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EL CIRCO DEL IDIOTA DE GABRIEL VELÁSQUEZ

Álvaro Darío Lara

En 1969 un joven escritor tocó a una puerta de un hogar modesto de la Vieja Habana. La calle era Trocadero y la casa correspondía al número 162. Quien habitaba esa casa era un hombre mayor y voluminoso. Un gigante noble, quizás el más grande cubano después de Jose Martí: el gran escritor José Lezama Lima (1910-1976).

Y el joven se llamaba Manuel Pereira (1948), estudiante y periodista. Por esa época aprendiz de poeta, pintor y narrador. Las visitas a esa casa y la amistad que creció entre ambos, posibilitó para Lezama ejercer dos de sus grandes pasiones, además de su propia labor de lectura-escritura y de la comida:  el magisterio con los noveles escritores y el placer de la conversación. Para Pereira fue un aprendizaje, una experiencia maravillosa, que sin duda lo formó sustancialmente. Memoria de esa amistad nos la narra el ahora notable hombre de letras cubano, en su extenso artículo: “El curso délfico”.

En un apartado de esta memoria de Pereira sobre el gran cubano, encontramos lo siguiente: “Con frecuencia yo olvidaba la intriga, el nudo y la trama de las novelas que él me prestaba. Cuando se lo comuniqué, me alivió así: «No se inquiete por eso; lo importante, lo esencial en un libro no es la anécdota sino esa arenilla que se nos queda adentro, pues olvidar es a veces también una forma de saber.» Ese día me recomendó en una dedicatoria: «Ilumínese dentro de la transparencia y oscurézcase como la noche de los vegetales.»”. Y sobre esa arenilla volveré al final.

En octubre del año pasado tuve el gusto de asistir a la presentación de la novela “El circo del idiota” (Editorial Navegando Sueños, San Salvador, El Salvador, 2020, pp. 177) de un joven y talentoso escritor Gabriel Velásquez (1999), que para mi sorpresa tenía ya en su haber los siguientes títulos: “Historias vacías” (cuentos), “El recopilatorio de los indignos” (cuentos) y “Cuestiones” (novela), todos publicados bajo su esfuerzo en 2019.

Prometí ese día a Gabriel una nota al terminar la lectura de la novela, y desde entonces, hasta hace unos días, no había cumplido mi compromiso con su obra.

El mundo literario de Gabriel, como el universo de todo escritor auténtico, procede de una portentosa imaginación y de la apropiación de otras vivencias y de las suyas propias. Naturalmente, la obra no es un calco de la realidad, es una recreación artística de ella, a partir de su instrumento específico, en este caso, el lenguaje. Dotada de la indispensable ficción, la obra alcanza su plenitud no por el tema, sino por su entramado, por su estructura literaria, por su lenguaje.

Dotado de una excepcional capacidad discursiva, Gabriel ha escrito sobre hojas y hojas, trasladando con un imperioso ímpetu, con una urgentísima necesidad expresiva, una historia de muy sugestivos personajes.

El escenario simbólico nos viene dado por un circo. Un circo enclavado en una sociedad del llamado tercer mundo. Es un circo accidentado, pobre, cuyos sugerentes personajes, encarnan la falsa alegría que encubre sus verdaderas vidas de miseria y de infortunio. Vidas accidentadas, rotas, como la humilde carpa que guarece el diario espectáculo de los hombres y mujeres-máscara que salean a arrancar las carcajadas del respetable, mientras el sufrimiento los asola internamente.

Conociendo de estas vidas, de estos personajes, a quienes el escritor echa a andar, he recordado el parlamento del “Mundo” a su “Autor” en “El gran teatro del mundo” del inmortal Pedro Calderón de la Barca (1600-1681), dice el Mundo: “ Autor generoso mío,/ a cuyo poder, a cuyo /acento obedece todo,/  yo, el gran Teatro del mundo,/ para que en mí representen/ los hombres, y cada uno/ halle en mí la prevención/ que le impone al papel suyo, / como parte obediencial, / que solamente ejecuto/ lo que ordenas, que aunque es mía/ la obra, es milagro tuyo”.

