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¿Desde hace cuánto no envías una carta?

Wilfredo Arriola, 

Poeta y escritor

¿Desde hace cuánto no envías una carta?

Hace alrededor de unos 10 años fue la última vez que recibí una carta. Esa emoción de tenerla entre las manos, ver el remitente, apreciar sus estampillas y sus colores en toda su dimensión. Destaparla con prisa demencial, tener cuidado de no romper sus páginas, procurar un lugar cálido donde poder leerla a gusto y también recibir las noticias en una forma privada, nunca se sabe si nos largaremos a llorar, a reír o a soñar. Es parte de lo que encierra esa sensación de abrir una carta. Estar pendiente de la estafeta encargada de repartir el correo, revisar con ansiedad el buzón y descubrir si hay algo nuevo que ocupe el espacio. Identificarla y llenarse de sus letras, de su contenido y releerla hasta el cansancio para ver si algo no se quedó sin interpretar de la manera correcta. De eso se trata al recibirla, tener la ansiedad de lo venidero, pero ¿cuándo nosotros la hacemos? Dependerá en gran medida de cuál es el mensaje que queramos transmitir. Decirle a alguien que se le extraña, dar una noticia de un cambio de vida o el final de la misma, anunciar el éxito y el bienestar que se vive, también el malestar y saberlo disfrazar entre líneas. De la misma manera sucede que entre letras somos más osados en develar la verdad puesto no estamos frente a nuestro interlocutor. No es lo mismo imaginar que presenciar.

Hay cartas de cartas, como quien escribe: “Muero de miedo de saber que no volveré a verte” y lo escribe con una caligrafía que no tiembla, es decir sin miedo.  La grafología es el arte o la ciencia que se dedica al estudio de la escritura, formas para poder conocer el carácter y la personalidad de quien lo hace, habilidades, debilidades, y rasgos puntuales que se ponen de manifiesto a la hora de detallar con letras nuestro mensaje. Sí cuando escribimos la carta teníamos miedo, nerviosismo, ansiedad, culpa, incluso tristeza. Este cumulo de mensajes ocultos se ponen en evidencia al ir más allá de lo que nos dicen las palabras, que serán detalladas por cada quien al empaparse de lo dicho. Heráclito dijo: “Nadie se baña dos veces en las aguas de un mismo rio” podríamos decir, que nadie lee la misma carta por segunda ocasión. Somos seres cambiantes y los lectores más ávidos podrán interpretar mejor esos mensajes, también habrá algunos que solamente se limitaran a leer y no profundizar más en sus secretos. Quizá no en ese momento, pero lo bello de la memoria y de la información es hacer volver hacia atrás e ir al cajón donde se guardan con cariño o celos e identificar mejor en esta diferente etapa de la vida. A su momento éramos otros, con otras emociones, en ese lapso de vida teníamos probablemente otros ideales y esas noticias a lo mejor ya estén superadas y nos causen la clásica melancolía de verse a sí mismos al pasado, ojalá que de una manera madura y siempre superior. El pasado es un bello sofá para descansar del presente pero no para quedarse a vivir ahí.

Las primeras líneas siempre son las fulminantes, cuando por sorpresa nos llaman de una manera cariñosa o con esa diplomacia de nuestro nombre a secas. Inicios como: “Querida/o”, nuestro nombre de pila, cuando se trata de una carta más amigable y las cartas fervientes de amor. Recuerdo inicios memorables, por ejemplo: “Hola, ¿Me das permiso para no mentirte?, o como cuando Antonin Artaud responde a Génica —su compañera de vida— (Antonin Artaud, Cartas a Genica Athanasiau 1921-1940) de golpe, argumentando: “No se puede responder por carta a una carta como la que usted me escribe…” Siempre este medio ha sido aniquilador y contundente. Desideria en la Pasión Turca (La Pasión Turca- Antonio Gala 1993) se despide para siempre de su esposo con una imponente carta, luego del entierro de su recién hijo muerto, dejando su anillo sobre la carta: “Cuando regreses del entierro ya no estaré aquí. Tú sabes porqué me voy y dónde. Una sola justificación estoy loca y quiero escuchar mi locura. Renuncio a cualquier derecho que me asista.” Los finales también se visten de solidez, ese pequeño miedo de no querer terminar algo majestuoso, bello, como el final de un libro que nos ha atrapado de inicio a fin, y tememos se termine, lo mismo con las cartas. Ese fin tan solvente en algunos casos. La despedida, esas que hacen huecos inmensos en la retina.

Despedirse también es un acto de elegancia y caballerosidad. Una sola palabra puede bastar, o una frase que aniquile todo. En literatura, muchos escritores han cultivado este medio y poner en manifiesto esa delicadeza de las cartas, pero pocos lo saben manejar desde principio a fin, sin sonar personal todo aquello que dicen, la palabra sentida siempre es universal. Unos finales mágicos, a veces de una sola palabra: “Tuyo” como firma y palabra final. Otros en virtud de su creatividad terminan con: “Te beso y abrazo, lo demás para cuando te tenga enfrente”. Cada quien lo hace a su manera. Una carta es imprimir personalidad y hacer de lo sentido un puente para tocar desde la distancia a quien no se puede tener, desvaciarse, pelear con cada palabra, abrirse a sentir, dejarse en el papel, abandonarse. Si un delincuente, alguien que falto a la ley, en diferentes culturas, será ejecutado y le dieran la oportunidad de dejar una nota final, una carta, aquello se podrá considerar literatura. El sentimiento profundo de decir por última vez esto que sentimos por vez primera y definitiva.

Podríamos enviar una, a contra pronostico de la realidad que vivimos, con esa sensación de solo comunicarnos, podríamos dejar un pedazo de alma y quizá ahí tener la valentía de decir cosas que nunca hemos dicho. Una carta también es una confesión y hay confesiones que se pierden con el tiempo. Al final quedan las posdatas, otro pequeño detalle que pone un toque adicional a lo dicho, algo que se quedo en el tintero y al final es necesario recordarlo o hacer hincapié, por añadidura se dice, aunque muchas veces la posdata es la intención de la verdadera carta, cito una clásica: “posdata: no volver a buscar es otra forma de arrepentirse. Con lealtad y sin cómplices…”.

El oficio de escribir para sí mismo también son cartas para nosotros, guardarlas; en algún momento nos conoceremos mejor al releerlas o nos terminaran de conocer, aquellos que juran saber todo de nosotros.

 

 

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