Por: Luis Rafael Moreira Flores
En el marco de la Jornada #16 de la Cátedra Permanente de Estudios de la Realidad Nacional e Internacional, la Facultad de Ciencias y Humanidades de la Universidad de El Salvador (UES) fue escenario de un riguroso ejercicio de análisis historiográfico y político. Bajo el título “Historia de los movimientos organizativos en El Salvador y una visión crítica en la actualidad”, el encuentro académico contó con las ponencias del antropólogo Marvin Aguilar y del periodista Leonel Herrera. Ambos expositores abordaron las deudas históricas del relato nacional y desglosaron los desafíos coyunturales que atraviesan los movimientos sociales en el país.
Redefinir la resistencia de la biopolítica a la matriz indígena
Durante su intervención, Marvin Aguilar propuso una relectura de la historia organizativa de El Salvador, instando a desarticular las narrativas tradicionales que sitúan el origen de la protesta social casi exclusivamente en la figura de Anastasio Aquino o en los hitos del siglo XX. Aguilar interpeló el imaginario fundacional del país, planteando una interrogante histórica fundamental: si la historiografía regional ha encasillado la presencia indígena en Guatemala y la afrodescendiente en Honduras, ¿cuál es el verdadero origen identitario y organizativo del pueblo salvadoreño?

Para responder a este planteamiento, la propuesta se trasladó a las dinámicas de las poblaciones originarias que habitaron el territorio antes y durante la colonia. Aguilar situó el surgimiento de la protesta social en mecanismos de biopolítica colonial. Explicó cómo la corona española albergó un constante temor ante la articulación entre las poblaciones negras e indígenas. Este sesgo de control social perduró hasta el siglo XX, reflejándose en las políticas del régimen del general Maximiliano Hernández Martínez, cuyas normativas impidieron el ingreso al país de poblaciones afrodescendientes, gitanas, chinas y musulmanas. Cada uno de estos grupos representaba una amenaza particular para los sectores dominantes: los pueblos afro por la memoria de los cimarronatos, los gitanos por sus saberes e inventos, las comunidades asiáticas bajo el estigma del contagio y la población musulmana por su autonomía comercial.
Esta lógica de exclusión se plasmó de igual forma en los símbolos fundacionales de la República. Aguilar hizo alusión a las contradicciones patentes desde el Artículo 1 del Acta de Independencia de 1821 —donde se buscó prevenir consecuencias del descontento popular— y al célebre óleo sobre la firma de la independencia que albergó la ex Casa Presidencial, una obra donde la representación de mujeres, indígenas y afrodescendientes es inexistente.
Asimismo, la exposición remarcó que las luchas de resistencia se remontan a épocas precolombinas y del contacto hispano. Alrededor del año 150 a. C., la ciudad prehispánica de Cihuatan enfrentó la invasión tolteca, episodio que desencadenó dinámicas de defensa territorial e identidad. Más adelante, durante la invasión española, batallas como la de Acaxual evidenciaron el valor estratégico pipil ante las tropas de Pedro de Alvarado y sus aliados tlaxcaltecas, mientras que el pueblo Lenca desarrolló tácticas defensivas desde las peñas. Aunque pipiles y lencas mantenían rivalidades preexistentes, ambas dinámicas forman parte de la matriz original de los movimientos de resistencia.
Aguilar enfatizó que la continuidad de esta resistencia no solo se libró en el campo de batalla, sino en el plano cultural. Expresiones cotidianas como el uso de nahuatismos en el habla popular, la preservación de la herencia gastronómica a base de maíz y la toponimia local —que preserva nombres vinculados al agua y a la tierra— constituyen formas de resistencia viva. En ese sentido, concluyó que las alternativas organizativas del presente, incluidas las corrientes de izquierda, deben trascender los enfoques etnopolíticos superficiales. Más allá de discursos importados como el “Socialismo del Siglo XXI” o la retórica del “Buen Vivir”, la reorganización social actual debe mirar al pasado, centrando la defensa de la tierra, la educación y la cultura en las raíces organizativas indígenas.
Diagnóstico coyuntural del movimiento nacional rumbo a unidades en la acción.
En la segunda parte de la jornada, Leonel Herrera presentó un diagnóstico crítico sobre la situación actual de los movimientos sociales y políticos en El Salvador, acompañado de una serie de propuestas para la reorganización ciudadana y su postura frente al escenario electoral de 2026.
Herrera señaló que las organizaciones sociales salvadoreñas atraviesan el periodo de mayor debilidad, dispersión y repliegue de las últimas cinco décadas. Entre los factores históricos de este debilitamiento destacó el sectarismo, el protagonismo de liderazgos individuales y las dinámicas de hegemonismo. Añadió que en la posguerra se profundizó la instrumentalización partidaria, la “ONGeización” del tejido asociativo y la fragmentación temática de las luchas. A esto se suma el paulatino cierre del espacio cívico, agravado por estrategias gubernamentales de estigmatización, criminalización y persecución. Herrera identificó además una constante “orfandad política”, incoherencias éticas, la falta de horizontes estratégicos a largo plazo y la ausencia de victorias significativas que oxigenen el ánimo de las bases.
El análisis remarcó que hoy en día no existe una articulación nacional cohesionada, pero si movimientos sociales impulsando demandas sectoriales. Las iniciativas actuales se aglutinan en agrupamientos sectoriales por origen o afinidad, plataformas temáticas y esfuerzos coyunturales. Asimismo, se evidenció la falta de nuevas narrativas y una baja apropiación de las herramientas digitales y los ecosistemas algorítmicos de comunicación.
Pese a este panorama, Herrera sostuvo que es indispensable asumir el desafío de articular una nueva unidad del movimiento nacional de resistencia que busque el restablecimiento democrático y proponga un modelo económico incluyente. Este espacio debería fundarse sobre una red articulada de comunidades, gremios, sectores religiosos y medios comunitarios, respaldados por una plataforma común de demandas coyunturales y estructurales.
Finalmente, el ponente subrayó que el régimen gobernante muestra grietas derivadas del deterioro económico, los impactos socioambientales y la pérdida de tracción de su narrativa internacional. De cara a la coyuntura electoral, Herrera planteó que las organizaciones deben acordar una posición unificada: replantear la estrategia en los comicios presidenciales fuera del calendario constitucional exigiendo su realización hasta 2029, y utilizar el espacio de las elecciones legislativas y municipales para denunciar irregularidades, educar a la población y organizar las fuerzas comunitarias para defender los derechos ciudadanos.
Diario Co Latino 134 años comprometido con usted
Debe estar conectado para enviar un comentario.