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Ecos de los presocráticos en Planck y Coppens

Luis Armando González

He tenido el privilegio y la fortuna de haber leído y meditado en estos días sobre dos textos de dos de los científicos más extraordinarios de la época moderna. Uno, de Max Planck (1858-1947), titulado Positivismo y mundo externo real (Madrid, Ediciones Encuentro, 2015), y el otro de Yves Coppens (nacido en 1934), titulado Últimas noticias de la prehistoria. Del ADN de los dinosaurios a las pinturas de Lascaux (Barcelona, Tusquets, 2010). Me fue imposible no conectar las ideas de estos dos extraordinarios científicos con las ideas de los fundadores del pensamiento filosófico occidental y que ahora es mundial: los presocráticos. Y es que los ecos de esos naturalistas griegos son evidentes en estos dos naturalistas modernos.

Antes de identificar algunas de las evidencias de esos ecos, destaco que Max Planck es uno de los físicos que contribuyó, junto con otros grandes –Niels Bohr, Max Born, Albert Einstein, Werner Heisenberg, Paul Dirac, Louis de Broglie, Enrico Fermi, Marie Curie, Pierre Curie, Erwin Schrödinger, Richard Feynman—, a la construcción de los cimientos de la física cuántica. Un cierto periodismo de divulgación científica ha elaborado una visión en la física en la cual Einstein o Stephen Hawking suelen ser los únicos protagonistas, aunque de cuando en cuando se abre un espacio en las páginas de los periódicos para Heisenberg o para el “gato de Schrödinger”. Pero las mentes extraordinarias que dieron vida a una de las etapas más gloriosas de la ciencia física fueron varias, y una de ellas fue la de Planck. Tanto así que el mismo nombre de física cuántica proviene de su formulación del “cuanto de acción” o la “constante de Planck”. Y distintas magntitudes físicas fundamentales llevan el nombre de este talentoso científico: “energía de Planck”, “tiempo de Planck” y “distancia de Planck”. Así que la física no sería lo que es sin la decisiva contribución de Max Planck. Por su parte, Yves Coppens es un científico que ha realizado aportes decisivos, teóricos y empíricos, a dos de las disciplinas científicas más vitales del presente: la paleontología y la paleoantropología. Estas dos disciplinas, hermanadas con otras de igual calado como la biología evolutiva y la genética, cuentan con un buen número de científicos de extraordinario talento, entre los cuales uno de los líderes en la investigación –en la mejor tradición del “clan de los Leakey”— es, precisamente, Coppens. Entre sus logros más destacados está el ser uno de los tres codescubridores –los otros dos son Donald Johanson y Tim White—  de “Lucy”, es decir, de los restos fósiles de un Australopithecus afarensis (con una antigüedad aproximada de unos 3.3 millones de años).

Los dos textos referidos tienen enormes resonancias presocráticas no sólo en su contenido conceptual, sino en su estructura y carácter narrativo: el de Planck recoge una conferencia dictada por el físico el 12 de noviembre de 1930, en Berlín. Por cierto, uno de los asistentes al acto fue Xavier Zubiri quien, según comenta en el prólogo José Luis Caballero Bono, se encontraba en esa fecha en Berlín. El de Coppens, por su lado, recoge 103 crónicas del autor transitidas por Radio France Info, del 22 de agosto 2005 al 20 de agosto de 2007. Se trata, como en buena parte de los presocráticos, de relatos orales –vivos, dialécticos— cuya formulación escrita está fuertemente permeada por la oralidad que los vio nacer.    

El núcleo del discurso de Planck es la crítica del positivismo, lo mismo que plantear de manera firme la diferencia que hay entre el conocimiento que los humanos tenemos de la realidad, y la realidad misma y sus enigmas.

“Para el físico –dice—, el fin ideal es el conocimiento del mundo externo real; pero sus únicos medios de investigación, sus mediciones, nunca le dicen algo directo acerca del mundo real, sino que son siempre para él sólo un cierto mensaje inseguro… un signo que el mundo real le transmite y desde el cual intenta luego él sacar conclusiones, de manera semejante a un filólogo que tiene que descifrar un documento que procede de una cultura completamente desconocida para él”. Y es por ello que el conocimiento científico es un proceso, en el cual las hipótesis y las preguntas de investigación son el punto de partida que desemboca en mediciones de sucesos del mundo real.

“Más a una pregunta razonable –comenta— se llega solo con ayuda de una teoría razonable. O sea que no es legítimo creer, por ejemplo, que se puede obtener un juicio sobre el sentido físico de una cuestión sin utilizar en absoluto una teoría. Más bien sucede harto a menudo que una cierta cuestión según una teoría tiene un sentido físico, según la otra teoría no, y que por eso ella muda su significado a la par que la teoría”.

Kantiano, además de heredero de los presocráticos, Planck cree que la ley causal gobierna los procesos del mundo real, pero que en el plano de la moralidad humana gobierna una ley distinta, que cada ser humano “lleva en su conciencia como cognoscible de manera suficientemente clara si él quiere entender”.

Las crónicas de Coppens nos ofrecen, además de detalles y datos recientes de las dos ciencias que él cultiva,  chispazos de sabiduría sobre lo humano, que no se reduce al Homo sapiens, sino que incluye a las especies ya desaparecidas del género Homo. Reflexionando sobre el neandertal, dice: “El neandertal no deja de suscitar preguntas… nos preguntamos si desapareció a causa del entorno en el que evolucionaba o bien a causa de una infección que los habría diezmado; nos preguntamos también si desapareció porque ya no había suficientes medios de subsistencia en su ‘hábitat’ o porque entró con competición con Homo sapiens… En suma, no dejamos de hacernos preguntas cuando, al parecer, no hay ninguna necesidad de ello. Porque, cuando dos especies viven en un mismo medio, siempre hay una, al final, que acaba por prevalecer sobre la otra”.

Asimismo, en unas pocas líneas nos pone en el lugar correcto, en términos evolutivos: “Se sabe que el universo, o en cualquier caso, el límite de nuestros conocimientos, se sitúa entre 13.000 y 14.000 millones de años, que la Tierra tiene entre 4500 y 5000 millones de años, la vida 4000 millones de años y el hombre [el género humano], un poco menos de 3 millones de años”. Y, por último, esta pieza de indudable raigambre presocrática: “La naturaleza precede evidentemente al hombre; después, lo acompaña y el hombre puede insertarse en ella sin ruptura; su cultura, sus desarrollos sociales, económicos y tecnológicos se encuentran en la prolongación de la naturaleza, en absoluto en contra de ella, como a veces se oye decir”.

Max Planck e Yves Coppens: dos herederos modernos de esos pioneros intelectuales que fueron los presocráticos. Gracias a ellos –y a otros muchos científicos e intelectuales que se nutren de la misma savia— es que el secularismo, el laicismo y el realismo procesual pueden seguir presentes en nuestro tiempo, ayudándonos a librar las batallas necesarias en contra del oscurantismo, el fanatismo y las ilusiones metafísicas en sus distintas variantes culturales y políticas.

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