El Hado, el Divino Autor, acaso las contradicciones que los hombres han creado en este hermoso y convulso mundo, dictan o determinan el deambular de estos alucinados seres, de estas voces, que Gabriel Velásquez intenta gobernar con éxito o sin él, ya que los personajes escapan muchas veces, a los hilos que los propios narradores sostienen y dirigen.

“El Circo del Idiota” nos remite a un jovencísimo autor y a una tempranísima obra publicada, de ahí sus falencias en cuanto dominio de la estructura y del lenguaje. No es fácil la polifonía que Gabriel Velásquez pretende, como tampoco el combate con la gramática. Muchos escritores, incluso, aquellos que gozan de mayor reconocimiento, vuelven y vuelven, una y otra vez, a la revisión, enmienda y depuración del texto. Amén de los apoyos exteriores de experimentados correctores de estilo y editores. En conclusión: toda obra debe pasar necesariamente antes de su publicación, por varios ojos críticos, esto para garantizar su feliz viaje a través de los mares de los más experimentadores lectores y conocedores.

Leyendo “El Circo del Idiota” he recordado algunos de los diarios de Anaïn Nin (1903-1977) y el filme “Henry y June” (1990), que testimonian la relación literaria-afectiva de la escritora francesa con el novelista norteamericano Henry Miller (1891-1980), en el París de los años 20. Esto por los divertidos artistas circenses que forman el círculo de amigos y vecinos de Miller. Y quienes habitan, inevitablemente, ese mundo de luces y sombras, donde sólo la magia del arte vuelve soportable la realidad.

Sin embargo, este no es el caso de los personajes de “El Circo del Idiota”, a ellos no los asiste ni les consuela ninguna vocación artística, ellos están ahí, por exclusión del mundo. Irremediablemente situados en un oficio que nunca asumen, y donde sus vidas se tornan cada día más desesperantes.

Veamos un fragmento: “- ¿Cómo es posible –piensa- ¿Cuál es la probabilidad de terminar en un circo siendo todos exitosos en algún momento de nuestra vida? Un doctor famoso, un político de renombre, un guerrillero acérrimo, un viejo devoto, dos indigentes y una mujer con todas las posibilidades de colapsar el mundo entero. Estamos sumergidos en un escenario en el que pagan un dólar para vernos ridiculizar nuestra existencia. Nadie de nosotros deseó esto, cómo es que todos coincidimos en las desgracias” (p.61).

La muerte, la enfermedad, la traición, la pobreza, son los temas recurrentes en “El Circo del Idiota”. En sus páginas transitan seres desahuciados, marginales, suicidas, autodestructivos, cínicos, inconformes; sin embargo, siempre asoma un resquicio de esperanza: “Margarita soltó algunas lágrimas al abrazar a Jorge, luego abrazó rápidamente a Fernando y salió pitando, la enfermera cerró la puerta. Jorge volteó a la pared, de nuevo. Fernando se detuvo a ver por la ventana, ver sus pies, sus piernas, su pecho, sus dedos y uñas, un análisis exhaustivo de la vitalidad. Una razón para creer que sigue vivo” (p.128).

Para finalizar, quiero retomar “la arenilla” a la que se refería el Gran Lezama Lima en su conversación con el otrora joven Pereira. La arenilla que me ha quedado, obviando las irregularidades del texto a las que me he referido con anterioridad, es la de una fuerza narrativa muy prometedora. Una fuerza capaz de continuar emborronando cuartillas, desechando las más, y conservando las menos. Si esto es así, la obra obtendrá maravillosos resultados.

No dudo que, con la disciplina que ya posee, y con el lenguaje que está construyendo, sólo es cuestión de tiempo, para que nuestro joven narrador Gabriel Velásquez, llegue a inscribir su obra en la lista de los más destacados narradores nacionales y regionales.

 

 

 

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