Luis Armando González[1]
Quienes se toman en serio la situación de la educación universitaria en El Salvador –y, por supuesto, no sólo en este país— saben que hay un amplio conjunto de desafíos que urge, primero, enlistar (y describir) de la mejor manera; y segundo, atender según su particularidad y prioridad. Aquí dedico una somera reflexión a uno de ellos, quizás el más importante: la defensa de la inteligencia humana.
En otra ocasión me he referido al asunto[2], pero estimo que debo seguir insistiendo –neciamente, pero lo vale— sobre el mismo. No voy a preocuparme por proponer una definición de inteligencia humana, porque pese a los esfuerzos de filósofos y científicos talentosos –entre los primeros, cómo no mencionar a Xavier Zubiri y su trilogía sobre el tema; y entre los segundos, cómo obviar los nombres de Jean Piaget, Henri Wallon y Noam Chomski— no hay un consenso científico o filosófico acerca de su definición más precisa.
Ahora bien, que no se tenga una definición de ella no significa que se desconozcan algunos de sus rasgos más característicos –como el hacerse preguntas, elaborar conjeturas, analizar, sintetizar, comparar, anticipar escenarios futuros, entre otros—, así como su trascendencia evolutiva y humanizadora. Esto último es, desde mi punto de vista, algo que no se debe pasar por alto: nuestra humanidad –nuestra naturaleza biológica y cultural como Homo sapiens, es decir, como una especie que tiene un recorrido de unos 300 mil años— es inseparable de nuestra inteligencia, sin la cual no habríamos llegado hasta acá. Para emplear la fórmula que usó el gran Charles Darwin para referirse a la diversidad de la vida, la inteligencia humana es algo maravilloso.
Como cualquier pieza ensamblada por la evolución, la inteligencia humana –nuestra inteligencia— es imperfecta y es proclive a tremendas fallas (los sesgos que nos asaltan en el día a día son la prueba de ello). Pero justamente lo maravilloso es que esas imperfecciones y fallas no han obstaculizado que del ejercicio de la inteligencia humana –que pone en juego razonamientos, lógica, emociones, creatividad e invenciones— brotaran el arte, la filosofía, la ciencia, los sistemas jurídicos, las instituciones, en suma, un mundo cultural que no está superpuesto a nuestra biología, sino integrado íntimamente a ella, que por su parte lo modela y le marca sus límites y posibilidades.
No todo, o siempre, lo brotado de la inteligencia humana ha sido humanizador, fácil o gratificante. Y una tarea permanente de los seres humanos ha sido la de lidiar, usando las creaciones humanizadoras (lectura, escritura, reflexión, instituciones, normas morales, valores religiosos, derechos humanos, filosofía, ciencia, tecnología), con las creaciones que deshumanizan, desprecian o amenazan a la dignidad, al cuerpo o a la misma inteligencia.
Ahora mismo, en distintos lugares, la dignidad humana, y la integridad física y espiritual de muchas personas están en vilo. En lo que se refiere a la inteligencia, se están suscitando cambios tecnológicos de envergadura, que dan lugar a opiniones, actitudes y prácticas que no dejan de ser preocupantes dado su impacto en aquélla y en el cuido que la misma requiere. La Inteligencia Artificial y la subcultura creada en torno a ella amenazan, en algunas de sus implicaciones, dimensiones esenciales de la inteligencia humana. No se trata aquí de la concepción reduccionista de esta última que campea en algunos ambientes fanatizados con la Inteligencia Artificial.
Ese reduccionismo constituye un mal menor comparado con los incentivos que se están generado para que las personas renuncien a ejercer su capacidad intelectiva desde la creencia –fundada o infundada, eso es secundario— de que la Inteligencia Artificial lo puede hacer con una perfección exquisita, superando con creces las imperfecciones humanas. Puede que sea así; no lo sé. De lo que sí estoy cierto es que nuestras imperfecciones nos humanizan; realizar una investigación, escribir un poema, un cuento o un artículo científico (o leer un artículo científico, un cuento o un poema), conversar con otro ser humano o equivocarnos cuando buscamos una dirección, por muy tenso que nos resulte y por lo imperfecto que sea el resultado, nos hace conocernos mejor a nosotros mismos y conocer a otros y al mundo que nos rodea (todo lo cual es la señal cumbre de la inteligencia).
No habría de qué preocuparse si lo que se promoviera fuese una tecnología (y una visión de ella) al servicio de las necesidades humanas. Pero lo que se está promoviendo (con ovación por parte de sectores universitarios e intelectuales) es una tecnología que, según sus voceros más radicales, anulará, por la vía del reemplazo, las capacidades y habilidades más preciadas de los seres humanos, es decir, las capacidades y habilidades intelectuales (artísticas, científicas, filosóficas, literarias), las cuales se sostienen en dos pilares humanizadores excepcionales: la lectura y la escritura.
Son dos pilares que una educación universitaria seria debería defender a capa y espada; y hacerlo desde una concepción amplia de lo que caracteriza a ambas capacidades y habilidades, en su conexión con la realidad socio-natural y la comunidad de hablantes-oyentes a la que se pertenece; con la reflexión y la memoria; la comparación, la imaginación y la proyección hacia el futuro; los juegos del lenguaje, la pragmática, la semántica y la sintaxis. Porque leer y escribir no es sólo computar o enlazar símbolos: leer (y esto lo saben los lectores de verdad) es ponerse en el lugar de la persona que escribe –y si es una novela o un cuento, ponerse en el lugar de los personajes—, dialogar con ella, sentir lo que ella siente, razonar con ella y entender sus razones comparándolas con las propias. Escribir es poner lo que uno siente y piensa en palabras destinadas a uno mismo (uno es el primer lector de lo que escribe) y a otras personas que sienten y piensan igual o distinto que quien escribe, pero con las que se quiere compartir en lo inmediato o el futuro las propias ideas y sentimientos.
En fin, aunque no se tenga una definición aceptada universalmente de inteligencia humana gracias a ella –y al uso que le hemos dado durante 300 mil años— no sólo hemos elaborado un mundo cultural rico y diverso –plagado de fracasos, pero también de logros positivos; con mil y una imperfecciones, pero con conquistas sublimes—, sino que hemos explorado los confines del universo, así como nuestra propia naturaleza biológica-cultural.
Y algo que hemos aprendido es que nuestra inteligencia, defectuosa e imperfecta, es una preciosa conquista evolutiva, gracias a la cual hemos llegado hasta acá. En lo personal, no albergo muchas certidumbres sobre un montón de cosas, pero de algo sí estoy seguro: la única manera de conservar lo mejor de nuestra falible humanidad es la inteligencia que nos ha acompañado a lo largo del tiempo evolutivo (300 mil años) que lleva nuestra especie (Homo sapiens) recorriendo la tierra de un lado para otro. O sea, es nuestra inteligencia la única que puede salvarnos de los desvaríos a la que ella misma nos conduce. Una educación universitaria que se precie de tal no lo debería pasar por alto; antes bien, lo debería colocar en el centro de su quehacer académico.
San Salvador, 7 de enero de 2026
[1] El autor agradece a Alejandra Cañas por la lectura y revisión del texto.
[2] Cfr., L. A. González, “¿Somos conscientes de la importancia de la educación?”, Insurgencia Magisterial. https://insurgenciamagisterial.com/somos-conscientes-de-la-importancia-de-la-educacion/
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