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El costo de las palabras

EL COSTO DE LAS PALABRAS

Por Wilfredo Arriola

Uno las dice, no obstante los oídos son la frontera a un mundo al que no sabemos cuanta necesidad apremia. Nacen de nuestra boca, se preparan, recorren las autopistas para ser escuchadas, ya ahí, no nos pertenecen, y luego de eso, no sabemos que costo adquieren. Claro, se vuelve a la frase: Nadie de más, qué quien da esperanza, o el significado de la palabra: “llegaré”, “volveré” “lealtad” “confianza”. Hay palabras que se tornan con una identidad que muchas veces, no sabemos la dimensión de lo dicho.

A pesar de que no se ha tenido la certeza de algunas palabras, reposan ahí en quién las atesoró, o recordará a su momento, para bien o para mal. Unas duelen como dagas, otras se quedan rondando en la cabeza, otras piden luego ser escuchadas, hay otras, que sirven para terminar o comenzar algo. El costo, lo paga quién las dice, aunque en numerosas ocasiones lo cobrado no tenga nada que ver por como fueron concebidas. Una palabra mal colocada alteraría un texto, perdería una demanda, no vincularía a alguien para toda la vida, avalaría ordenes crueles, también pudiera abrirle paso a tiempos maravillosos.

El clima de las palabras que aguardan en nosotros para tiempos cruciales reposa en la consideración de la memoria, para que se les abra paso, como cuando se abren las puertas a un toro para entrar a la cancha, otras no, salen con una ceremoniosidad tal cual suben los globos con helio, a paso lento pero decidido, dejándose ver para ser contempladas en su trayecto. Luis Ramiro en la brevedad de unos de sus poemas dicta: “Las palabras que no vas a decirme. Esas son las duras de verdad”. Las que duelen mucho, quedan detenidas para sí mismo, internalizándose entre nuestro pensamiento, guardando la verdad o por lo menos lo que uno nombra verdad. Después de dichas, son letras en mármol, y quedan estipuladas con el titulo de imborrables. El perdón es cliente de las palabras costosas, las que se fueron sin aviso, simplemente partieron adonde querían partir, aun sin pleno permiso de quien las pensó. Para rememorar el dolor, basta el recuerdo de unas palabras, incluso las mismas dichas por otra persona no fueran tan insolentes como otras, pero hay unas en particular que tienen la saña del emisario, y esa combinación es protagonista de un recuerdo lacerante.

El amor será aquella palabra por lo cual todo cobra sentido. La lealtad también, que es la prolongación y la consistencia de una con otra. En la palabra lealtad caben las dimensiones de la entereza y de una conversación consigo mismo para llevarse bien con el porvenir, siendo coherente con lo que se piensa, se siente y se hace. Uno reúne las palabras que tiene, la Biblia en Lucas 6: 26 comenta: 5 “El buen hombre del buen tesoro de su corazón saca bien; y el mal hombre del mal tesoro de su corazón saca mal; porque de la abundancia del corazón habla su boca”. Nos acompañan muchas, algunas se quedarán para siempre, como condena o tesoro, otras serán volátiles y se perderán con el paso del tiempo, las mejores permanecerán ahí, siendo una extensión de lo que decimos con lo que somos. Las palabras, unas salen costosas, otras pagan el resto de la vida.

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