen como espacios académicos relevantes. Y también sería insensato no reconocer que en esas universidades y centros de enseñanza superior no universitarios hay académicos –gente formada académicamente— de primer nivel, comprometida con el saber, la investigación y la enseñanza. Las posturas antiacadémicas –por resentimiento o por lo que sea— no están justificadas desde ningún punto de vista.    

Sin embargo, cuando se lanza una mirada crítica sobre la academia y los académicos es imposible no cuestionarse acerca de si en realidad están a la altura de las grandes expectativas –mediáticas y sociales— que despiertan. ¿No será que se espera demasiado de la academia y de los académicos en El Salvador?  Y esto porque, bien vistas las cosas, estamos ante una academia fuertemente diezmada en sus capacidades de investigación y reducida casi exclusivamente a las tareas docentes; una academia que se maquiliza cada vez más.

La generación de pensamiento, el debate crítico, la producción escrita, el desafío al poder… Estas y otras actividades propias de una academia se han diluido en un ir y venir de muchos de sus cuadros académicos  de una aula a otra –y de una universidad a otra—para cumplir con las horas clase que justifiquen el salario devengado o para llegar a fin de mes –para quienes viven de los contratos hora clase— con un pago suficiente para encarar los gastos familiares básicos.

Una cosa es lo que se espera de la academia y los académicos; y otra muy distinta lo que en realidad la academia y los académicos pueden dar –o están dando—a la sociedad salvadoreña.

Este desfase da lugar a una mitología en la que se lanzan loas a una academia y unos académicos  de los cuales se obvia –o se desconoce— su realidad efectiva.

Decir “academia” suena a algo importante; a ser la cuna del pensamiento y la investigación;  a ser la cuna de la producción intelectual de primer nivel… Pero, ¿dónde están ese pensamiento, esas investigaciones, esa producción intelectual de primer nivel?

Decir “académicos” también  remite a algo importante: a personas formadas académicamente que se dedican a la vida académica –a generar pensamiento, a producir  investigaciones, a publicar estudios, artículos, ensayos y libros,  etc.—, respetadas en sus ambientes de trabajo, tratadas dignamente, con condiciones óptimas de seguridad social y laboral.  Pero, ¿es así? ¿Permite la maquilización hablar de “académicos”, cuando lo que hacen esas personas formadas académicamente es dar clases hasta el cansancio? Claro que no.

A lo anterior se suma, la fuga (o expulsión) de gente formada académicamente de la llamada academia a la que estuvo adscrita. Estamos ante académicos que han abandonado,  por las razones más diversas, universidades y centros de enseñanza superior no universitarios y que han terminado por ubicarse en otras instancias laborales, públicas o privadas,  en departamentos de investigación (o equivalentes), sin renunciar al vínculo con la docencia a través de la contratación hora clase y sin dejar de aportar de manera individual al debate intelectual.

Estos profesionales son, sin duda alguna, académicos: sin pertenecer a lo que usualmente se llama “academia”,  no dejan de hacer trabajo académico y pertenecen por derecho propio a la academia, que debería ser entendida de una manera más amplia.

Esto último con mayor razón en tanto que hay quienes estando en la “academia” no son académicos ni hacen aporte académico relevante alguno, pese a ocupar puestos académico-administrativos, medios y superiores, que lo exigen y que muchas veces sirven para teñir con un halo de importancia (de seriedad con ceño fruncido) “contribuciones”  de muy baja calidad y que vulneran la seriedad y el prestigio de los cargos ocupados.

De tal suerte que, lamentablemente,  el mero hecho de estar en una academia –y peor aún: de ocupar un cargo relevante en ella— sirve a muchas personas de mampara para que se dé por supuesto su aporte académico y para que se obvie la discusión crítica de ese aporte, como sí lo dicho o escrito por esas personas fuera inobjetable y estuviera más allá de cualquier error. Este es un mito grave y pernicioso; un mito que no ha hecho ningún bien al debate intelectual, dentro y fuera de la academia.

Algo sumamente nocivo ha sido la forma cómo algunas de estas personas han silenciado a las voces más críticas dentro de sus academias, so pretexto de que cualquiera en cualquier momento (y con las credenciales académicas mínimas) puede hacer o decir cualquier cosa.

En la academia, este es el camino más directo hacia la mediocridad. Incluso figuras intelectuales con una larga trayectoria y experiencia han sido ninguneadas por quienes, con unas credenciales académicas endebles, han osado defender la tesis de que en el terreno del conocimiento da igual, pues basta y sobra con la buena voluntad (o la petulancia) para decir algo que valga la pena.

En fin, las loas a la academia y los académicos deben ceder su lugar a una mirada más crítica sobre lo que efectivamente son la una y los otros. La academia y los académicos son esenciales para el desarrollo integral de un país. Pero no debe tratarse sólo de etiquetas, sino de realidades. Una academia lo es que porque genera conocimiento, porque investiga, produce y divulga. Porque tiene la capacidad de ser conciencia crítica de la sociedad.

Un académico lo es no por estar en una academia –puede estarlo, lo cual es algo feliz—, sino porque contribuye con su esfuerzo individual al mejor conocimiento de la realidad social y natural; porque participa en el debate de ideas; porque propone conjeturas y trata de contrastarlas con la realidad;  porque hace del conocimiento el propósito de su vida. Lo demás, es mitología académica.

Tomado de L. A. González, Sociedad, cultura y educación. San Miguel, UGB, 2013, pp. 166-169.

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